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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Prosperidad laboral: ¿Indignación en la juventud?

Ángel Morillo Triviño
Redacción
lunes, 6 de septiembre de 2010, 10:43 h (CET)
¡Qué cojones hacéis (con perdón) que no estáis en la calle! Es lo que nos preguntamos, una y otra vez, todos los padres que tenemos hijos en edad de trabajar. Y cada vez más agobiados por lo que está sucediendo con el tema laboral en España, que bien podríamos llamar, con la cerrilidad laboral española; muy lógica, por otra parte, si entre quienes la dicta hay gente que a duras penas consiguió superar el bachillerato.

Porque, por ahí habría que empezar, si el colectivo de jóvenes españoles (y bastantes mayores, pero éstos ya saben, por experiencia, de qué pata cojea la mesa), desde los 16 hasta los 35 años, tomara conciencia de la que se le viene encima. Sí, olvidándose un poco de Fernando Alonso y su Ferrari (otro gran botín de Botín); de Lorenzo, Pedrosa, Nadal, Contador…; del mundial de baloncesto (¡y venga roja y roja para distraer!); del Madrid y del Barcelona y sus “estrellas” (que no serán nada si no hay unos cuantos de buenos “colegiados arbitrarios” que les acomoden esos partidos que deberían perder y que cada año ganan); del botellón (comúnmente conocido como tranca semanal, y una pena para los más jóvenes que pasan a la pubertad entre alcohol y sexo prematuro con la total complacencia de los miles y miles de policías municipales que pagamos todos los padres y que, con frecuencia, se pregunta la sociedad si no se podría el Estado ahorrar, sino la de todos, si la paga de la mayoría); de la música (sobre todo de la hortera –rumbas catalanas y portuguesas y flamenco descafeinado- que promocionan algunos Ayuntamientos involucionistas, cuando no, como ocurrió en un pueblo de Extremadura, de mayoría socialista, progresistas según sus gerifaltes, que no voy a decir por vergüenza, promocionando “rumbas belloteras”); de lo absurdo y atrevido (la ignorancia es muy atrevida) de correr delante de un toro e incluso hacer ver la conveniencia de tal brutalidad a niños en edad infantil; del móvil de última generación y de las consolas; de tanta puñetería de cine vacuo de terror (sin darse cuenta de que el verdadero terror lo van a vivir en directo si no cortan esta usurera política pronto); de las marcas de todas las marcas; etc.; etc.; etc. Y centrándose en lo que supone la última reforma laboral, la última “prosperidad laboral”, de, ¡cómo imaginarlo!, un Gobierno socialista, sustentado en un partido político “proclive” a la justicia social sin ambages (aunque esa justicia social ya, por desgracia, deja mucho que desear), que les quiere, más que menospreciar (que también), empobrecer para toda su existencia con no más de diez años de vida laboral sin ser colectivo de riesgo.

Puesto que, viendo las estadísticas de los jóvenes (37,1% de paro, 45,9% de temporalidad, 31,7% de abandono escolar, 29 años como edad de emancipación… o sea, en la cola de Europa en casi todo: trabajo, formación y emancipación) y mirando sólo dos aspectos de esa reforma, de esa caciquil “prosperidad neoliberal” (y perdónenme por utilizar de manera eufemística la definición de “prosperidad laboral”), como son los contratos para la formación que les condenan al salario mínimo hasta los 25 años, y posteriormente a encadenar hasta cuatro años de contratos en prácticas cobrando entre el 60% y el 75% del sueldo de sus compañeros, se deduce, fácilmente, lo que pretende la misma: una añagaza pura y dura para el total dominio de la sumisión.

Pero, no hay que preocuparse –más bien, no tienen que preocuparse la política ni la empresa- porque entre los “chicos” no hay indignación. Ellos están a lo suyo, y más del 90% pasa, con seguridad, no sólo de este atropellamiento, sino de los que se le vienen infringiendo desde hace mucho tiempo a través de un nefando adoctrinamiento sin precedentes en un sistema democrático que más que eso es una auténtica burla a la sociedad propia de la más miserable de las dictaduras.

Y el problema es que, una vez más y como siempre ha ocurrido en este país, costará décadas arreglar el desbarajuste… Y si es sin “sables”, todavía, bueno va.

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