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Pederastia y celibato
Mario López
El escándalo de pederastia descubierto en Bélgica no es más que la punta del iceberg de una práctica que está extendida a lo largo y ancho del planeta, en el claustro de la iglesia católica. En contra de lo que pueda decir Benedicto XVI, la pederastia no es un error del pasado ni ninguna enfermedad; es un delito absolutamente vigente en la actualidad.
Hay infinidad de pedófilos por el mundo, pero probablemente la mayoría de ellos no han delinquido. Una cosa es que alguien se sienta atraído por un menor, y otra bien distinta que abuse de él. La represión sexual es un factor mucho más determinante que la pedofilia en la consumación de la pederastia. Y la represión sexual más radical que se pueda concebir es el celibato. El celibato es una imposición profundamente perversa que conduce, en infinidad de ocasiones, a la pederastia. El instinto contrariado aliado con la autoridad inapelable y el ostracismo: esa y no otra es la radiografía del abuso.
Un Estado democrático no puede consentir el celibato. Nuestra legislación no puede amparar sectas o iglesias que imponen a sus ministros el celibato. Si no se consiente el burka en la calle, o fumar en el lugar de trabajo, o montar en bicicleta por las aceras, ¿cómo podemos consentir el cultivo de un veneno atroz, como es una libido reprimida, que inexorablemente va a cebarse con los menores en el secreto de un internado? El pagano de la represión siempre es el más débil. La víctima del celibato siempre será el niño. Si la iglesia católica se empeña en mantener el celibato, debe ser ilegalizada y perseguida con todo rigor por los tribunales de justicia, pues está visto y comprobado que el celibato, en comunión con la autoridad incontestable de los que lo practican, causa terroríficos daños en decenas de miles de víctimas inocentes. Por pecados mucho más veniales están fuera de la ley otras sectas.
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