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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

No termina hasta que ha terminado

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 13 de septiembre de 2010, 09:27 h (CET)
WASHINGTON -- El Presidente Obama decidió esta semana subir las apuestas de las elecciones de este otoño planteando la opción entre algo o nada sino indignación.

En el proceso, se enfrenta a una narrativa mediática bien asentada que considera el triunfo Republicano algo totalmente inevitable. Paradójicamente, esperanzas tan extravagantes podrían ser el problema más grave del Partido Republicano -- subir el listón de lo que constituye un triunfo y desalentar los necesarios ajustes estratégicos debería empezar a alterar el terreno político de nuestro nuevamente combativo presidente.

Hasta el discurso de Obama el Día del Trabajo en Milwaukee y su declaración de intenciones en la zona de Cleveland el miércoles, no estaban claras las ganas que pondría en la lucha, o si llegaría a ofrecer un argumento integral en favor de la ventaja del enfoque de su partido en comparación con los otros.

En ausencia de una argumentación coherente, los Republicanos ganaban por incomparecencia a cuenta de la oleada de votos de castigo. Sin este nuevo intento de autodefinición, Obama era una mancha: socialista para los conservadores, un vendido para los progresistas, y una decepción para los jóvenes estadounidenses que se preguntaban qué había pasado con el tipo efervescente y esperanzador al que votaron.

Ese es el motivo de que importaran los golpes directos en Milwaukee-Cleveland. El primer discurso demostró que Obama sabía luchar y disfrutar en el ínterin. El segundo esbozó el motivo de que haya elegido luchar.

El titular fue la decisión de Obama de poner el límite en las bajadas tributarias de George W. Bush. Prorrogará los recortes más estimulantes económicamente a las familias que ganan menos de 250.000 dólares al año pero se niega a prorrogar el resto de las rebajas que, como observaba Obama, "nos obligarían a endeudarnos en 700.000 millones de dólares más durante los 10 próximos años para conceder una rebaja fiscal de alrededor de 100.000 dólares a gente que ya es millonaria". ¿Qué es lo que defienden los Demócratas si no van a adoptar esta causa?

Pero aún más, el discurso del miércoles en Parma, Ohio, vio a Obama hablar abiertamente de los pilares filosóficos de su presidencia como medio de explicar el destino al que conduce al país.

"Nunca creí que el gobierno tuviera todas las respuestas a nuestros problemas...", decía Obama. "Pero en palabras del primer presidente Republicano, Abraham Lincoln, también creo que el gobierno debería hacer por la gente lo que la gente no puede hacer mejor por sí misma". Y a continuación ponía ejemplos de lo que quería decir, destacando programas en los que los estadounidenses creen, como antídoto a la retórica anti-gobierno abstracta y vacía.

De pronto estas elecciones tienen sentido. Obama se incorpora tarde al partido, pero por lo menos está jugando por fin.

El Nuevo Obama (o más bien el Viejo Obama resucitado) combatirá un discurso mediático cuyo rasgo de independencia era descubierto en el trato de las conclusiones de la encuesta Gallup los dos últimos meses.

Los medios ignoraron en su mayoría una encuesta de mediados de julio que daba a los Demócratas una ventaja de seis puntos, dedicando ahora enormes espacios en prensa y televisión a la encuesta de Gallup de la semana pasada que dramatiza la opinión generalizada situando a los Republicanos por delante con un sorprendente margen de 10 puntos -- sólo para que Gallup aparezca esta semana con una encuesta situando a Republicanos y Demócratas en empate. Todo esto plantea la pregunta de si las únicas encuestas son las que refuerzan las ideas preconcebidas o no.

Hasta los Demócratas reconocen que una arrolladora victoria Republicana puede estar en ciernes. Pero hay otra posibilidad: que nos encontramos ahora en el apogeo Republicano, y que los Demócratas estén en posición de recuperar el apoyo suficiente para conservar ambas cámaras del Congreso.

Los votantes Republicanos simplemente no pueden ser más entusiastas sin vulnerar la ley depositando varios votos. Los Demócratas, por otra parte, tienen un enorme margen de simpatizantes aún por motivar. Para los Republicanos, el coste del extremismo del movimiento de protesta fiscal empieza a equilibrar los beneficios de la energía del movimiento.

El experto Republicano David Winston considera que la situación económica ha dado a su partido "una importante oportunidad", pero advierte en contra de considerar los comicios como algo cerrado. Como cuestión técnica, defiende que las encuestas de intención de voto recogidas por cuestadores demasiado pronto excluyen a una desproporcionada cifra de votantes de electorados Demócratas clave.

Y el debate económico que Obama trató de volver a enmarcar esta semana, decía Winston, "va a tener un impacto. Que Obama se equivoque no es suficiente. Si los Republicanos quieren la mayoría, tendrán que despejar la incógnita de a dónde quieren llegar".

Sí, los Republicanos harán bien en empezar a definirse. Si no lo hacen, Obama, que les tildó de "partido del crecimiento estancado, la competitividad erosionada y una clase media cada vez más reducida" estará encantado de hacerlo por ellos. Y eso es lo que ha cambiado en Milwaukee y Cleveland.

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