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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

Año nuevo sefaradita

Isaac Bigio
Isaac Bigio
viernes, 17 de septiembre de 2010, 07:13 h (CET)
En el calendario mundial actual se cuentan los años desde el nacimiento de Jesús, aunque él, durante toda su vida siguió el calendario del Viejo Testamento según el cual, hoy se viene pasando del año 5700 de la creación al 5,701.

Los 15 millones de judíos del planeta le llaman a esta fecha Rosh ha Shaná (la cabeza del año) y festejan este día sin los bailes callejeros o los juegos artificiales que acompañan a las distintas celebraciones de año nuevo desde China hasta las Américas. Los hebraicos, mas bien, rezan y luego cenan con sus allegados comiendo manzana con miel procurando un nuevo año dulce.

Una de las ventajas que tiene Londres, la urbe europea más cosmopolita, es que me ha permitido compartir ceremonias judías en las más encontradas sinagogas que puedan haber: desde la de los jasídicos ultra ortodoxos que se visten de negro (y que odian a Israel a quien acusan de hacer guerras y un Estado sin que haya llegado el mesías) como la de los liberales (como a la que asiste Howard, quien fue el predecesor en el liderazgo del conservadurismo al actual primer ministro Cameron) en las cuales, para horror de los tradicionalistas, las mujeres pueden sentarse junto a los hombres, ser rabinos y hasta casarse con personas de su mismo sexo y cualquiera puede comer puerco.

Yo pasé la noche del año nuevo en la Sinagoga Española y Portuguesa de Bevis Mark (este de Londres): el templo judío que nunca dejó de funcionar más antiguo de Europa.

Cuando se recuerda que hace 70 años se iniciaron los bombardeos nazis sobre Londres, tanto esta como la catedral de San Paul estuvieron entre los pocos edificios que salieron ilesos.

Esta sinagoga se construyó en 1708 afuera del muro de la ciudad, cerca de donde estaba la fosa en donde se botaba la basura. Hoy queda en las inmediaciones del edificio del pepino, uno de los iconos de la City.
Esta se erigió en la primera década desde que se permitió el regreso de los judíos expulsados de la Inglaterra del siglo XIII.

A diferencia de las sinagogas tradicionalistas que solo rezan en hebreo o de las reformistas que admiten rezos en la lengua de los creyentes, esta sinagoga, pese a ser ortodoxa, no tiene a nadie con patillas y barbas sin cortar, usan sombreros de copa y tiene cánticos en un español más antiguo que el uso de la eñe.

Desde el siglo XVIII al XIX la mayor minoría no cristiana en la cuna del idioma inglés la conformaron los judíos, la mayoría de los cuales hablaba español o portugués como su lengua materna, y que a 5 siglos de haber sido expulsados de Iberia lo siguen practicando.

En las Américas se recuerda a 1492 como la fecha en la cual los españoles se expandieron con la espada y la cruz al occidente de su península. Empero, en ese mismo año se produjo la expansión del castellano al oriente de Iberia pero a través de los judíos expulsados y proscritos por la inquisición.

La conquista española que maltrató a los amerindios y africanos en el oeste se dio expulsando hacia el este a su masiva minoría judaica. El rechazo al maltrato de los reyes españoles ha hecho que en las Américas muchos busquen retomar tradiciones precolombinas pero en el caso de los sefaraditas ha causado un efecto adverso: a mantener con orgullo su herencia hispana.

Aún hoy en la sinagoga española y portuguesa hay un secretario y rezos para los judíos esclavizados o para los perseguidos.

El español que se hablaba en Londres, Paris, Ámsterdam, Roma, Grecia o Turquía era, en gran parte, el que traían los sefaraditas (que es la palabra “español” en hebreo).

Los antiguos judíos de Londres que hablaban un dialecto del castellano llamado ladino y carecían de derechos, en cierta medida fueron los precursores de los actuales latinos que vienen de las Américas ocupando allí varios de los peores empleos.

Con el tiempo de esos ladinos salieron grandes personalidades, incluyendo a David Ricardo (uno de los 3 grandes economistas clásicos del siglo XIX) y el primer ministro Benjamín Disraeli (fundador del conservadurismo, el partido que más tiempo ha estado en el poder en el mundo).

La pujanza con la cual esos ladinos supieron sortear una sociedad lingüística, religiosa y culturalmente tan hostil, es una tradición que hoy continúan los nuevos latinos que salen adelante en la adversidad de las grandes potencias anglo-parlantes de Reino Unido, EEUU, Canadá y Australasia.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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