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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Bellvitge

Rafael del Barco Carreras
Redacción
lunes, 13 de septiembre de 2010, 10:59 h (CET)
BELLVITGE, O EL CINTURÓN ROJO DE BARCELONA. ELECCIONES GENERALITAT 2010.

Barcelona 6-09-10. Montilla quiere asegurarse el Cinturón Rojo de Barcelona, feudo socialista. Han hecho tantas trastadas durante los treinta años de su dominio que no se fía. Fue fácil el discurso antifranquista, las promesas de cambio, los mítines, provocar huelgas, pero sus habitantes soñaron con algo más que la urbanización del barrio.

Narcís Serra, recién nombrado a dedo por sus amigos franquistas Conseller de Política Territorial y Obras Públicas de la Generalitat de Tarradellas, se atrajo a los líderes surgidos de las huelgas en SEAT, La Seda, Motor Ibérica y otras, y al presidente de la Comunidad de Vecinos de Bellvitge, Juan Ignacio Pujana Fernández de la UGT, el futuro Alcalde de Hospitalet, jefe de Celestino Corbacho, pero que más de treinta años después y en concreto en Bellvitge las calles estén asfaltadas con árboles, setos y césped, incluso escuelas y dispensario humanicen el barrio, no asegura, ni mucho menos, el voto socialista, y menos aun la mayoría absoluta.

Tampoco supongo ganará Artur Mas. Allí lo del Catalán con el anticentralismo ha pasado de caer simpático, y hasta aprenderlo, a otra imposición al estilo franquista. Yo no recuerdo a nadie que lo hablara la primera vez que pisé el barrio por los 70 para comprar los primeros módulos comerciales donde en uno monté con unos socios una tienda de muebles, parte de una cadena. Otra de las dobleces de Montilla, el catalanismo.

Que Bellvitge no es lo que era los saben bien los despedidos de la SEAT con tan alta indemnización que no solo se reamueblaron los pequeños pisos para los que si apenas se encontraba mobiliario adecuado, sino que se abrieron bares con corta vida por tanta competencia. Y a los problemas sociales se unieron, por ejemplo, la familia Jodorovich, célebres delincuentes que por los 80-90 montaron una marisquería de alto standing. El Barrio pasaba de ser un feudo estrictamente obrero para entrar a formar parte del creciente y próspero submundo barcelonés de la droga y la delincuencia.

Conocí en la cárcel a varios de los Jodorovich, ningún problema de convivencia, muy al contrario, desde que por los 40 los abuelos, jefes del clan, llegaron de Yugoslavia huyendo de la guerra, la familia se había españolizado y hasta refinado. Las conversaciones, como compañeros destinados “entre cancelas” en la Modelo de los 80, no tenían nada que ver con las luchas sociales en su zona del Baix Llobregat, la heroína y otros productos los convirtió en multimillonarios.

Y no es solo ese aspecto que haya alterado el primer feudo y gran decorado antifranquista de la propaganda socialista, sino y lo grave, que los viejos del lugar, los jubilados o despedidos de la SEAT, comentan que éstos además de hacerse ricos han hecho buenos a aquellos franquistas de los tiempos de Porcioles que les proporcionaron un minipiso (barracas verticales) por 130.000 pesetas y letras de 1.000 pesetas al mes.

Treinta años para encontrarse que sus hijos y nietos están en paro, que la delincuencia les ha invadido, que las huelgas se han multiplicado, que aquellos pisitos que el boom inmobiliario les convenció valían una fortuna (algunos de 130.000 se vendieron por 12 hasta 16 millones de pesetas) son ahora pisos patera con gente que no se sabe en qué ni donde trabajan, y sin solución pues las fábricas y empresas cierran una tras otra. Y encima aquellos líderes de las promesas han reducido la indemnización por despido, convertido en casi libre y barato, han mermado las viejas conquistas sociales, y con un futuro más que problemático. Ya nadie decide montar empresas ni menos tiendas de muebles, sector bruscamente quebrado por el estallido de la Burbuja Inmobiliaria, provocada por la avaricia y corrupción de los mismos aprovechados charlatanes.

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