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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

El tiempo pasa fugaz e inexorable

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 8 de septiembre de 2010, 09:57 h (CET)
El periodo de vacaciones agudiza nuestra percepción de la fugacidad del tiempo. ¡Los días pasan tan rápidos! Volvemos a nuestras actividades habituales, a los problemas de cada día, a las preocupaciones de siempre. Me parece recordar que cuando era joven, el tiempo pasaba más despacio. Un año era un periodo de tiempo muy largo, hoy en cambio me parece corto, cortísimo.

El tiempo que he vivido se me antoja que ha pasado veloz, me cuesta creer que hayan pasado tantos años cuando trato de fechar cualquiera de mis recuerdos. Si pienso en el futuro quedo en suspenso al darme cuenta de que, en el mejor de los casos, me queda muchísimo menos tiempo de vida que el que ya he vivido, de ese tiempo que se me ha ido escapando entre las manos.

Comprendo y comparto la observación del autor de uno de los salmos que dice que aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte es fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan. Me preocupé y sufrí incontables veces por cosas que no llegaron a ocurrir, por problemas que me parecían insolubles pero que siempre, mejor o peor, se resolvieron, y los fui olvidando a medida que una preocupación era sustituida por otra.

En el mismo salmo, el autor pide al Señor que nos enseñe a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato, en el que entre la sabiduría. Cuento mis días y encuentro que siempre quise ser feliz, pero mi felicidad nunca pudieron llenarla las cosas, pues en cuanto conseguía alguna ya estaba deseando otra, una cadena permanente de deseos entre la insatisfacción y el desencanto.

No ha habido desencanto en mi vida conyugal y familiar. Ahí he encontrado la maravilla de dar y recibir amor. Amar y sentirse amado es la más profunda de todas las experiencias humanas, pero también de la experiencia de Dios, que me ha ido haciendo descubrir, a lo largo de mi vida, con avances y retrocesos, que me ama, me conoce por mi nombre, me cuida y me acompaña para darme la felicidad absoluta y la vida eterna, donde no habrá llanto ni dolor, sino la plenitud del amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es curioso que nos pasemos la vida pensando en las cosas que pasan y se desvanecen en el tiempo y dediquemos tan poco esfuerzo a saber algo de nuestro futuro. Si todo acaba con la muerte, es triste el destino del hombre, que no puede aquietar su corazón de forma duradera con ningún placer, ninguna propiedad, ninguna gloria mundana. Pero si hay Alguien que existe en plenitud y es amor sin límites y nos ha regalado una vida a su imagen y semejanza, Él puede colmar nuestro corazón eternamente, basta con amarle y ajustar nuestra vida a su voluntad manifestada en Jesús de Nazaret.

Como dice Pascal la cuestión fundamental está en creer o no creer. Si creo y después de la muerte no hay nada, no existiré siquiera para lamentarme de haber creído en vano. Pero si no creo y al otro lado de la muerte me encuentro con Dios ¿Qué le diré, qué me dirá?

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