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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El general Piñar o el peso de un apellido

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 10 de septiembre de 2010, 21:59 h (CET)
Es posible que muchos españoles estén convencidos de que, en España, gozamos de un régimen democrático, no obstante, siendo desilusionarlos, pero están en un craso error. Sí, es posible, que la fachada del edificio de este régimen, que se nos ha vendido como tal, tenga un enlucido que lo haga asemejarse a lo que pudiera ser un sistema democrático ad hoc; sin embargo, detrás de unos muros débiles, de una estructura inconsistente y de unas cimentaciones de algodón, es posible que no podamos hallar más que los viejos tics absolutistas, las mismas formas autoritarias y los mismos errores conceptuales propios de aquellos que siguen sosteniendo la lucha de clases, la igualdad (despojada de los alicientes del esfuerzo, el trabajo bien hecho, el talento y el estudio), y en especial, la censura sobre la libre exposición de ideas que no coincidan con las “políticamente correctas” que, como es obvio, se reducen a las suyas propias.

Esta postura de intransigencia, de fobias, de anatematización y condena respecto a todas aquellas otras ideas, planteamientos y vías políticas que difirieran del pensamiento único y el dirigismo estatal de la economía, propio de aquellos sistemas totalitarios, cuya vigencia y efectividad hace ya años que han quedado relegados al olvido, después de los fracaso sociales y económicos registrados en aquellos países de detrás del Telón de Acero que estuvieron sometidos al sistema bolchevique; es la que ha venido manteniendo, tradicionalmente, la izquierda española y no, precisamente, sólo desde el advenimiento de los modos democráticos, en 1.976, que se implantaron por medio de la transición, sino desde mucho antes, cuando los excesos cometidos por los socialistas de Largo Caballero en la II República y los atentados contra el gobierno de derechas, por medio de la revolución de Asturias y Barcelona en el 1.934, en contra del orden establecido, en un intento fracasado de derrocar a la derecha del poder.

Es curioso como, el tiempo, pone a las personas en el sitio que les pertenece, destruye falsas expectativas y carga inmisericorde, con la evidencia de la realidad, contra aquellos agoreros, falsos profetas y oráculos que pretendieron vender sueños utópicos para, como hacen los miles de “adivinos” de pacotilla que invaden nuestra TV, especular sobre el porvenir en base a lo que ellos piensan que más les va a favorecer a sus propósitos; independientemente de que, luego, tengan que rebuscársela para explicar el fracaso de sus predicciones. Así sucedió con un político que no se dejó engañar por los pasteleos que tuvieron lugar en el periodo llamado de “la transición”, durante el cual, junto a innegables aciertos, se cometieron en España errores garrafales, como fueron sin duda la legalización del PCE, el indulto del señor Carrillo y la creación del régimen autonómico, lo que fue el primer paso de la descomposición de nuestra nación en parcelas insolidarias las unas con las otras, que se han convertidos en verdaderos tumores malignos para la solidaridad entre todos los españoles y pugnan para destruir la unidad del Estado en la busca de hacerse con espacios de poder que les permitan establecer sus regímenes totalitarios.

Uno de estos personajes ha sido don Blas Piñar López, notario, católico, persona de vasta cultura y un gran patriota al que, no obstante, tanto la derecha como la izquierda
(ésta con más virulencia) se empeñaron en desacreditar por atreverse a decir verdades como templos en tiempos en los que, hacerlo, estaba mal visto, no era “políticamente correcto”. Por desgracia, como ya hemos señalado anteriormente, el tiempo no entiende de ñoñerías, camuflajes o de semejantes bellaquerías y hoy, en pleno siglo XXI, los españoles, agobiados por cinco millones de parados, dirigidos por una serie de políticos incompetentes y, lo que es peor, sujetos al proverbial sectarismo de las izquierdas más extremistas, que se resisten a ceder cuotas de poder y se empeñan en mantener las mismas políticas que han servido para traernos a la deprimente situación en la que nos encontramos. Lo que eran “exageraciones”, “resabios del franquismo”, “locuras de un extremista” o “ intentos de crear descontento”, cuando no “ maquinaciones para destruir el orden establecido”; ¡vean qué milagro!, por arte de la clarividencia del señor Piñar y dándole la razón en todo aquello que pronosticaba, esta España de hoy está hecha unos zorros, abandonada a su suerte por las demás potencias que, si han hecho algo para ayudarnos, ha sido solamente para intentar salvar al euro del desastre.

Pero, en este país “tan democrático”, donde se permiten referendos para decidir la independencia de Catalunya; se infringen las resoluciones de los tribunales de justicia por los mismo gobernantes autonómicos, sin que la fiscalía se atreva a intervenir; se desmantela al ejército a capricho de los gobernantes; se dictan leyes para facilitar el aborto; se pagan rescates millonarios y se somete a la voluntad de los secuestradores; se negocia, subrepticiamente, con los terroristas de ETA; se nos flagela con impuestos mientras se reparte el dinero, a manos llenas, a los actores, productores de cine etc.; se pide igualdad para las mujeres a la vez que se consiente que, en España, inmigrantes continúen teniendo a sus mujeres subordinadas, humilladas y sometidas a vejaciones, jamás permitidas en una nación civilizada.; en este país en el que la Constitución, según su artículo 14, declara que todos somos iguales ante la ley y que no debe haber discriminaciones por razón de “religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”; deberemos reconocer que existe una gran diferencia cuando se trata de proteger los derechos de unos ciudadanos, los de derechas, u de otros, los de izquierdas. La igualdad, en estos casos, se difumina, se distorsiona y acaba por quedar reducida a una mera caricatura, risible, sesgada y, por supuesto, transgresora de lo que es la justicia en un Estado de Derecho. Este es el caso lamentable, injusto, sectario y, evidentemente reprochable, de la conducta del ministerio de Defensa, cuando lo dirigía el señor Bono, con respecto a los derechos del general Blas Piñar Gutiérrez, hijo de su homónimo, el notario y político, don Blas Piñar.

El general Blas Piñar fue excluido de la propuesta que, el jefe del Estado Mayor del Ejército, elevó, en su día, al ministro de Defensa para que se le concediera la Gran Cruz del Mérito Militar. Esta propuesta incluía a 13 generales de brigada y se les fue concedida a todos, salvo, ¡Oh rara circunstancia y olvido!, a don Blas Piñar. No hubo explicaciones, no hubo justificaciones; no hubo más que el característico mutismo oficial, encubridor, sin duda, de una resolución evidentemente partidista, una injusticia manifiesta basada, es fácil deducirlo, por una animadversión especial del señor ministro Bono, es posible que por haber recibido instrucciones de su partido, de perjudicar y humillar a don Blas Piñar padre, cometiendo una vileza con su hijo. El general Piñar recurrió contra tamaña afrenta y, como no podía ocurrir de otra forma, el Tribunal Supremo ha fallado a su favor, de modo que insta al ministerio de Defensa a que de las explicaciones y justificaciones pertinentes que amparen tal exclusión o que se le otorgue la condecoración, lo mismo que les fue concedida al resto de sus compañeros de armas; teniendo en cuenta que, el general Blas Piñar, fue el 5ª de su promoción. Es evidente que esta explicación de los motivos por los que se le privó de su condecoración a don Blas, debería hacerse pública y dada a conocer a todos los ciudadanos de la nación, para que podamos opinar sobre un caso tan sangrante de maniqueísmo y prevaricación cometidos por un ministro del Ejecutivo. La Justicia así lo pide y reclama.

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