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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

¿Se podría haber evitado el pánico?

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
miércoles, 15 de septiembre de 2010, 08:06 h (CET)
WASHINGTON -- Han transcurrido dos años desde que quebrara Lehman Brothers (el 15 de septiembre de 2008) y seguimos sin poder responder de manera positiva a esta pregunta: ¿Qué habría pasado si el gobierno hubiera salvado a Lehman? Su quiebra tuvo repercusiones fundamentales. Hasta entonces, el empeoramiento de los mercados de la vivienda e hipotecario había provocado lo que parecía una recesión grave -- pero no sin precedentes. Una vez que Lehman se derrumbó, la economía fue presa de una caída libre histérica. Es difícil no preguntarse si parte de la agitación posterior no se podría haber evitado.

Considere lo sucedido después de Lehman:

- El crédito se endureció. Los bancos no se prestarían dinero entre sí, excepto a primas de riesgo exorbitantes. Los tipos de la deuda corporativa titularizada de buena calificación pasaban del 7% de agosto a casi el 10 hacia octubre.

- Las cotizaciones se desplomaron. Tras su máximo histórico en torno a los 14.100 puntos en octubre de 2007, el industriales Dow Jones seguía cotizando en torno a los 11.400 antes de la quiebra. Hacia octubre, rozaba la cota de los 8.400; hacia marzo de 2009, la de los 6.600 enteros.

-- El consumo y la inversión privada (en maquinaria, informática, infraestructuras) -- alrededor de las cuatro quintas partes de la economía en conjunto -- se reducían acusadamente. Las ventas de automóviles ya castigadas perdían un tercio de agosto a febrero.

-- El empleo se desplomó. 5 millones de nóminas se evaporaron en los ocho meses posteriores a la quiebra de Lehman. La tasa de paro pasaba del 6,2% de septiembre al 9,5% de junio de 2009.

La quiebra de Lehman tuvo graves repercusiones porque sugirió que la administración había perdido el control de los acontecimientos. Nadie sabía qué instituciones financieras iban a ser amparadas y cuáles no; al poco tiempo AIG recibía un préstamo considerable. La incertidumbre se apoderó; siguió el pánico.

Inquietas por perder el crédito normal, las empresas hicieron acopio de liquidez a base de recortar plantillas, inversión e inventario. La riqueza y el empleo desaparecidos (la pérdida de valor de las acciones de septiembre de 2008 a marzo de 2009 alcanzó en total los 3,9 billones de dólares, estima Wilshire Associates) provocaron que el consumidor aplazara las compras que no fueran de primera necesidad: utilitarios, casas, aparatos.

Las explicaciones del motivo de que se permitiera que Lehman quebrara han cambiado sutilmente en cuestión de dos años. Durante ese fin de semana del 13 al 14 septiembre, el Secretario del Tesoro Henry Paulson, el gobernador de la Reserva Federal Ben Bernanke y el presidente del Banco de la Reservada Federal de Nueva York Timothy Geithner trataron desesperadamente de organizar un rescate al sector privado. Casi tuvieron éxito. Persuadieron a un consorcio de bancos de absorber 30.000 millones de dólares de las inversiones menos sólidas de Lehman. Parecía que Barclays, una entidad bancaria británica de las más importantes, iba a adquirir Lehman, pero los reguladores británicos pusieron pegas de última hora.

En ese extremo, sólo el gobierno estadounidense podría haber rescatado a Lehman, que se enfrentaba a una crisis de confianza generada por la propia entidad. Sus clientes y deudores huían en masa porque temían no ser compensados. Alguien solvente tenía que respaldar a Lehman para aplacar estas inquietudes.

La explicación estándar que dan hoy Paulson y Bernanke del motivo por el que se negaron es que legalmente no podrían haber hecho otra cosa. El Tesoro dijo carecer de competencias para la realizar una inversión; la Reserva podía extender préstamos, pero sólo si Lehman presentaba el aval subsidiario correspondiente al préstamo, que presuntamente brillaba por su ausencia. Ésa es la historia hoy, pero tras la quiebra de Lehman, el hincapié que se hacía era diferente.

"Nunca se me ocurrió considerar apropiado poner en juego dinero del contribuyente para consolidar a Lehman Brothers", decía Paulson. En la práctica, su posición había despertado elogios inicialmente por plantar cara al sector financiero. Bernanke ponía excusas parecidas. En testimonio jurado ante el Congreso el 23 de septiembre, decía que "los problemas de Lehman eran conocidos de siempre... (y) consideramos que los inversores... habían tenido tiempo de adoptar medidas de precaución".

En realidad, se había formado un consenso informal en contra del uso de fondos públicos para salvar a Lehman. Las duras críticas vertidas al anterior rescate de Bear Stearns -- practicado con el apoyo de la administración Bush y los fondos de la Reserva -- habían dejado una profunda cicatriz. La Comisión de Investigación de la Crisis Financiera ha facilitado correos electrónicos que reflejan la tónica dominante. El día 9 de septiembre, el secretario de gabinete del Tesoro Jim Wilkinson escribía que no podía "endiñar el rescate de lehman (sic). Será un festín en la prensa". Teniendo en cuenta esta predisposición, no hubo ningún Plan B una vez que Barclays retiró su oferta.

Paulson, Bernanke y Geithner se desenvolvieron encomiablemente más tarde al evitar un colapso financiero generalizado y restaurar la confianza que, posiblemente, evitó una segunda Gran Depresión. Aunque sus medidas (el TARP, el aval público de préstamos y las medidas de alivio crediticio de la Reserva) fueron impopulares, terminaron por tranquilizar a los mercados. Pero el interrogante pendiente es si Paulson y compañía no estuvieron limpiando un caos que ellos ayudaron a generar. Ni siquiera a estas alturas está claro que Lehman careciera del aval suficiente para garantizar un préstamo. Hubo un "pánico insensato", sostiene William Isaac, antiguo presidente de la Corporación Federal de Protección de Depósitos, en un libro con ese título.

O quizá no. A lo mejor rescatar a Lehman simplemente habría pospuesto el pánico y las peticiones de competencias más amplias para intervenir en un sistema financiero cada vez menos sólido. Citigroup y Bank of America, entre otros, precisaron de ayuda. La naturaleza de la crisis es que la gente es sorprendida o superada por los acontecimientos, y en ese sentido, los errores en los que se incurrió al abordar la insolvencia de Lehman habrían sido inevitables. De una forma u otra, el primer borrador de la historia aún se está escribiendo -- y sigue siendo muy escabroso.

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