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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La riqueza cultural como despertar

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 6 de septiembre de 2010, 08:39 h (CET)
Apuesto por la riqueza cultural como despertar. Vivir y desvivirse por vivir la diversidad dialogante del planeta, compartir la multiplicidad de la creatividad contemporánea, comprender los modos de vida y entender las maneras de ser, son el supremo y último fin de la cultura. Tómese conciencia que el patrimonio cultural del mundo es su pluralidad de pueblos, la fusión de costumbres, el conversar todos con todos, puesto que cada civilización se nutre de sus propias raíces, pero sólo se desarrolla en contacto con las demás culturas.

También pienso que necesitamos repostar sencillez y naturalidad. Los grandes eventos culturales casi nunca sirven para nada. Precisamente, hace días participé en Torre de Juan Abad en un encuentro de Coros y Rondallas, bajo la mano protectora de Quevedo, y reflexionaba en voz alta, ante un auditorio que no se perdía palabra, sobre la necesidad de avivar esta unión efervescente de cultos a la cultura, donde sólo importe la autenticidad y el ingenio. Este pueblo, de la comarca del Campo de Montiel, provincia de Ciudad Real, con poco más de un millar de habitantes, está volcado con su alcalde al frente, Emilio Molina García, en dar fuelle al cultivo del conocimiento, de la sapiencia más profunda y honda, al saber más humano. Es la villa de la cultura con mayúsculas. Allí nadie se siente un extraño. No en vano, nos dimos cita gentes venidas de Granada, Algeciras, Toledo, León, Madrid, Asturias…; y, todos, absolutamente todos, coincidíamos en lo enriquecedor de las variadas expresiones culturales.

No me resisto a transcribir parte de las palabras pronunciadas por servidor, con motivo de ser galardonado con la “VII Pluma de Oro Francisco de Quevedo”:

- “… Voy a contar mi historia de vínculos con Torre de Juan Abad en unas breves, brevísimas líneas, porque realmente han sido tan intensas las experiencias vividas en este lugar, que dan para un libro, a pesar del corto espacio de tiempo. Hoy mismo me ha sucedido algo especial, al llegar a esta noble y querida Villa de Torre de Juan Abad, tuve la suerte de reencontrarme en la soledad de sus caminos con Quevedo, y el abecedario de las palabras y las musas de las ideas, se pusieron a hacer vivas al aire. Fue emocionante. Y algo natural como me dijo Quevedo entre susurros: Porque aquí todo es corazón, todo es poesía, y, en verdad “los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan”...

No recuerdo el día pero si recuerdo el momento de la emoción, al recibir en el correo electrónico la petición para publicar uno de mis artículos en la revista de este pueblo. José Mª Lozano me participaba el deseo de dar luz a uno de mis escritos, donde hablaba del retorno a los pueblos, a la vida de los pueblos, a los paraísos perdidos y reencontrados por el silencio. De aquí parte esta historia. Diré que con 18 años ya tuve la ilusión de perderme por Castilla-La Mancha, de la mano de otro soñador, ya fallecido, Vicente Cano, que editaba todos mis poemas en la revista inolvidable MANXA. Alguna vez me pidió que viniese por esta tierra a dar recitales de poesía, a vivir la sana bohemia, porque en esta comarca el verso se injerta en cada amanecer, en cada puesta de sol, en cada luna y en cada estrella. No fue posible por entonces. Y ahora otro ser excepcional, enamorado de su terruño como nadie, José Mª Lozano, ha conseguido prolongar y prologar esta historia real, que el sueño de pisar esta región, vertida en tantos poemas míos, fuese realidad. Gracias José Mª. Todo después vino por añadidura, los que nos dedicamos a escribir, por necesidad del alma, escribimos sobre lo vivido. Aquí estuvimos un nutrido grupo de amigos de Granada, un autobús completo, viviendo y conviviendo con las palabras más hondas. Aquí escribí las crónicas más profundas de un caminante, con ordenador en ristre, y las difundí por todo el mundo con pasión de joven literato, como si fuese un Torreño más, que a partir de hoy, con el permiso de vosotros, sí lo soy y sí quiero serlo…

Me entusiasma esta villa que ama la música como nadie, hay que seguir sentando cátedra como hasta ahora con los inolvidables conciertos. No olvidéis que el órgano histórico de Torre de Juan Abad está entre los ocho mejores instrumentos Europeos. Me maravilla este encuentro de Coros y Rondallas “Francisco de Quevedo”, porque sus aires y sus voces son como las flores, que donde mejor resplandecen es en la tierra buena de los humildes. Me encanta este pueblo que ama el teatro y lo engrandece, a sabiendas que es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma. Me transporta esta tierra Quevediana, con su casa abierta de par en par, y me asombran sus raíces humanas. Me conmueve el respeto de esta gente por sus tradiciones culturales y la devoción por la Virgen de la Vega. Aquí, en suma, se percibe otro mundo, otra tierra y otro cielo, el corazón toma parte del arte y es parte de la vida…”

Sin duda, pensaba después de regreso a mi lugar de residencia, sobre la urgente necesidad de buscar formas alternativas de pensar sobre otra manera de vivir, puesto que el fracaso del paradigma de desarrollo dominante, prueba de lo cual es la crisis económica mundial persistente, la crisis ambiental del cambio climático y la erosión de la diversidad biológica, exige cambios profundos. Aprovechar la riqueza cultural de todos los pueblos del mundo, innata a su desarrollo natural, estoy convencido que es la primera salida ante un planeta aborregado por la mediocridad y dirigido por los especuladores, a los que no les interesa para nada que los pueblos cultiven la sana cultura del corazón humano y de la mente despierta.

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