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Vidas paralelas, salvando las distancias
Mario López
No voy a dimitir porque soy absolutamente intachable. Quiero que me echen porque esto es insoportable. Todo esto es una conspiración contra mi persona. No voy a disculparme porque no he bebido. Yo no maté a nadie. Vaya, se me ha cruzado una frase de Santiago Mainar cuando estaba recordando las últimas declaraciones del profesor Neira.
¿Qué tienen en común estos dos hombres? Un ego exorbitado, el síndrome del justiciero, y la capacidad de negar la evidencia sin que les tiemble la voz. No soy ni psiquiatra ni psicólogo, así que no sé ponerle nombre al desarreglo mental que, al menos en algunos de sus síntomas, comparten dos de los personajes más mediáticos y peculiares que ha dado últimamente el país de la Roja. Pero seguro que lo tiene que tener. El profesor universitario casi halla la muerte por defender a una mujer que, según la propia interesada, nunca se sintió necesitada de ayuda. El guardia forestal mata al alcalde de su pueblo asumiendo la defensa de sus vecinos en un acto, según propia confesión, de altruismo. A gran escala, Francisco Franco se alzó contra la República para defender a los españoles del comunismo, el nacionalismo y el ateísmo. También era un hombre con un ego exorbitado, con síndrome de justiciero y la capacidad de negar la evidencia sin que le temblara la voz. No recuerdo que ningún experto le pusiera nombre al desarreglo mental que padecía el caudillo de España por la gracia de Dios. Vidas paralelas, salvando las distancias.
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