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El aullido de la bestia

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 17 de septiembre de 2010, 07:43 h (CET)
Superados los traumas que produjeron las actitudes de los Estados europeos que se desembocaron en la confrontación de la II Guerra Mundial, se vuelve a las andadas, y, tal vez como entonces, el mundo de hoy se hace el sordo, ciego y mudo ante la xenofobia que, so capa de socorridos motivos de seguridad pública, está de regreso en todo su esplendor.

Ya sucedió en el periodo de entreguerras con el llamado “problema judío” que debatiera a fondo la Sociedad de Naciones, madre más de la raíz que del término “putativa” de la actual ONU ésta que anda por el mismo camino, cuando todos los Estados de Europa coincidían en que sería lo que fuera, pero que en su tierra no querían judíos.

Se planteó entonces enviarlos a Madagascar, crear una ínsula para ellos en la Patagonia o llevarlos a Palestina, siendo negadas todas las opciones, ya fuera por el rechazo del Imperio de su Simpática Majestad, o ya porque los propietarios legítimos de las otras tierras dijeran que nones. Y pasó lo que pasó, claro, que mientras los unos se los fumigaban en el curso de esa crudelísima, todos los demás Estados participantes se hicieron los longuis, pero pareciéndoles tan ricamente, porque cuando se descubriera la tostada podrían poner ante los focos de las cámaras caritas de ignorantes con buen corazón.

Vean, si no, que fueron capaces de saber los servicios de espionaje qué y dónde tenía el enemigo, aunque fuera una pistola de agua, y, sin embargo, ignoraron que se estaba dando matarile por todo lo alto a casi diez millones de personas, y eso a pesar de que el mismo Gran Rabino de Holanda fue en persona al Vaticano para entrevistarse con Pío XII, aquél que dijo que no podía abandonar el rebaño por un cordero.

Hoy se están dando los primeros pasos en esa misma dirección, aunque ahora con los gitanos como protagonistas. Francia, primero, e Italia, después, invocan su derecho a mantener el orden público y combatir la peligrosidad de ciertos individuos que, ¡oh cosa curiosa!, pertenecen a etnias muy concretas, como la gitana sin ir más lejos. Los judíos fueron un problema porque no se integraban en las sociedades que los acogían, tenían sus propias leyes y llegaron a hacerse con buena parte de los poderes económicos de su tiempo; y los gitanos son un problema porque no se integran –o lo hacen poco- en las sociedades en las que habitan, tienen sus propios principios y modos de vida –son más bien poco vistosos-, y trapichean con lo que sea, en la creencia de muchos. A los unos, al final de su andadura, les esperaban las cámaras de gas –con el Ziklón-B ése que les vendían los EEUU- a los sones de Wagner; a los otros, al menos de momento, sólo el exilio, aunque mejor que se anden con cuidadín y que pongan a remojar lo que tengan que remojar, no sea que la cosa vaya por parecidos derroteros, y la música que les acompañe sea el flamenco.

Parece mentira, pero la Historia vuelve a repetir sus horrores. Las mismas pulcras ciudadanías de estos Estados que están perpetrando la xenofobia tan a cara descubierta, aplauden a sus autoridades porque están limpiando de indeseables sus límpidas calles de sus espléndidos países. Lo mismito, exactamente –argumento más, argumento menos-, que lo que sucediera anteayer, como aquél que dice. No, no; ellos, los de ahora, son distintos porque todavía no llevan uniformes pardos ni se llaman a sí mismos lobos o cosa por el estilo; pero ignoran intencionadamente que justamente así comenzó aquella matanza que exterminó a seis millones de judíos, además de a tantos gitanos como pudieron, minusválidos y subnormales –hoy tenemos el aborto-, y, cómo no, homosexuales, anarquistas, comunistas, etcétera. Lo de los homosexuales parece que hoy por hoy están a salvo, pero yo que ellos moderaría sus maneras y llevaría ese tipo de vida sexual que desean con la mayor discreción, que nunca faltará hoy o mañana un general que los meta en buque y lo hunda frente a Cabrera, o corran parecida suerte que lo que los puristas Estados de mucho derecho y pomposidad, y esas ciudadanías que desean tener impolutas sus calles de pestes inmundas, les pongan en el punto de mira. A los árabes en general, ya les está llegando el turno a marchas forzadas, y no pasará mucho tiempo antes de que las autoridades redacten una Pragmática como la del Cardenal Cisneros, conminándoles a que se conviertan, o a la Inquisición o al exilio.

El hombre es una bestezuela que se devela incapaz de aprender de sus errores. De tener el mínimo de la inteligencia que se le presume, en los casi cinco mil años de protohistoria e Historia sin duda habría conseguido algo parecido a una sociedad justa, integrada y civilizada; pero, lejos de eso, atávicamente se vuelve contra parte de sus propias etnias menos vistosas o con menor capacidad de defensa, y los da gratuitamente un salvaje pasaporte a la eternidad. Tal hicieron los británicos con los boers –fueron los británicos quienes inventaron el término “campo de concentración”-, los turcos con los armenios, los argentinos con los negros, los norteamericanos con los indios –y los negros y los chinos y la santa madre del Misterio-, los rusos con los chechenos y otras etnias, los europeos en general y los nazis en particular con los judíos, y ahora parece que les llega el turno a árabes y gitanos, comenzando por estos últimos. Una gloria. La ventaja para estos andariegos, es que ya conocen el camino.

Naturalmente, y como no podía ser de otro modo, la Comisaria de la UE que ha levantado la liebre del renacimiento de la xenofobia en Francia e Italia, con toda razón y justa causa, ha tenido enseguida que desdecirse y pedir perdón por sus palabras, si es que no quiere engrosar las sustanciosas filas del desempleo. Europa, una vez más, no acepta ni aceptará que nadie sugiera siquiera que tales cosas suceden o están en el horizonte de sucesos. Habrá que esperar a que mañana las cámaras filmen las montañas de famélicos cadáveres. Entonces sí, todos, incluidos los verdugos que sobrevivan, se darán golpes de pecho y pondrán caritas de horror y lástima. Y seguro que no faltarán quiénes invoquen obediencia debida, seguro. La bestia, sin embargo, vuelve a aullar.

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