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Etiquetas:   Monarquía   Historia   -   Sección:   Opinión

Nobleza obliga

¿Fue Juan Carlos I, el modelo de gobernante que el dictador deseó para la España postfranquista?
Francisco J. Caparrós
martes, 28 de febrero de 2017, 00:00 h (CET)
Circulan con peculiar fuerza estas últimas semanas determinados rumores que afectan a nuestro rey emérito, cuya veracidad lamentablemente nadie con conocimiento de causa ha salido a la palestra, bien para rebatir o de lo contrario para corroborar. Sería genial que se dejaran las cosas claras, para bien o para mal, desde un principio, con el único fin si cabe de terminar de una vez con todas las especulaciones salvo las inevitables, es decir, aquellas que se propagan cuando lo que las ha generado todavía no es noticia siquiera y, por tanto, no se pueden refutar. Elucubraciones como esa no hacen más que poner en entredicho el buen nombre de nuestro monarca y la de aquellos siete grandes ponentes del texto constitucional, a los que se conoce todavía hoy como padres de la Carta Magna.

Tuvimos un rey que gobernó este país durante casi cuarenta años, prácticamente los mismos que hizo lo propio el Caudillo tras agenciarse para sí y por la fuerza la Jefatura del Estado, después de una encarnizada lucha fratricida que dejó España hecha unos zorros y muerta de hambre. Un monarca del que sentirse orgulloso ante cualquiera que pusiese en duda su legitimidad para ocupar el trono. Por eso, porque siento en mi fuero interno que tengo todo el derecho de seguir respetando una figura que ya es historia de nuestro país y del mundo entero, deseo que cuanto antes se dispersen las dudas que hoy gravitan sobre su egregia persona.

No es menos cierto, sin embargo, que algunos de sus últimos trances, protagonizados todos ellos antes de abdicar en su hijo Felipe por un Juan Carlos I irreconocible para muchos de nosotros, no dejan muy bien parado al monarca. Cualquier otro, con idénticos antecedentes quiero decir pero sin tantos mimbres, habría sido arrojado ya de cabeza al caldero de Satán. Puesto que si es verdad eso de que cuánto más alta es la cuna más grave es la ofensa, en lo que concierne al anterior monarca no está, su pasado más próximo, como para sentirse demasiado orgulloso de él: su relación adúltera con la princesa Corina o el elefante abatido por su majestad durante una cacería en el continente africano, son sólo algunos ejemplos.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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