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El tándem

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 8 de septiembre de 2010, 10:07 h (CET)
Hace algunas fechas escribía sobre ciertos paralelismos (sólo ciertos) entre Franco y Zapatero. Y, cosa curiosa, a pesar de ser el segundo tan absolutamente detractor del primero, tiene muchos de sus tiques: la forma de despedir a sus colaboradores, por ejemplo.

Los que tienen edad o formación suficiente saben, sobradamente, que cuando Franco despedía a un ministro le mandaba un motorista, precisamente el día siguiente a que le concediera un premio, medalla o distinción memorable. Primero el dulce, y, luego, el despido. Zapatero, de otra forma, hace lo mismo. Parece que promociona a sus servidores, que les eleva a los altares de cumplir con una peligrosa misión digna de la mayor confianza, pero en realidad los está enviando al pozo de las fieras donde serán devorados políticamente y sin posibilidad de reencarnar en vidas sucesivas.

Tal que esto mismo es lo que sucede con doña Trini y con el señor Gorbacho, de quienes se desprende lo mismo por estar ya quemados como por haber perpetrado inigualables desafueros que han mermado considerablemente los haberes del Erario. La una, con ese disparate de los antigripales inútiles que ha supuesto tan inaceptable como oneroso gasto; y, al otro, por su acierto de saber multiplicar… parados, a la vez que ha dilapidado fortunas en caridades que no han supuesto la creación de un solo puesto de trabajo, por decir Diego donde dijo digo y por enfrentar al poder con los lamedores sindicatos. No es que ambos estén quemados como un bosque español en el verano, sino achicharrados, consumidos, gastados para siempre jamás. Sus vidas políticas, en fin, han concluido, a no ser que se las prorrogue artificiosamente como segundones de tercera división, en cuyos puestos sin lustre ni relevancia podrán seguir mamando de la teta patria al modo y manera de un puesto vitalicio. Tiene doña Trini tantas posibilidades de triunfar en Madrid como de que las ranas críen pelo, y señor Gorbacho de tener relevancia en Cataluña como de que sardana sea algún día el baile típico madrileño.

Es previsible, sin embargo, que no sean los únicos. Por petulancia, exceso de protagonismo o por ese irrefrenable egocentrismo de entrar en la Historia aunque sea en base a despropósitos, Zapatero se distingue por ser el Presidente que se ha rodeado de los mayores incompetentes, pero aduladores y bien agradecidos, de cuantos personajes han pasado por el cargo. Y no es que fuera fácil vencer al infausto Felipe González, quien nos dejó para el recuerdo tan patético como pernicioso legado, pero Zapatero ha sabido sobrepujarle, dejándole casi a su altura, que no es mucha. Le quedan, pues, muchos puestos que promocionar, todos ellos de parecido jaez en que los dos ministros mencionados serán descuartizados por las fieras adversarias. La señora Aído, verbigracia, o el señor Cháves, por ejemplo, o todavía la señora ésa de Cultura de la ceja para sostener amiguetes que hacen bodrios insoportables. Queda mucho por heñir, que se vayan preparando.

Con las distancias propias de quienes han vivido épocas y situaciones tan distintas, sin duda Zapatero tiene cada día más a quién parecerse. Un tándem, como aquél que dice.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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