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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Los diosecillos de la prensa

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 15 de septiembre de 2010, 08:16 h (CET)
Debo reconocerlo sin ambages: ¡me revientan las medias tintas, los que navegan entre dos aguas y aquellos que prefieren no pronunciarse con claridad y determinación sobre un tema determinado! Puedo entender que, en ocasiones, no resulta fácil tomar partido por una opción política, es muy difícil que un ideario de cualquier formación política se ajuste, en todos sus extremos, al pensamiento y a la problemática que afecta a cada ciudadano y que, por ello, en ocasiones, los votantes tengan que tomar partido por una alternativa que no acaba de cubrir todas sus expectativas, que no encaja a la perfección en su ideal político y que presenta lagunas que le puedan hacer recelar de si, su elección, ha sido la justa o no. Lo que ya no me cabe en la mente es que uno pueda acabar por prescindir de sus propias convicciones, de la escala de valores por los que se rige y de lo que, el propio sentido común le dicta, cuando, no por la convicción de que su planteamiento ético, moral, económico y social pueda estar equivocado o tener puntos débiles, sino por el cálculo egoísta de que resulta más rentable y se puede sacar más partido, cuando la ocasión es propicia, si se cambia el chip, para pasarse al terreno de los que participan de planteamientos políticos distintos.

Son muchos los que en sus años de juventud, guiados por el espíritu generoso propio de la espontaneidad, generosidad y ardor juvenil, se han dejado arrastrar por el pensamiento comunista que, en su origen y despojado de todos los aditamentos demagógicos, intransigentes, criminales y absolutistas de que le dotaron el bolchevismo y el maoísmo, sin duda contiene ideas muy parecidas a las que predica el cristianismo, que comportan valores muy apreciables como serían aquellos que consideran a todos los hombres iguales o que defienden el derecho a igualdad de oportunidades, el derecho de cualquier persona a disfrutar de una vida digna y a ser libre sin tener que estar supeditada al yugo del poder. La experiencia nos advierte, sin embargo, de que, en su gran mayoría, a medida que pasan los años, que maduran y que se van apercibiendo del gran fraude en que consiste un sistema totalitario –que coarta las iniciativas de los ciudadanos, que cercena su derecho de expresarse libremente, que impone un pensamiento único y que basa toda su fuerza en el dirigismo por parte del Estado, al que debe someterse el pueblo, renunciando a sus propias libertades individuales –; aquellos que cayeron como incautos en las redes del comunismo, acaban por dejarlo, asqueados de vivir en un régimen artificial y deseosos de poder desarrollar sus propias iniciativas, potenciar sus talentos y procurarse por si mismos, sin tutela alguna, una vida en libertad y sin obstáculos, para alcanzar las metas legítimas de progresar en una sociedad libre.

No obstante, la petulancia de algunos directivos de periódicos, su evidente egolatría y su afán de estar siempre en el candelero, participando de este plus de notoriedad que parece que otorga el mezclarse con la casta política, el participar de la pompa de la jet society y el endiosarse en la megalomanía de sentirse por encima del bien y del mal; les hacen perder el sentido de la medida, les impiden analizar los hechos en sus verdaderas dimensiones y les privan de la ecuanimidad precisa para mantenerse en la línea correcta; alejándose de la ortodoxia, de la fidelidad a aquellos valores y principios que siempre había propugnado y defendido, a través de la línea editorial del medio que dirigen. Por desgracia, este es el caso de algunos personajes populares, tanto de las radios como de las TV o de la propia prensa escrita. No quiero negar que el dirigir un medio de divulgación de noticias, de expresión de opiniones, de enfrentamiento, en ocasiones, con los poderes fácticos y de verse obligado a tener satisfecho al consejo de administración de la sociedad en la que está englobado el medio en cuestión; no es tarea fácil y supone una labor parecida a un encaje de bolillos, si es que uno no quiere verse obligado a buscarse otro puesto, en los diarios de la competencia. Sin embargo, si se quiere conservar a los lectores que son fieles a una línea editorial, si se pretende mantener la credibilidad ante su público y se busca mantener el prestigio y el marchamo de seriedad de la publicación; quienes llevan el timón de la nave deben saber que no se puede cambiar de rumbo sin que ello represente un peligro para la estabilidad del medio y la lealtad de quienes son sus lectores habituales.

Y es por lo que hemos expuesto anteriormente, que hemos recibido una decepción con el diario El Mundo, del señor Pedro J. Ramírez, cuando parece que está experimentando una deriva que se sale de su habitual carácter polemista, su trayectoria de periódico conservador, su característica de diario valiente y de investigación, sin que le preocuparan los terrenos peligrosos y espinosos cuando se trataba de denunciar prácticas ilegales; abusos de las administraciones; situaciones injustas o casos de corrupción. Todos recordamos la forma osada con la que se enfrentó a todos los periódicos y TV dependientes del Gobierno en el famoso juicio del 11-M, cuando denunció, sin temor, las manipulaciones que se llevaron a cabo en el sumario, los casos de presuntas prevaricaciones dentro de la misma policía, los defectos de la instrucción de la causa y la decepción que causó la presidencia del tribunal, a cargo del magistrado de la AN, Javier Gómez Bermúdez, y la sensación de componenda derivada de la propia sentencia del caso. Ahora, no obstante, la postura del señor Ramírez parece que se mueve en una especie de término medio, como si quisiera dar una imagen de “mayor sensatez”, de mayor equilibrio, en sus juicios; como si, en realidad, quisiera hacerse perdonar por el PSOE, aquellos tiempos en los que, él y su periódico, se habían convertido en un azote implacable contra el partido que gobierna España.

Un caso muy sintomático fue, sin duda, la reacción de El Mundo ante las manifestaciones del señor Mayor Oreja, un señor que ha demostrado, durante toda su trayectoria como político (fue ministro de Interior en tiempos de Aznar), un conocimiento profundo del tema de la banda terrorista ETA. Cuando, hace unos meses, ya anunció su preocupación respecto a determinadas informaciones que denunciaban contactos del Gobierno con los etarras, cuestión que, como ya es habitual en el PSOE, se viene negando repetidamente, especialmente por el señor Rubalcaba lo que, de por sí, debe contribuir a aumentar nuestras sospechas al respecto. El señor Iriguren, del PSOE, no parece desmentir la existencia de estos contactos y demuestra con sus opiniones que está convencido de que van a dar resultados. El Mundo y el señor P.J. Ramirez no quisieron hacerse eco de las denuncias del señor Mayor Oreja y, antes bien, éste se mostró hostil a ellas, recriminándole que no aportara pruebas para demostrar lo que decía y apoyando al Gobierno; afirmando que, en la actualidad, nuestro Ejecutivo no tiene intención alguna de negociar con los etarras.

No parece que, cuando investigaban el 11–M, precisaran de tantas pruebas demostrables para acusar de inoperancia al juez instructor y reclamar análisis respecto a los explosivos, sin que hubiera pruebas concluyentes que avalaran dicha petición. Sin embargo, vean ustedes su enfoque respecto a una declaraciones de una persona, el señor Mayor Oreja, que, en los temas de terrorismo nunca se ha equivocado cuando ha advertido de las intenciones de ETA; como ocurrió cuando se habló de la tregua trampa de la que se valió la banda para robar 300 pistolas para rearmarse. Nadie se lo tomó en serio, hasta que ETA volvió a matar en la Terminal del aeropuerto de Barajas.

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