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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Heterogeneidad cultural

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 10 de septiembre de 2010, 21:58 h (CET)
Al hilo de las magníficas reflexiones publicadas en Le Monde, me adhiero hoy a una de las más recientes aproximaciones al HECHO CULTURAL. Allí se concretan tres caras de la cultura francesa, como abandono, demarcación y desaparición. Comentaré mi valoración de esos aspectos, junto con otros que estimo pertinentes al ser observados desde mis perspectivas propias, ámbito social y personal; y aunque sólo fuera por eso, alguna diferencia en el punto de vista, que nunca vendrá mal para tener en cuenta. También en eso, y por fortuna, somos radicalmente heterogéneos. ¿Hasta qué punto?

Vivimos momentos definidos por los niveles de audiencia o de asistencias a un espectáculo público. Los números perfilan los mejores o ínfimos calificativos. Tantos espectadores, tanto vales. A dichas valoraciones se refiere la primera versión francesa con eso de la cultura de OCUPACIÓN de MASAS. Comentan algunas de sus peculiaridades, muy manifiestas también en los ambientes españoles. Hay hambre de productos con el llamado contenido cultural, y todo es cultura si se amaña bien. Películas, DVD, visitas a museos; así como la publicidad, las campañas de propaganda y las subvenciones, son otros propulsores de esos movimientos de la gente. Lo comentan como un “desierto ruidoso” en donde se debate muy poco y donde no se avizora una jerarquía de los contenidos. Es una manifestación de cultura totalitaria, por que engloba todo y si alguien discute sus entresijos o manejos pecuniarios, o no se atiende a sus razones, será tachado de ignorante y… descalificado. ¡Qué va a ser eso de sacarle los colores a los organizadores de eventos! Si fuera necesario se recurre a otros números justificativos. ¿Se han recuperado las inversiones? ¿Se han vendido suficientes refrescos? ¿Fue buena la ocupación hotelera? Se ocuparon las masas, más no se preocuparon, quedando lo cultural arrumbado a un plano muy secundario.

El movimiento del péndulo se genera por la confluencia de ciertas fuerzas físicas; sin embargo, el efecto pendular lo vemos en multitud de ocasiones, como sucede con las movidas culturales, sobre todo si se deben a impulsos ajenos a la cultura en sí. Tantas oleadas de programaciones globales, no podría ser de otra manera, favorecieron los brotes discordantes; que se desplazaron justamente hasta el extremo contrario, con los rasgos más individualistas y aislados. ¿Originales? Conforman el grupo cultural centrado en la DEMARCACIÓN particular. Su objetivo es la figura discordante, inadaptados, fuera de cualquier formulación colectiva. Tan adheridos se sienten a esa manera de manifestarse, con tanto énfasis en la señalización de su pequeño terrenito intelectual; que no les da para mayores logros, sus actividades se consuman en el establecimiento de barreras que no les permitan la contaminación por otros puntos de vista. Acaban siendo totalitarios, porque su parcelita es única, separada, sin diálogo y sin grandes elaboraciones de una verdadera cultura social. El personal no les merece ninguna aproximación. ¿Vanguardistas sin apenas contenido? ¿Simplemente, ensimismados? ¿Autonomistas? ¿Ególatras?

La tercera figura esquematizada en Le Monde viene preguntándose por aquella masa pululante que acudía a tantas parafernalias organizadas y subvencionadas, es decir manejadas por intereses no culturales. Sobaban la palabra cultura, pero sin percatarse de criterios, argumentos, razonamientos, ni del enfoque más adecuado para sus proyectos. En realidad se veían perdidos ante la rápida evolución, olvidados de sus fundamentos y sin decisiones esforzadas para pensar otras cosas. Esta masa de gente acude a las apariencias culturales como REFUGIO. Se atrincheran en esas aglomeraciones o exposiciones programadas, para escapar de sus vacuidades, carencias e inseguridades. Enseguida apreciaremos con facilidad la distorsión que practican, la etiqueta de “cultural”, aplicada a la mediocridad facilona. Destapado el pastel, no pasa de una decoración endeble. ¿Convencía de verdad a alguien? El movimiento simplón no garantiza muchos avances ni satisfacciones.

Por mi parte identifico otras tres imágenes culturales con orientación positiva. Llamemos a la primera cultura CREATIVA propiamente dicha. Lo será la que se involucre en el aprovechamiento óptimo de las cualidades particulares de cada sujeto. Parte sin duda de la estimación de sus raíces, no puede renunciar a los orígenes; aunque quienes se quedan en eso, sufren una amputación grave de sus dotes o características, casi todos los “ismos” se anclan en unos comienzos así, apenas evolucionan después. El toque personal introduce al sujeto con su protagonismo; si se dificulta ese toque, si no existe o no se le permite la acción, esa cultura no será la suya, no pertenecerá ese sujeto a ella. Se completa la creatividad cuando se introduce el concepto y la consideración hacia los demás, unas cosas habrá que tolerar y otras no. Son las vías apropiadas para una vivencia cultural, sin renuncias,, censuras o apagones intelectuales de carácter necio. La creatividad radica en estos matices, comprende todos los factores de enriquecimiento; si no se valoran, por mucho que se inventen entelequias, no servirán para la convivencia y la felicidad.

Las esencias humanas existen, se renueva su expresión en cada experiencia vital, pasan desapercibidas en muchas ocasiones o apenas les detectamos aspectos parciales; es el motivo de otro requerimiento, la presencia de una cultura ARTÍSTICA, descubridora, que nos abra los ojos hacia lo importante. Qué necesitamos de verdad, lo urgente, lo anodino o superficial, la belleza o todo lo lúdico en consonancia con la naturaleza humana, así como la fealdad, imprescindible para coger la medida de la existencia; esa sería su labor. Por ello son imprescindibles los “artistas”, reveladores y centrados en ese menester, no en componendas con lo más sectario de los gobiernos para extraerles las perras y vender su espíritu pretendidamente artístico a los poderes ocasionales. ¿Dónde encontraremos a los críticos y medios de difusión que nos orienten por esos vericuetos? Si no pasan de comentaristas acomodaticios, mal vamos y no podremos contar con ellos para cosa buena.

Cuando se examina el desarrollo practico de una cultura, salta a la vista una paradoja curiosa, la evidencia de su significado, que se tiene muy poco en cuenta. Es evidente que en la cultura no es suficiente con la disposición de un almacén de productos o una lista de actuaciones, tampoco la acumulación de logros estancados. Con estos mimbres, ¿Podremos considerarlos como manifestaciones culturales auténticas? Se exigiría una activa emisión de aportaciones y percepciones asimiladas; es decir, un intercambio vivo en una cultura PARTICIPATIVA. Con frecuencia se observan prácticas de seguidismo y no de activa participación. El rasgo participativo, no siendo el único; es insustituible, sin el no hay cultura que valga.

Entre inquietudes y desidias se forjan las andanzas de una sociedad, con una cultura heterogéna, con unas dinámicas fascinantes y otras esperpénticas. Constituyen opciones vivas y reales. De cuyas elecciones se derivarán las condiciones de vida para una sociedad. ¿Sin criterios? ¿Degenerada? ¿Apasionante? ¿Comprensiva? ¿Indiferente?

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