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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Hedor sindical

Lorenzo de Ara
Redacción
jueves, 16 de septiembre de 2010, 12:14 h (CET)
Se descomponen los cadáveres, y cuando no se entierran, el hedor hace imposible vivir en el lugar. UGT y CCOO son dos cadáveres sin enterrar. Pertenecen a otro tiempo, están desubicados, apestan. Algunos quieren experimentar con esas siglas, con esos cuerpos en evidente proceso de putrefacción. Pero esa decisión tiene un coste, un elevado y doloroso coste para los vivos, para todos cuantos quieren un futuro y no desean convivir con muertos. Esta sociedad no puede perder el tiempo practicando espiritismo sindical.

El otro día, un día laboral en España, aunque decir laboral en esta tierra suene a coña, miles de liberados sindicales llenaron un recinto, a veces plaza de toros, a veces sala de baile. Se preparan, todos alegres, para participar en una jornada de huelga, que primero comenzó siendo una gran “putada”, y luego un rotundo y desenfrenado “huelgón”.

La huelga la hacen contra los patronos, los bancos, las clases medias, los curas, los policías, los militares, la Nasa, la Constitución. También contra la puta madre de ese tío que miró una vez con indiferencia hacia la sede de UGT. La huelga, como siempre, es una declaración de guerra. Lo que no hacen los liberados y mandamases sindicales, es escupir en la cara del Gobierno. Hasta ahí no llegan. No son gilipollas. No muerden la mano de quien alimenta sus deseos y engorda sus caprichos revolucionarios.

Los sindicatos viven del cuento y de nuestro dinero. Sobre todo de nuestro dinero. Como esa patronal que también lo solicita. Hasta hace unos cuantos pocos segundos apoyaban al gobierno de España en la locura despilfarradora. Eran sólidos aliados en la negativa constante de la crisis.

De repente la Unión Europea y los yanquis llamaron al orden. Todo se volvió gris, plomizo, triste. En un santiamén (perdón) dejó de alumbrar el sol. Las tinieblas hicieron acto de presencia. Las alegrías se esfumaron y el presidente de media España se vio obligado a coger las tijeras, también el cuchillo de cortar carne. Mucha carne.

Pero los sindicatos siguen recibiendo dinero. Mucho dinero. Mientras reciben la paga para la mesnada, esos mismos sindicatos amenazan con paralizar el país. ¿Más? Y también avisan que en esa huelga (perdón, “huelgón”) los piquetes informativos harán mejor que nunca su trabajo.

Comencé hablando de cuerpos que yacen sin enterrar en mitad de la calle. De cualquier calle. Una sociedad moderna, segura de sí misma, sin atávicos fantasmas que la mantengan atrasada y postrada en las oquedades de cualquier infierno, no puede, es más, no debe mantener sin enterrar esos fiambres.

El fracaso sindical es total. Su desaparición es anhelada por millones de trabajadores. A los políticos podemos mandarlos a casa con relativa facilidad. Los sindicatos, esos liberados trabajadores de la huelga, alegres, bien alimentados y con futuro, solo merecen el descanso, la jubilación. ¡Yo pago la corona!

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