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Formación

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 16 de septiembre de 2010, 08:21 h (CET)
La burda e insultante justificación del Presidente sobre esos cientos de miles de parados que, si bien no tienen trabajo, han desaparecido convenientemente de las listas del desempleo para maquillar unas cifras ya lo bastante indicadoras de su absoluta incapacidad para ostentar el puesto que ocupa, argumentándolo con la sandez de que quien se está formando está sirviendo a la patria, sólo puede develar, o una magnífica mentira como las que tan habituales son en él, o bien un desconocimiento magistral de lo que sucede en España, también cosa muy suya y de los suyos. Es lo que pasa con esto de que no haya mínimos para postularse a Presidente, o con que la ciudadanía pueda votar a cualquiera porque dé el queo de guaperas o de "modelno": la democracia, a la vista está, tiene serios peligros.

Más allá de que cualquiera que conozca a alguien que imparta cursos de formación para desempleados está al tanto de que a esos cursos van dos y se les obliga a dar el "asistido" a varias docenas de estos sacrificados hombres que sirven a su patria desde el desempleo, tal vez habría que cuestionarse por qué entonces no sirven para su patria los cientos de miles de titulados superiores que no encuentran empleo, por qué, si llegaran a encontrarlo, lo hacen siempre en unas condiciones que rechazarían los súbditos del Tercer Mundo, y por qué la Educación y la Cultura es el solemne desastre que es, con un profesorado poco y mal preparado y unas cosechas de fracaso escolar que desbordan las imaginaciones más escatológicas, poniéndonos no sólo a la cola de Europa, sino de medio mundo. ¿Será que los niños, jóvenes y titulados superiores no son patriotas, y que ese patriotismo sólo puede adquirirse en los cursos de formación para desempleados?... Y, sin embargo, en lo único que somos los primeros del Concilio de los Mundos es en promulgar sandeces, otorgar cargos a inútiles irrecuperables y en desempleo. Ahí sí que somos los irrefutables campeones del mundo, y podríamos llevar todos en nuestra camiseta no una estrella, sino cientos de galaxias.

Hace ya muchos años que abandoné la universidad, y el recuerdo que sobrevive no es bueno en absoluto; hace también algunos años que lo hicieron mis tres hijas mayores, y aún me pica la memoria como si tuviera la sarna; pero todavía tengo una hija que va al colegio en Alcalá de Henares, el Nuestra Señora del Val, y puedo afirmar de primera mano, de primerísima, que el sistema es un desastre como la santa catedral de Toledo. Tan es así, que el profesorado parece promover ante algunos alumnos, con hechos y con resultados, que el esfuerzo, si el niño es el objeto a batir por parte de alguno de esos talentudos profesores, es algo absolutamente inútil que no garantiza nada de nada más allá de un reforzamiento del acoso, hasta lograr el suspenso…, y no tanto por las malas notas del alumno ¡como por la ideología o los pareceres del padre! Ahí queda eso. Pero lo peor es que uno recurre a la Inspección de la Consejería, y, después de varios meses, la única respuesta que obtiene cuando se interesa por la protesta que presentó es ninguna, porque la encargada del caso nunca está: ha salido, está reunida, se encuentra visitando centros…, etcétera. Corporativismo en estado puro, en fin, cosa muy propia del poder en España, especialmente en pueblos como Alcalá de Henares.

Algunos profesores, para justificar la crucifixión de un alumno, procuran armar una buena coartada para no dejar huellas y, para conseguirlo, recurren sistemáticamente al descrédito, a la vejación, a la marginación continua y al acoso del alumno con el fin de que los propios compañeros de ese alumno sirvan como argumento de respaldo porque le rechazan o tienen una falsa imagen de él, y la víctima, después de un tiempito, fracase porque ir al colegio se ha convertido para él en algo parecido a un castigo insufrible. Y, entonces, el profesor tiene el suficiente argumento para suspender al alumno, justito, justito con el número de asignaturas que lo obligarán a repetir curso. La venganza, pues, está consumada. Y es, obviamente, el único alumno que repite: el único. ¡Que se fastidie el padre! ¿Y qué hicieron los demás profesores del claustro ante tal felonía?...: otorgar, consentir la injusticia… porque son colegas, y, ya se sabe: hoy por ti y mañana por mí. Han castigado a mi hija por mis pareceres y opiniones, y como su conciencia reprueba a gritos al conjunto de sus actuales profesores que han perpetrado una brutal injusticia que marcará la niña para siempre, ahora que ha empezado el nuevo curso y que estoy moviendo fichas, todo son palabras dulces para la víctima, al modo y manera como el verdugo pide una moneda y el perdón a quien va a decapitar. Solo que yo, su padre, ni perdono ni olvido. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.

Ésta debe ser la clase formación con la que se sirve a la patria a la que se refiere el Presidente, y estos profesores la clase de herramientas que utiliza para que los niños sirvan a la patria de presente y de futuro. Una gloria, bien se ve. Algunos, claro, ante tal barbarie y arbitrariedad nos rebelamos, por inútil y frustrante que pueda parecer nuestra lucha contra un sistema enfermo hasta la médula y ya en proceso terminal, y contra estas “autoridades” que con la mayor impunidad son capaces sólo de lo peor. La mayoría de los padres, ante este tipo de situaciones tan frecuentes, suelen callar, y no debieran. Tal vez, en estos casos deberían dar a sus hijos una lección de honestidad práctica –esa misma que el sistema ha perdido hace demasiado tiempo-, y recordar las palabras de Miguel Hernández: “Los bueyes doblan la frente/impotentemente mansa/delante de los castigos;/los leones la levantan/y al mismo tiempo castigan/con su poderosa zarpa.”

El Presidente, me temo, no tiene mucha idea acerca de la realidad que se vive a ras de suelo en el país que gobierna; quienes han convertido en “autoridades” a los maestros, mucho menos todavía. A la patria se la sirve de otra manera que con injusticias y una sumisión borreguil ante ellas, palabra. Con honestidad, por ejemplo; y con inspectores que castiguen este tipo de abusos, verbigracia. La rebeldía, hoy más que nunca, es imprescindible: los asnos jamás se rebelan contra el palo, y, claro, siempre soportarán cualquier maltrato. Que a lo mejor es de lo que se trata la cosa ésta de la formación.

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