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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Atrición

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 13 de septiembre de 2010, 09:33 h (CET)
Cuando chaval, en el colegio salesiano al que iba, al explicarnos los curas los misterios de la religión solían recomendarnos la contrición –arrepentimiento por amor hacia aquél a quien hemos ofendido- para pedirle perdón a Dios por nuestros pecados, a través del sacramento de la confesión; “pero si la contrición no os hace sentir un profundo arrepentimiento”, nos decían los sacerdotes más agresivos pero también los más explícitos, “emplead sin reparos la atrición -que es el arrepentimiento por temor al castigo divino-, que si Dios es el mejor padre, que es decir el mejor aliado, también puede ser, desde luego, el juez más severo, que es decir el peor adversario.” Y, como colofón, recurrían para ilustrarlo a las más explícitas imágenes del Infierno. “Pensad en él”, nos decían con suficiencia, “y considerad que si no soportáis ni un solo segundo la llama de una cerilla, ¿cómo podréis soportar por toda la eternidad el tormento del fuego imperecedero?” Palabra que, al menos en aquel entonces, los chicos no considerábamos si el Infierno era exotérmico o endotérmico, si era o una barbaridad religiosa o no, o si era una suerte de figuración o parábola que en el devenir de los siglos fue dando en una especie de dogma, o, al menos de convicción generalizada común a casi todas las culturas. En fin, el caso era que o elegíamos a un Padre, bueno como un bendito, o nos las tendríamos que ver con quien a buen seguro no iba a gustarnos ni un pelo. ¡Menudo dilema! Y, claro, cuando llegaba la hora confesar, la atrición venía a resolver las cuestiones que la contrición dejaba en tablas.

La sociedad ha ido avanzando, como especie o como cultura hemos ido dejando de ser niños, y hace ya algunos siglos comenzó a dibujársenos el bozo y a azulear tímidamente la barba. Poco a poco, a media que hemos cubierto las estrellas con un manto de luz artificial y neones cosmopolitas, hemos ido creyéndonos más y más grandes, sólo porque no podíamos ya compararnos con la inmensidad. Incluso muchas palabras enormes que durante siglos produjeron pánico por lo inabarcable de las mismas, tales como eternidad, infinito, etcétera, comenzamos a poder encerrarlas en ecuaciones matemáticas así de chiquititas. El infinito con toda su inabarcabilidad y toda su potencia incomprensible era un churrito así, como un ocho cansado que descabezaba un sueño. ¡Ni siquiera ocupaba mucho más que un cuadrito de la página de nuestro cuaderno cuadriculado! Y, por si fuera poco, luego, no mucho después, nos quedamos sin Infierno y aun sin Purgatorio, quedando todo reducido no a un horno donde los pecadores sufrían tormento por sus muchos y grandes pecados, sino ni siquiera a candelilla, siendo ya apenas una especie como de angustia por no ver a Dios... si es que se era rematadamente malo. ¡Si al menos fuera como ser acosado por Hacienda!... Pero no ver a Dios, en buena lógica, ¿a quién podría interesarle o no?... ¿Acaso alguien lo ha visto antes como para suponer que no verlo iba a representar un quebranto mayor que no ver a Maripili, pongo por caso, que ésta sí que es de carne y hueso y está como un queso (ripio gratuito)?... Nada, que el infinito nos cabía en una cuadrícula, éramos gigantes comparados con un universo que según Einstein tenía forma de silla de montar a caballo, y, lo que era más enjundioso, el Infierno había quedado proscrito, prohibido, declaro ilegal, dando ya lo mismo ser bueno que malo, o hacer el bien a diestro o siniestro que fumigarnos a quien se nos antoje. Lo mismo que a Dios, claro, quien sin infinito ni infierno, con creaturas gigantescas y un universo con forma de silla de montar a caballo, como que se queda en nada. Y despareció de nuestras vidas, en fin.

A veces, cuando trato de comprender el por qué de los acontecimientos que me rodean, me acuerdo de aquellos años en que nos enseñaron estas cosas, y no puedo evitar que la memoria me devuelva con las imágenes una sonrisa antigua y dulce que, qué cosas, siempre trae hilvanada una lágrima amarga. Lo digo porque entonces, cuando creíamos aquellas cosas que hoy parecen desbarros, éramos otros y éramos más. Había, ¿cómo diría yo?, más inocencia, pero también mucha más responsabilidad. Muchos de aquéllos amigos que fueron quedaron por el camino, se fueron en plena juventud y en plena rebeldía (que viene a ser lo mismo) al infinito de la silla de montar a caballo a lomos de una yegua blanca, o su enormidad de gigantes envueltos en neón se plegó sobre la nada gracias a un infarto, o el emocionante viaje de su andadura se enfrentó con el mojón de un porvenir que lo detuvo en seco para siempre en el kilómetro no sé cuántos de la autopista de la nada. Rayamos ya los cincuenta, pero somos menos de la mitad de los que fuimos. Los extraño a todos ellos, y me pregunto con contrición si siempre les quise como debía y si ellos se quisieron. Unos fueron mejor que otros, y, a estas alturas, deben conocer el secreto de los misterios que siguen siéndolo para mí. Unos fueron mejor que otros, sí; pero ¿al final cerraron sus ojos a esta vida y los abrieron a otra vida?..., ¿tal vez se encontraron cara a cara ante ese incognoscible Dios de fábula y cuento?..., y, en tal caso, cómo Es: ¿un Padre barbudo y bonachón, todo comprensión y afecto que disculpa lo bueno como lo malo, o un juez severo que permite que cada uno corra la suerte eterna por la que tan tozudamente ha pugnado?... ¿Tendrán en esa hora algún valor nuestros actos?..., ¿quién pesará nuestra paja?...

Reflexiono sobre ello, y comprendo que soy la suma y saldo de todo lo que aprendo y siento, que soy el balance de mis emociones… y de mis actos. No sé si somos mejores ahora que somos tan listos, palabra, pero desde luego somos mucho más soberbios. El mundo, la realidad que nos rodea, no es demasiado buena, sin embargo, ni el mundo es más justo, ni hay ningún paraíso a la vuelta de ninguna esquina. A veces, nos lamentamos de que hemos construido nuestra sociedad únicamente con materiales volátiles a diferencia de otras culturas que nos precedieron, cuyos vestigios han sobrevivido miles y miles de años. Sin embargo, lo que creo que no hemos comprendido del todo todavía es que los volátiles somos nosotros, que viajamos siempre con la muerte al lado, como una sombra siniestra que en cualquier instante, ahora o luego, puede engullirnos y catapultarnos a la nada. O tal vez lo haga ante ese Dios al que negamos por sabiduría, y, entonces tendremos que vérnoslas con Él y explicarle por qué el universo tiene forma de silla de montar a caballo, o por qué somos tan gigantescos o por qué tenemos tanto poder como para sólo con nuestras palabras apagar el Infierno. Las referencias a sesudos científicos, me temo, no valdrán de mucho, porque en esa hora, como cuando nacimos, estaremos solos, y serán nuestros actos –los nuestros- los únicos testigos.

En mi orden de incertidumbres existenciales me perdonarán ustedes que tome a Einstein o a Hawkins con cierto recelo. Después de todo, la Ciencia se ha pasado la Historia corrigiéndose a sí misma, entretanto Dios ha sido siempre el mismo. Siquiera sea por antigüedad y por edad, digo yo que merece un respeto. Por otra parte, en muchas ocasiones me alejo de mi ciudad y pierdo algún tiempo contemplando el cielo, y veo y comprendo que no soy tan grande, sino más bien ínfimo, y que es más que probable que mis exiguas certezas sean en realidad tan infinitésimamente diminutas como yo mismo. ¿Cómo podría lo insignificante contener ninguna clase de grandeza?... Por eso creo en la contrición a Dios y a mis semejantes, y, cuando no me es bastante para ser mejor o para pedir perdón por mis muchos pecados, recurro a esa atrición que hoy ha sido olvidada.

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