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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Síndromes

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 7 de septiembre de 2010, 09:44 h (CET)
Una de esas tonterías que a los “juntapalabras” de muchos medios de comunicación les gusta repetir, cual insoportable letanía, cada vez que septiembre se nos cuela anticipando las brumas del otoño, es eso que llaman “síndrome posvacacional”. Y cómo se les llena la boca con el invento; como si la pedante unión de esas dos palabras nos trasladara a la Viena de 1900, a la misma antesala del gabinete del doctor Freud. La majadería suele ir adobada con una serie de reportajillos en los que los entrevistados –la dependienta de unos grandes almacenes, un conductor de autobús, un ejecutivo con traje de cortefiel, un viejo profesor, una enfermera del INSALUD, algún escolar- se quejan amargamente de lo inevitable que resulta volver al tajo una vez concluidas las vacaciones.

Padecer los síntomas de ese pretendido síndrome no es más que una prueba de la ñoñería que nos asola: un recogechatarras de Nairobi no las padecerá nunca… y a mucha honra. No se trata de gritar “¡Vivan las caenas!” o de ponerse sacrosanto afirmando que “el trabajo dignifica” y gilipolleces por el estilo, pero, ¡caramba!, con más de cuatro millones de parados no parece que haya mucha razón para quejarse de tener un trabajo y un sueldo más o menos… indecente.

Es probable que alguno de esos avispados “juntapalabras” decida publicar un manual de autoayuda (otra perlita léxica) para superar el trauma de volver a enfrentarse con el jefe y los compañeros de trabajo. De la misma manera, y con los mismos previsibles resultados, podría recurrirse a una terapia con flores de Bach.

Otro síndrome con nombre de capital nórdica es el que produce en el ánimo de algunos un sentimiento de comprensión o solidaridad con los que un buen día decidieron sacarles la pasta secuestrándolos. Parece que unas natillas de postre o un café recolado pueden hacer milagros a la hora de relativizar la magnitud del crimen que supone retener a alguien contra su voluntad. Agosto se despidió con la noticia de la liberación de los dos secuestrados por Al Qaeda del Magreb. Motivo de alegría sólo empañada por ese “colegueo” que parecía haber entre las víctimas y su captor, y también por la sombra negra que se cierne sobre cada español que, bien por turismo o por jugar a las almas bondadosas, decida bajarse al moro. No sabemos –en esa confusión de términos a la que somos tan dados- si España es la “pagana”, la “paganini”, o la “pagadora” de ciertos aviesos sarracenos, pero lo cierto es que ellos habrán aprendido bien la lección –“España siempre paga”- y brindarán con un té de menta bien cargado por la causa de Al Andalus.

Y me queda hoy otro posible síndrome: el que puede acometer a los que creen que los energúmenos de la chapela, el antifaz y la serpiente enroscada, dicen adiós a las armas. Comienza con un extraño zumbido en los oídos donde se escucha la convincente voz de Rubalcaba y acaba con el prurito de conocer qué suerte ha corrido ese “hombre de bien” llamado Ignacio de Juana. ¡Ojo al parche!

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