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Etiquetas:   Artículo opinión  

The journey: una impunidad intolerable

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 10 de septiembre de 2010, 22:00 h (CET)
La ley del embudo es la que rige el concierto internacional. No tiene la misma responsabilidad penal un chorizo de menudeo que el Negro, ése peligrosísimo traficante al por mayor al que sus señorías dieron vacaciones de fin semana y se las tomó indefinidas, cayéndole al primero una condena que el segundo disfruta en los paraísos caribeños del diablo. Pero lo que es todavía mucho más grave, es que tenga más pena penitenciaria quien asesina a una persona que quien asesina a millones. Ya lo dijo Alejandro Magno: “Si matas a un hombre, eres un asesino; si matas a un millón, un héroe.” Tal cual, oiga usted.

Obama se ha autocoronado héroe de una guerra que ha dado por vencida. No la empezó él, sino su predecesor en el cargo, pero es exactamente lo mismo que si lo hubiera hecho en persona, pues que al asumir la presidencia lo hace con los activos y los pasivos, y de la misma forma que hereda el estado de Maryland, lo hace también con las responsabilidades derivadas del genocidio perpetrado en Iraq y en Afganistán por su predecesor, y, por de más, todos los que cometieron sus antecesores, desde el exterminio indio a la utilización de armas de destrucción masiva en Hiroshima, Nagashaki, Vietnam y muchos países de África, y eso por no meternos en harinas tales como el SIDA, gripes de polluelas u orientales, y cosas por el estilo.

La impunidad de quienes perpetraron el genocidio iraquí (y otros), es absolutamente intolerable. Difícilmente es comprensible para nadie que, en base a mentiras perfectamente orquestadas, la ONU y el Trío de las Azores, llevando a remolque a una docena de países más, hayan podido dar muerte a millones de personas a lo largo de casi veinte años –y lo que aún resta, en virtud de uranio empobrecido dispersado en todo el territorio y de la guerra civil implantada para su beneficio-, hacer sufrir a decenas de millones de personas más, a quienes les han quitado no sólo las infraestructuras, trabajo y futuro personal y de su país, ¡y aún declaran unilateralmente la victoria! Pero si esta locura es ya digna de se les apliquen los mismos medios por los que resolvieron el problema de Sadam, es aún más incomprensible que todos ellos salgan impunes de esa barbarie genocida. Y, no contentos con ello, va el Blair ése que se instituyó en protector de genocidas como Pinochet, y dice que no se arrepiente. Los diez millones de vidas que este hombre ha quitado, para él no son nada. Para Aznar, que todavía está por esos mundos de Dios con su erre que erre de que hicieron lo justo, tampoco son nada diez millones de vidas.

Mientras alguien no ponga remedio a esto y a estos personajes y a la ONU, OTAN y demás los castigue conforme al horrible crimen que han perpetrado, la humanidad no podrá dormir tranquila. No es que en las calles haya asesinos peligrosos, sino que hay genocidas sueltos que están impunes, y que muy bien pudieran mañana, alentados por la propia impotencia de la sociedad para detener a estos seres que nos degradan, intentar repetir la proeza. Han asesinado a muchos más de un millón de personas, y, en consecuencia con el dicho alejandrino, son héroes.

Blair, defensor de genocidas y coautor de la masacre y destrucción de Iraq, anda por esos mundos de Dios jactándose de su abyecto proceder. No somos uno ni dos los que consideramos que lo que Blair, Bush y Aznar perpetraron es un delito que no caduca, y en absoluto vamos a cejar en la presión para que sean debidamente juzgados y condenados. La insultante desfachatez de estos individuos de ir por el mundo blasonando su barbaridad, debe terminar ya, y, si en Alemania es prohibida cualquier referencia que lave la imagen del nazismo, de la misma manera y por el mismo procedimiento ha de terminarse con esta impunidad con que estos individuos se desenvuelven. Desde quienes manipularon las falsas pruebas a quienes dieron consentimiento o promulgaron condenas particulares o internacionales, deben todos ser juzgados y castigados conforme a su crimen, o la Justicia Internacional merecerá todo el descrédito y un gorigori.

Niego rotundamente toda credibilidad a la ONU, la OTAN, el TPI y la santa madre del Misterio mientras esta impunidad se mantenga. De la misma forma que fueron juzgados los criminales de guerra de la ex Yugoslavia, deben ser perseguidos y enjuiciados estos personajes. No debe haber medias tintas. Mientras esto no suceda, no sólo se jactarán de su abyección estos infames protagonistas de uno de los episodios más tétricos de nuestra modernidad, sino que seguirán escribiendo libros para enriquecerse, y hasta quién sabe si urdiendo nuevas invasiones a otros países para perpetrar daños semejantes. Irán, sin ir más lejos.

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