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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Zona cero

Nieves Fernández
Nieves Fernández
viernes, 10 de septiembre de 2010, 21:58 h (CET)
Fatídica fecha a celebrar hoy desde hace 9 años ya, el horrible 11-S. Tras casi una década transcurrida, visitas la zona cero de Manhattan y es eso una zona cero, tal como se denominaron también las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, como toda zona cero ligada al desastre nuclear. Luego entiendes que tras un desastre, tras cualquier desastre, sea originado por la mano o no del hombre, aparece siempre una “zona cero” para recordar que el cero es lo que se obtiene desde la violencia, el cero es lo que se obtiene de productividad o en conseguir la razón a fuerza de la fuerza.

Eres turista y tras ver la majestuosidad de los múltiples rascacielos de Nueva York, impensables de construir en cualquier otra ciudad del mundo como ahí se ha hecho, llegas a la zona cero y son las grúas las que te reciben, el tiempo y el trabajo que todo lo pueden, intentan ahuyentar todo rasgo de tristeza, pero la tristeza está ahí, ahí se alojará para siempre aunque la maquinaria y los obreros de la construcción, todavía trabajando en los rehechos y primeros cimientos trabajan como hormiguitas contra la sinrazón. EEUU tiene una fecha para recordar, una fecha que ya nadie olvidará de su memoria porque las imágenes de la televisión hicieron todo lo que pudieron para fijarlas desde la desesperación y la tristeza.

Ningún pueblo, ni siquiera por su prepotencia, se merece tener nunca una zona cero que les recuerde que han sido atacados a traición por el que en esos momentos se considera más fuerte. Por culpa de estas zonas cero el mundo se ha vuelto más inseguro y para viajar se monta toda una odisea, toda una lucha burocrática y de vigilancia que demuestra que no quieres tener nada malo que ver con ese país, que solo deseas visitarlo de forma presencial, a mí que me registren, en un viaje de ida y vuelta. Que no eres nada de los que te dicen y temen que puedes ser, que aunque veas que alguien se quita los pantalones en un control de vuelo, pues prima el derecho de tu y su seguridad contra el de tu propia intimidad.
La zona cero está triste, un pequeño oráculo con velas y fotos de bomberos iluminan el recuerdo de los que un día fueron defensores del personal que habitaba las dos torres gemelas. Torres que se disputaban la mayor altura junto al Empire State que fue testigo como nadie de su desgracia. El rico Manhattan se hizo pobre de repente para albergar la zona cero, tan pobre que el aire parece que se empobrece también en esas calles que ahora rememoran en cada esquina la suerte de los numerosos norteamericanos fallecidos.
Quieres salir de allí. El aire es denso. Ni siquiera las fotos de las vallas donde se te promete una imagen mejor de la zona, la que quedará tras años y años de largas y duras obras, un paseo emocional nos dicen. Lo verdaderamente emocional y duro es intentar pasar a la especie de Museo que la Asociación de Víctimas ha creado para perpetuar la memoria de las vidas perdidas. Imposible pasar hasta allí, el corazón te aprieta. Al salir fuera, los logotipos bordados de otros bomberos te hacen llorar y te solidarizas con ellos como ellos también lo hacen con el valiente cuerpo de bomberos de Nueva York. En los escudos bordados están los nombres de los bomberos de Sevilla, de Murcia, de San Sebastián de los Reyes, de Albacete… y de todas las partes del mundo.
Quieres salir de allí, fue demasiado, y recuerdas que al entrar en el metro te pusiste en la cola tras un grupo de mujeres con pancartas muy a la americana, de cartulina con grandes letras, donde se está en contra de la construcción de una mezquita. Quizá son esposas de aquellos desgraciados o madres o hermanas. Lo exigen por respeto a los familiares. Mientras tanto hay una estatua verde no lejos de allí, imagen corroída con la mano levantada hacia el cielo que habla de libertad de los hombres, la que al parecer nunca se disfrutará de una manera plena, pues por riqueza e ideas siempre seguiremos peleando como bestias.

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