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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Huelga general, ¿un engaña bobos?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 14 de septiembre de 2010, 09:16 h (CET)
Si serán galgos, si serán podencos, estas parecen ser las máximas preocupaciones de los sindicatos y del Gobierno, mientras uno, en su ínfima posición de simple ciudadano de a pie, tiene la sensación de estar contemplando una más de las representaciones que ambos entes están escenificando para el consumo de aquellos ciudadanos que, todavía, creen que los sindicatos tienen por máximos objetivos el defender los derechos de los trabajadores y el Gobierno el ocuparse de los intereses de la ciudadanía, incluso por encima de sus particulares intereses. Hace tiempo, casi tres meses, cuando los sindicatos, con la boca pequeña y a regañadientes, tuvieron que hacer un esfuerzo de afirmación de sus principios básicos y decidieron anunciar una huelga general, no contra el Gobierno, sino contra la crisis y los empresarios; como si, en toda esta historia de dislates económicos, de estafas financieras y de burbujas que explotan en la misma cara de los bancos; hubiera algún sector, alguna institución o partido político que pudiera tirar la primera piedra. Entonces ya comentamos que teníamos la impresión de que, cuando más se enturbiaba la situación, cuando más aumentaba el desempleo y más empresas iban cayendo (como resultado de una política equivocada de subvenciones, paños calientes y endeudamiento) y más miedo había a emprender las reformas estructurales precisas para afrontar, con garantías de éxito, la actual recesión; más parecía ser la dependencia del Ejecutivo de las presiones de los sindicatos mayoritarios.

En efecto, nadie puede negar que, cada vez que el Gobierno, exigido por la necesidad de tapar agujeros, ha intentado iniciar un tímido gesto de liberalizar alguno de los distintos frentes de un mercado laboral, evidentemente anquilosado, obsoleto y residuo de viejos enfrentamientos de clases, hoy felizmente superados; la amenaza de los sindicatos le ha impedido proseguir en el proyecto. Así, deberíamos reconocer que, quienes han contribuido con mayor esfuerzo a conducirnos a la situación crítica en la que nos encontramos, han sido estos Sindicatos que, de hecho, ante un Gobierno débil y amedrentado por la amenaza de una paralización del país, fruto de un paro masivo; no sólo han reculado, sino que han seguido tapando las bocas de los líderes sindicales a base de inyecciones millonarias de euros que han ido a parar, especialmente, a las arcas de los dos sindicatos mayoritarios, CC.OO y UGT. En ocasiones, ha actuado más como ministro de Economía y Hacienda el señor Méndez, un completo ignorante en la materia, que la propia señora Salgado, siempre relegada por ZP a la condición de recadera de las “geniales” ocurrencias de su jefe de filas. Pero llegó un momento en el que ya no se pudo negar la realidad, en el que ya nadie se tragaba las artimañas para disimular el número de desempleados y la evidente inopia en la que se habían instalado ambos sindicatos, ante un hecho tan grave. Nadie duda de que, en el caso de que el Ejecutivo hubiera sido de derechas, en estos momentos ya hubieran tenido lugar varias huelgas generales y, con toda seguridad, se habrían producido incidentes lamentables e, incluso, posibles atentados. Al menos, a esto es a lo que nos han tenido acostumbrados estos sindicalistas hasta que, ¡Oh, misterios de la política! quien gobierna es un partido de izquierdas, al que conviene mantener en el candelero para que siga “lubrificando”, con chorros de subvenciones, a todos aquellos sindicalistas que han hecho de su vida un “apostolado”, para asegurarse su vejez y la de los suyos.

Y ante este panorama, ante el hecho del aumento de las presiones de las bases obreras – cansadas de ser las protagonistas de la parte más perjudicada por la crisis y sin ver que el Gobierno haya hecho más que dar palos de ciego para intentar solucionar sus problemas – ha sido preciso un cambio de estrategia. El señor ZP se reunió con los señores Toxo y Méndez en un encuentro del que no se sabe nada, pero que no es muy difícil de adivinar lo que se trató en él. Seguro que ZP les dijo que no le quedaba más remedio que tocar algunos puntos poco populares para los trabajadores, pero que la UE insistía en que era algo necesario si es que queríamos que nos ayudase a salir de la situación, previa a una quiebra, en la que nos hallábamos a principios del mayo pasado. Es posible que les prometiera más subvenciones y mejor trato si cooperaban ya que, en caso contrario, lo probable es que tuviera que convocar elecciones lo que significaba, según todas las encuestas, la subida al poder del PP, algo que no era una buena noticia para unos señores que estaban viviendo de la sopa boba, a costa del Erario público.

No me extrañaría que, allí mismo, se hubieran planeado las estrategias. Un anuncio de huelga con tres meses de antelación, señores, es algo sumamente inusual. Una de las condiciones para el éxito de una huelga se basa en la inmediatez de la misma, en aprovechar situaciones en las que los trabajadores están motivados por estimar que no se atienden a sus justas reivindicaciones y, en el fragor de la batalla de una negociación, se olvidan de lo que van a perder faltando al trabajo, en aras de demostrar al “gran capital” que son capaces de oponerse a él de la forma que más le duele. El dar tiempo a la masa para que reflexione y pueda sopesar los pros y contras de un paro, es tanto como perder la capacidad de convocatoria que, en el mejor de los casos, quedará fuertemente cercenada; pero si, como en el caso presente, el Gobierno puede demostrar que actúa a contrapelo porque no hay otra salida a nuestra situación desesperada; el resultado de la huelga puede estar condenado al fracaso más estrepitoso. Y, en este punto, se me ocurre preguntar, ¿es posible que esta convocatoria se base, precisamente, en dar una salida a los más extremistas, justificando la acción de los sindicatos, con la idea de que el resultado sea un fracaso? Así, los Sindicatos salvan la cara ante quienes les están presionando; el Gobierno sale fortalecido por haber resultado vencedor de la prueba y aquí paz y allí gloria, tutti contenti. ¿Qué todo esto sólo son elucubraciones, sin base alguna, en las que apoyarse? Es posible, no lo niego, pero me deberán conceder que, o bien estos directivos sindicalistas están bastante mal informados y piensan que su huelga va a tener un gran impacto, que conseguirá hacer que el Gobierno rectifique respecto a sus actuales planteamientos, o bien, si se dejan orientar por las encuestas que en los diversos medios van apareciendo, desde hace ya unos meses, sabrán que se enfrentan a un gran ridículo que, si uno lo analiza detenidamente, es muy posible que acabe con la poca credibilidad que les pueda quedar entre los trabajadores.

Sin embargo, hay algo que resulta sin duda más preocupante que la anunciada huelga del día 29 de septiembre. Contrariamente a los que en algunos rotativos se nos quiere vender, a pesar de noticias esporádicas que pretenden insuflar optimismo a la ciudadanía; la verdad es que, para los españoles, las noticias no parece que sean tan positivas como se quiere dar a entender. La crisis de la deuda pública sigue su curso y ya se habla de que las PIIGS, entre las que nos encontramos, resultan ser un lastre demasiado oneroso para el resto de países de la UE. Trichet empieza a considerar la posibilidad de excluirlas de las decisiones en la UE, mediante una suspensión temporal, una separación que nos dejaría fuera de cualquier decisión importante tanto del ECOFIN como del parlamento de Bruselas. Perdemos nueve posiciones en el ranking de competitividad mundial y la OCDE se lamenta de constatar una ralentización de la recuperación económica; algo similar a lo que está sucediendo en los EE.UU. del señor Obama, que no logran reactivar el empleo y siguen endeudándose. Malas noticias sin duda, que no parece que preocupen a nuestros gobernantes dedicados a mantenerse en sus puestos caiga quien caiga. Pero no sufran, después de todo, mañana será otro día.

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