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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Compras inteligentes

María Cicuéndez
Redacción
lunes, 13 de septiembre de 2010, 10:57 h (CET)
La incorporación al trabajo induce a las compras compulsivas buscando satisfacción inmediata

Por primera vez, al entrar en un centro comercial, percibí la necesidad de muchas personas de compensar sus carencias emocionales a través de sus compras, mediante las cuales, vincularse a algún grupo social, cubriendo la “necesidad humana de pertenencia”, reflejada en las marcas de su ropa o en la decoración de su hogar.

La búsqueda de aceptación, de destacar en nuestro entorno social, de sentirnos, únicos, especiales, triunfadores, diferentes, estaba ahí patente, pululando en el espacio que envolvía a los compradores, susurrando subliminalmente que a través de sus compras podrían encontrar una identidad, si no la propia, otra que les pareciera más aceptable o sugerente, pero en cualquier caso, igualmente falsa e ilusoria.

Es habitual relacionar estrenar ropa con la renovación de nuestra vida. De una manera inconsciente pretenderemos ese cambio a través de las compras que si no consiguen nuestro objetivo nos provocarán buscar compulsivamente la satisfacción inmediata del “estreno”.

Sin darnos cuenta, todos podemos caer en el influjo de las promesas de la publicidad, que seduce vendiendo experiencias, sensaciones, auto-aceptación, bienestar, que desaparece como por arte de magia, en el caso de acabar adquiriendo cosas inútiles que finalmente nos provocan arrepentimiento y mayor ansiedad.

El telediario se hacia eco recientemente del crecimiento del índice de compradores compulsivos que afecta tanto a hombres y mujeres, entre 30 y 55 años, con un perfil de baja autoestima, falta de autocontrol, inseguridad, propensión a la fantasía, sensación de soledad o vacío espiritual, además, de soler padecer otros trastornos como ansiedad y depresión.

Esta realidad que parece lejana para muchas personas asomaba, no obstante, en los ojos de muchos compradores la tarde de mi visita a un conocido centro comercial madrileño. La ansiedad de batirse en duelo con el paso del tiempo para mantener alejada a la vejez, “por exigencias del guión”… se percibía, también, como otro virus contagioso, en los probadores de la planta joven, donde señoras maduras se resistían a aceptar el paso del tiempo con naturalidad y sabiduría.

Mal y que nos pese, la sociedad consumista en la que vivimos nos rodea y “vampiriza” en un bombardeo publicitario sin tregua y requiere un gran esfuerzo tomar conciencia de su enorme poder subliminal ahora que la asistencia a los centros comerciales se ha convertido en una actividad de ocio más que en una necesidad puntual.

La incorporación al trabajo después de las vacaciones es un momento ideal para que salten las alarmas de la compulsión y queramos comprar felicidad en todo tipo de objetos más o menos asequibles a nivel económico. Como consecuencia de la globalización, e imitando a Estados Unidos, productos “Made in Asia” de bajo coste y calidad dudosa, inundan los comercios españoles para satisfacción de los bolsillos menos pudientes. Lamentablemente, esto implica que sobre todo los adolescentes parezcan clones al adquirir su vestuario en las cadenas comerciales que venden ropa de estas características.

Muchas veces se nos olvida que cada persona es única en si misma y que la renovación interior, superarse como ser humano, es la única manera de mostrar toda la luz, la magia y el verdadero “glamour” que cada ser porta por derecho propio desde su nacimiento. Sería especial honrar a esa “esencia pura” personal e intransferible, disfrutando eligiendo el vestuario y colorido que fuera más en sintonía con cada personalidad, sin mayor intención que la de ser uno mismo. Algo que la mujer más humilde de India hace por doquier ya que al vestirse está adornando su alma.

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