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Del viaje de Mariano Rajoy a Melilla
Mario López
Efectivamente, hace unos días José María Aznar y Esteban González Pons obraron de manera imprudente, descortés y desleal al hacer acto de presencia en Melilla, con un gesto que pretendía enmendar la plana al Gobierno de la nación en lo que, afortunadamente, acabó siendo un conflicto menor con Marruecos. Pero hoy las cosas son bien distintas. Mariano Rajoy, en calidad de presidente del PP, ha viajado a Melilla con el único afán de mezclarse con sus gentes, en lo que ya parece que empieza a ser la precampaña electoral.
No hace falta recordar que don Mariano, como cualquier otro ciudadano español, está en su completo derecho a recorrer el territorio nacional cuando y como le venga en gana; faltaría más. Y, si es en tiempos próximos a una convocatoria electoral, sobrado está de razones para hacerlo de forma ostentosa. La carta del primer ministro marroquí en la que denuncia como una provocación el viaje de Mariano Rajoy es un hecho políticamente inaceptable.
En primer lugar, y por encima de cualquier otra circunstancia, porque Melilla es España. El primer ministro marroquí ha cometido un acto de injerencia que, tal y como están las cosas en los asuntos que conciernen al norte de África, posee un valor simbólico que no se puede dejar pasar por alto. Este tipo de gestos han de tener una réplica por parte del Gobierno de España inmediato y de una claridad meridiana. Aún está reciente el episodio protagonizado por la activista Aminatu Haidar que puso en tela de juicio la honorabilidad del Gobierno español, y convendría que su presidente evitara todo gesto de tibieza, todo equívoco.
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