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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

No es inteligente ni justa la huida hacia adelante

Yolanda Plaza Ruiz
Redacción
lunes, 6 de septiembre de 2010, 09:34 h (CET)
“Lo que hace dos siglos parecía una senda indudable de progreso se ha transformado en una inútil carrera enloquecida por escapar de las consecuencias de nuestros propios actos. […] Ya hemos sido dos generaciones (tres en algunos países como EEUU) viviendo como si fuéramos la última generación sobre la Tierra: esto tiene que acabar”. Así expresa Jorge Riechmann la realidad de la situación actual en su libro Entre la cantera y el jardín. Una realidad que muchos de los que componen nuestra sociedad se niegan a ver o a reconocer por puro egoísmo, empezando por los gobernantes políticos. Continúa Riechmann: “Lo olvidamos siempre y por eso hay que repetirlo una y otra vez: no hay almuerzo gratis”. Pero los mensajes publicitarios nos bombardean con frases como: “Vive como si los recursos naturales fuesen infinitos y como si no hubiera mañana”, cuando los recursos son finitos y a mayor rapidez de explotación, más temprano nos quedaremos sin ellos.

“Los problemas más intratables de la sostenibilidad no son problemas técnicos o económicos: son ético-políticos. […] Actualmente, la descomunal potencia de la tecnociencia occidental y el carácter expansivo del capitalismo aseguran que en muchos casos los efectos de nuestras acciones —y omisiones— llegarán hasta incalculables lejanías en el tiempo y en el espacio (como es sabido la vida media de los residuos radiactivos, o los plazos para el reequilibrio del clima del planeta, se miden en decenas de miles de años). […] Deberíamos estar preguntándonos con frecuencia: ¿qué nivel de daño —directo, indirecto y diferido— estoy dispuesto a infligir al otro para tratar de mantener un nivel de confort material que ya es más que suficiente y que en cualquier caso excede el que disfrutaron los más ricos y poderosos de épocas pasadas; una idea inadecuada de progreso; y un tipo de economía insostenible que socava sus propias bases ecológicas, y es por tanto autodestructiva?”. A algunos les cuesta creer que estas cuestiones son más importantes que las preguntas “fundamentales” a las que se enfrentan a diario: ¿qué modelito me voy a poner hoy?, ¿dónde voy a ir de vacaciones?, o ¿cuál es el último cotilleo de la prensa rosa? Pero lo terrorífico del asunto es descubrir que estas mismas personas tienen hijos y olvidan reflexionar sobre ¿qué nivel de daño estoy dispuesto a infligir al futuro de mis hijos?, ¿puedo vivir como si fuéramos la última generación sobre la Tierra cuando estoy criando a mis vástagos (o tengo expectativas de tenerlos)? Y ¿qué hay de los gobernantes? En su libro Riechmann cita a George Monbiot: “Todos los que están en el poder hoy saben que su supervivencia política depende de cómo se roba el futuro para entregarlo al presente”. Y Claes Andersson escribió: “Envenenadnos y llamadlo conservación del medio ambiente”. Pero en nuestra pregunta ¿qué nivel de daño estoy dispuesto a infligir al otro? también debemos incluir en ese “otro” a los animales que habitan con nosotros el planeta. Riechmann nos describe la magnitud del holocausto animal: “ La desaparición de especies vivas es entre cien y mil veces superior a la que existía antes de la Revolución Industrial, y el ser humano es el principal causante”. Millones de criaturas torturadas y aniquiladas por nuestra codicia sin límites, víctimas inocentes de nuestro supuesto “desarrollo”, súbditos involuntarios de la dictadura humana.

Pero “no es un callejón sin salida aquel en el que se puede dar marcha atrás” dijo Stanislaw Jerzy Lec. Si queremos que las generaciones futuras tengan acceso a lo que hoy disfrutamos nosotros, hay que dar marcha atrás en nuestro actual derrotero de destrucción. “Volver no implica retroceder/ … retroceder también puede ser avanzar” nos enseñaba Benedetti en su poema Desde los afectos. Se puede avanzar en sentido contrario al que estamos llevando, reconociendo los fallos cometidos y aprendiendo de ellos. No podemos continuar negándonos a ver la mangnitud del ecocidio actual, siendo guiados por guías ciegos porque “si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán al hoyo”.

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