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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

De la nostalgia de los "sindicatos"

E. J. Dionne
E. J. Dionne
miércoles, 8 de septiembre de 2010, 09:58 h (CET)
WASHINGTON - Siguiendo en televisión la marcha por los derechos civiles de agosto de 1963, no pude evitar reparar en que centenares de personas portaban pancartas con una extraña leyenda impresa: "UAW Says". El sindicato UAW decía "La Segregación Disuelve los Estados Unidos", y muchas otras cosas que hacían hincapié en la igualdad.

Esto de "UAW" era una palabra muy extraña para mis 11 años y pregunté a mi padre quién o qué era "yu-au", como yo la pronunciaba. Las letras, me explicó él, eran el acrónimo del sindicato United Auto Workers de empleados del sector del automóvil.

Fue unos años después cuando conocí las heroicas batallas del UAW, no sólo en representación de aquellos que trabajaban en las grandes plantas de automóviles sino también en defensa de la justicia racial y social en toda nuestra sociedad. Walter Reuther, el egalitario gallardo y resueltamente práctico que durante muchos años encabezó el sindicato, fue uno de los aliados más estrechos de Martin Luther King Jr.

Recordar esos tiempos resulta agridulce un Día del Trabajo en el que tantos estadounidenses están en paro, en que los salarios están congelados o bajando, y en el que el propio movimiento sindical atraviesa un acentuado deterioro.

Sólo el 12,3% de la mano de obra remunerada está afiliada a algún sindicato, según la Oficina de Estadística Laboral, por debajo del máximo en torno a la tercera parte de la población activa en 1955. Un movimiento vinculado históricamente a los musculosos peones del automóvil, el acero, el caucho, la construcción, el ferrocarril y los estibadores representa ahora a más empleados del sector público (7,9 millones) que del sector privado (7,4 millones).

Aún peor que la afiliación en caída libre es el grado al que ethos que impulsa la mano de obra sindicalizada resulta ajeno a la cultura estadounidense. El movimiento sindical siempre ha estado ligado a un grupo de valores -- siendo la solidaridad el más importante, la noción de que cada uno debe velar por los intereses de todos. Esto suscitaba otros compromisos: apoyo recíproco, la noción cruda pero eficaz de igualdad, desprecio al elitismo, fe en que la democracia y los derechos individuales no se colgaban a la entrada de la planta ni en la recepción de las oficinas.

Se me podría acusar de ser un nostálgico sindical, y en cierto sentido lo soy, al haber crecido en un municipio de gran presencia sindical, adorado las canciones de los grandes sindicatos, e interiorizado obras de luchas sindicales como la elegante y subestimada novela de John Steinbeck "In Dubious Battle".

Asimismo, para que conste, soy completamente consciente de los fallos del movimiento sindical. Reconozco que ciertos sindicatos se han corrompido y otros eran decididamente antidemocráticos, que algunos contratos colectivos demostraron ser excesivos, y que la "solidaridad" se podría transformar en intimidación.

Pero estos problemas reciben una atención más que generosa, al tiempo que los logros sindicales pasan desapercibidos casi por completo. Las aportaciones enormemente constructivas de Reuther (o de Sidney Hillman, o de Eugene V. Debs) apenas son mencionadas en las interpretaciones estándar de la historia norteamericana. Pocos estadounidenses de menos de 35 años tienen gran experiencia directa con los sindicatos. Siempre que la palabra "sindicato" aparece en los medios de comunicación en la actualidad, se invoca por lo general en crónicas de profesores que se resisten a la reforma educativa o al coste de las pensiones que lastran a las administraciones locales.

Se olvida por completo el hecho de que la extraordinaria prosperidad de nuestra nación desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la década de los 70 fue producto en una parte significativa del contrato colectivo que, en palabras que la derecha odia a Barack Obama por haber pronunciado en 2008, "repartió la riqueza". Una amplia clase media con poder adquisitivo para mantener activa la economía dio lugar a un virtuoso ciclo de bajo paro y salarios elevados.

Entre 1966 y 1970, como apuntaba Gerald Seib la pasada semana en el Wall Street Journal, Estados Unidos disfrutó de 48 sorprendentes meses consecutivos en los que la tasa de paro se situó en el 4% o menos. No, los sindicatos no hicieron todo esto solos. Pero fueron los importantes co-artífices de un contrato colectivo que hizo a nuestro país más justo, más rico y más productivo.

Existen muchas complejas razones de que estos contratos se resolvieran, pero no veo que las cosas vayan a mejorar sustancialmente a menos que encontremos formas de mejorar la posición negociadora de la clase asalariada -- precisamente lo que Reuther y sus camaradas dedicaron sus vidas a lograr.

Beth Shulman, escritora, abogada y sindicalista fallecida a consecuencia de un cáncer a principios de este año a los 60 años de edad, llamó a nuestra indiferencia hacia aquellos que desarrollan trabajos rudimentarios a cambio de salarios modestos "La Traición del Obrero", el título de su obra clásica de 2003 retrato social de nuestro tiempo. Al margen de lo que logren, los sindicatos nos recuerdan la dignidad de todos los que trabajan sin descanso, al margen de su posición social, el color de su piel o el nivel de su formación. Deberíamos echar más de menos la influencia sindical de lo que la echamos de menos.

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