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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El futuro, ahora

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 10 de septiembre de 2010, 09:44 h (CET)
Que Zapatero y su gobierno sólo y únicamente quieren permanecer en el poder a cualquier precio es algo que nadie en su sano juicio duda, de la misma manera que nadie con un cociente intelectual a partir de la oligofrenia profunda no puede cuestionar que el tal y sus adláteres no tienen la menor idea de para qué, ni por qué, pero que están dispuestos, por conseguir su fin de ser siendo los mandamases, a fundirse dos mil años de Historia y otros tantos de protohistoria y dejar el país como si Atila hubiera hecho una excursión de ida y vuelta a trote de caballo. Pero es que con la oposición pasa algo parecido, y, por más que los continuos actos irracionales del Presidente y sus mónagos empujen en tropel a la ciudadanía a los brazos de la única alternativa posible, lo cierto que ésta no hace mucho más que esperar a que caiga el poder como una fruta madura, carece de todo liderazgo y de cualquier clase de argumentos que no sean los cacareos de quien no tiene que lidiar con el toro de los problemas reales, dedicándose en cuerpo y alma sólo y nada más que a erosionar al poder para precipitar su caída en su cesto, aunque quien pague las consecuencias sea el futuro de este colectivo que es España y los paganinis que la habitan, que seremos los que en verdad nos rascaremos el bolsillo y nos deslomaremos para sostener a esta panda de iluminados. O tal vez no. La respiración del corpus social de nuestra civilización, es un doloroso anhélito, un ahoguío agónico.

A poco que se ojee la realidad, no importa en qué segmento, uno comprueba enseguida que todo está lleno de bichos, que las tribunas sociales, políticas o culturales no están ocupadas por personajes memorables o con excepcionales capacidades. El talento, en las alturas de la sociedad, brilla por su ausencia, ha sido expulsado, exiliado. Ellos, los bichos, no tienen la culpa de ser lo que son, pero ahí están puestos e impuestos por un sistema que ya no sabe adónde se dirige. Lo oficial y lo antioficial parecen carecer de cualquier clase de virtud, y los unos y los otros sólo nos conducen al despeñadero, ya sea cultural, social o político. Cosa por otra parte natural, porque vivimos tiempos de negocios globales en los que en la umbría de un jardín de Filadelfia, en un apartamento de Boston o aun en un hotel de Sitges, unos pocos inmorales poderosos que juegan al palé mundial deciden si habrá paz o guerra y en qué países, si millones de personas vivirán o morirán, si pasaremos hambre o no, o tan siquiera si podremos aspirar a un mañana o éste nos estará también negado. Naturalmente, si en el poder o sus aledaños hubiera tipos capaces, políticos con talento o autores de contenido con notable capacidad de difusión, nada de eso sería posible, sencillamente porque no podrían estar manejados como guiñoles y pondrían a la luz pública de las conciencias las maniobras del poder negro. El sistema, sin embargo, está agotado, y ya no cabe en el escenario otro tipo de actores que los manejables frikis que viven mirándose el ombligo, pero cuyos hilos están movidos por intereses que ni siquiera, en sus cortas luces, pueden inferir. Hacen lo que se les dice, y punto.

A muchos no les suele gustar escuchar esto; y a los demás, casi a la otra mitad de la población, les parece que un escatológico apocalipsis es la única solución posible a casi todos nuestros problemas, porque no ya hay otra salida posible al laberinto en el que nos encontramos: nada absolutamente de cuanto nos rodea es verdad, a nadie se le puede creer, en nadie se puede confiar y a ningún paraíso nos dirigimos, desde luego. El sistema está kaput, finiquitado, terminado, y, lo que es peor, no hay ningún otro al que recurrir. Da igual que con voz queda y mucho márquetin de masas los dirigentes nos hablen de lo que pasará en unos meses o en un par de años, porque ni esos meses ni esos años caben ya en el horizonte. El calendario ha devorado tanto tiempo con sus oportunidades, que ha perdido ya todas sus hojas. La corrupción moral es tan extrema y la perversión política tan retorcida, que sólo puede ser posible lo peor.

Nadie capaz de extraer conclusiones de la realidad, ni en lo oficial ni en lo alternativo, cree en ningún mañana, sino que sólo el presente, el aquí y ahora, es lo que cuenta. El futuro presenta un vacío tan desolador como ése que dibujan los webbot, y la conciencia colectiva, de alguna manera, lo está intuyendo: vivimos tiempos de acabamiento. Será porque los océanos se extinguen, la población se multiplica (pese a los Herodes que perpetran esta matanza de inocentes nasciturus), el medio se descompone, las catástrofes asolan la Tierra y la mentira las almas; pero todos, creo que con pocas excepciones, cuando escuchan hablar de lo que sucederá en unos meses o de las expectativas para dentro de dos años, arrugan los labios, ponen ceño y tienen por cierto que no lo verán sus ojos.

El futuro requiere una salud moral que ya no cabe en el sistema, una fortaleza vital que ya está dilapidada en latrocinios e injusticias y una capacidad de creer en utopías que el presente ha dilapidado en lo efímero. El dólar y el sistema financiero que nos soporta se hunde sin remedio, los criminales invaden y destruyen países pero salen impunes, las organizaciones internacionales sólo son un falaz instrumento del poder negro y nos desarrollamos sólo en la mentira política, social y cultural. Dios, como dice Steven Hawkins ahora, no nos hace falta para comprendernos, y nada más natural que eso: nada tiene que ver con toda esta inmundicia en que nos recreamos. Tal vez, como dijera Nietzsche, Dios ha muerto; o como decía el Loco Eusiquio, un personaje de una de mis novelas, se ha quedado sin Dios este rincón del paraíso. En cualquier caso, Él no cabe ya; y nosotros, sólo por un poco más de tiempo. Muy poco. No hay ya unos años, ni siquiera unos meses: la línea del horizonte final la podemos tocar ya con la yema de los dedos.

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