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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Tertulias

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 9 de septiembre de 2010, 09:15 h (CET)
Los cuasi infinitos canales de televisión están inundados de tertulias políticas que, curiosamente, nada tienen de tertulias, sino que más tienen que ver con complós de conspiradores o con lavadores de cerebros mediante técnicas goëbbelsiano. Los canales simpatizantes o mamadores del Gobierno, defienden tan a capa y espada los postulados del partido en el poder que no da impresión sino de ser voceros o publicitadores de éste; y los canales simpatizantes con la oposición, sólo y exclusivamente se dedican en cuerpo y alma al derribo de cualquier cosa que lleve a cabo el Gobierno y su partido, demonizándolo. Lo curioso del caso, es que si se le preguntara por quién ostenta la presidencia a un supuesto ciudadano que no supiera quién gobierna, le sería imposible, por los actos dimanados del poder, saber qué partido en concreto es el que está implantando tal o cual política, pues que hemos tenido en lo más alto de la política al uno y al otro, y los resultados han sido exactamente los mismos: un desastre.

Da un poco de vergüenza ajena, sin embargo, ver cómo estos opinadores, hombres y mujeres de excelente formación, caen tan bajo, dando la impresión de sólo tienen las opiniones pertenecientes a quien les paga. Una cohorte de cacareadores de las voces de sus amos que corren de uno a otro plató, pues que siempre son los mismos quienes conforman tan reducido elenco, pero llevando siempre bien aprendidos los eslóganes que el partido de sus entretelas les demandan. Tapándoseles la cara y deformando su voz, cualquiera medianamente informado confundiría al punto al interfecto con el vocero del partido o el ministro de turno, cuando no con el mismo Presidente o con el líder del partido de la oposición.

No siempre es así, adempero, y, en ocasiones, algunas tertulias llevan a un miembro de la oposición al movimiento político que representan, si bien éste suele ser un don Tancredo despistado, contratado al efecto de crear una falaz y tramposa oposición al sentir claramente mayoritario de los opinantes, con el objeto de que sus tesis sean aparatosamente derrotadas y salga aún más victoriosa la postura oficial. Toda una truculencia que pretende captar adeptos y votos, a la vez que erosionar al otro bando, aproximando al poder a quienes sufragan o sufragarán con generosos estipendios para la cadena los esfuerzos realizados.

Cuestión de intereses, nada más, que es por los que se desvelan esos ideólogos del teatro político. Poner el cazo: éste es el quid. Y que caiga la pasta, claro. Son como esos periodistas que defienden como propios los idearios del medio en el que trabajan, cuando posiblemente sus posturas personales han sido vitalmente contrarias a ese pan que se llevan a la boca. Así, no es extraño –aunque patético- ver cómo personas pensantes y más que capaces atacan con inusitada violencia a quienes siquiera están en las proximidades del otro partido, ridiculizándolos, vejándolos o atentando contra su propia honorabilidad, seguramente porque aquéllos no están presentes y no pueden defenderse. La villanía y la bajeza moral son sus señas de identidad.

No; las tertulias televisivas –y radiofónicas- no son plataformas para intercambio de opiniones ni tratan en absoluto de extraer otras conclusiones que desgastar al otro partido del que se alimentan, sino concilios de conspiradores en los que unos opinadores se corrigen a otros por la máxima del insulto, de la mentira soez y hasta de la agresión barriobajera al honor de las personas, casi siempre ausentes. Seremos muy demócratas, pero en este país lo que más se estila es la puñalada trapera con el ausente, la cobardía de faltar a la verdad porque no hay nadie de la verdadera oposición en el plató, y con la seguridad de que ninguno de los televidentes –o radioyentes- levantará las patas por lo alto porque todos ellos son de la misma catadura.

Y precisamente aquí está lo curioso, que sólo refuerzan y enhiestan los postulados de los de su misma cuerda, porque a cualquiera que tenga opinión sensata o distinta les produce el espectáculo tal repugnancia que enseguida cambia de canal o apagan el televisor. Eso sí, todos los opinadores hablan en nombre de España como si sólo existiera la mientan (o mienten), cosa lógica porque ésta porque España es una nación de naciones… que se están deglutiendo entre dos, ninguno de los cuales es bueno. Lo único que se echa de menos en estas tertulias es a alguien que piense por sí mismo. Lo demás, es sólo publicidad política, y nada más que eso. Miserable, claro, y muy degradante; pero publicidad política, al fin y al cabo.

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