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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ya lo comprendo

Yolanda Plaza (Madrid)
Redacción
lunes, 13 de septiembre de 2010, 11:18 h (CET)
Los que hemos leído a Bécquer cuando éramos jóvenes recordamos esta exclamación como un precioso final de una romántica escena: “Sobre la falda tenía/ el libro abierto;/… nos volvimos/ los dos a un tiempo,/ y nuestros ojos se hallaron,/ y sonó un beso/…—¿Comprendes ya que un poema/ cabe en un verso?/ Y ella respondió encendida:/ —¡Ya lo comprendo!”. A cuantos de nosotros nos gustaría poder exclamar en tantas ocasiones “¡Ya lo comprendo!” cuando leemos noticias desgarradoras de asesinatos a sangre fría, violencia contra la mujer, abandono y crueldad contra animales indefensos. Pero, por mucho que nos esforcemos en ponernos en la mente del verdugo, jamás encontramos explicaciones razonables que justifiquen estos comportamientos; por ello, cada uno de nosotros, decimos: ¡No lo comprendo!.

En nuestro país están aconteciendo, con demasiada frecuencia, actos violentos contra activistas pacíficos que trabajan por los derechos de los animales. Todos nos hemos sentido estremecidos al visualizar recientemente por televisión los ataques de una horda violenta contra un cámara y varios defensores de los animales, que se limitaron a extender una pancarta contra las fiestas taurinas ocurridas en Sacedón (Guadalajara). Anteriormente, otro grupo antitaurino fue agredido en Mallorca después de una concentración legal y pacífica. Ante estos hechos, uno piensa: ¡No lo comprendo!.

¿Qué hay en la mente de algunos ciudadanos para que continúen anclados en el pretérito, viviendo en el siglo XXI, pero al mismo tiempo, reflejando una personalidad y actitudes propias de tiempos remotos? ¿Cómo puede ser que en el mismo espacio existan personas capaces de trabajar abnegadamente por defender a las víctimas, mientras que otros conciudadanos están en el otro extremo, incapaces de ver el sufrimiento del animal, disfrutando del dolor y de la sangre derramada del reo a muerte, convirtiendo en celebración la agonía y la tortura? “La sangre siempre trae sangre”, escribió Benedetti, pero los amantes de las ejecuciones públicas parecen estar impedidos para discernir y sentir. Sin posibilidad de equivocarnos, podemos aplicar a este último grupo estas frases escritas hace más de dos mil años: “Por más que oigan no entenderán, y por más que miren no verán. Este es un pueblo de conciencia endurecida... No quieren ver con sus ojos, ni oír con sus oídos y comprender con su corazón”.

Pero no todo está perdido, hay ocasiones en las que algunas personas que han estado cegados por las tradiciones, han escuchado, han comprendido y han cambiado su percepción de la tauromaquia. Este es el caso de un hombre que, bajo el seudónimo de Mandrágora, escribió en un foro donde se trataba sobre la abolición de las corridas de toros: “He sido un defensor a ultranza de la plasticidad y “arte” de la tauromaquia. Pero estaba equivocado. Un día, (…) me desperté y vi un escrito de alguien en un periódico, el día anterior, domingo, yo había asistido a una corrida en Tarragona. No me preguntes cómo, pero una vez acabada la lectura de aquellas cuatro líneas de una persona, que no era un reconocido escritor, ni mucho menos, me quedé recapacitando y pensando que tal vez tuviera razón…La fuerza de cuatro líneas de un crítico de la calle me convencieron. No necesité máximas o citas de autores famosos, si no una persona igual a mí, que se limitaba a dar su opinión en un famoso diario. Había vivido equivocado desde los 12 años hasta los 59…

No hace falta nombrar a grandes literatos de otros tiempos, si no pararte a escuchar la voz, muy delicada, muy débil, la voz de tu propio corazón”.

En otras palabras, este hombre razonó: “¡Ya lo comprendo!”.

Me viene a la memoria aquel relato del fariseo que persiguió a muerte a los cristianos hasta que, en una visión, oyó una voz que le dijo: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". No, hoy no vamos a esperar que ningún taurino tenga una revelación divina en la que un toro se exprese como la burra de Balaám, pero que en este caso le diga: “Taurino, taurino, ¿por qué me estás persiguiendo?” Los toros no, pero nosotros sí les preguntamos: ¿Por qué nos están persiguiendo? Quizá les ocurra como a Mandrágora, o como a la joven amante del poeta andaluz, y por fin, abran sus ojos y vean, con sus oídos escuchen, con su corazón entiendan, y con su boca afirmen: “¡Ya lo comprendo!”.

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