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Esta no es tierra de cátaros
Mario López
Estoy viendo cómo poco a poco, pero inexorablemente, mi mundo se va viniendo abajo. Mis amigos cierran sus negocios o pierden sus empleos o están con el agua al cuello, víctimas de empresarios morosos. El drama de la crisis se ha colado en mi vida como una pesadilla. No veo cómo vamos a salir de ésta. Evidentemente no vivimos en tierra de cátaros; no tenemos en quién apoyarnos. Como cualquier otro pueblo, el español es hijo de su historia; de una historia dictada por los poderosos, por la aristocracia, el ejército, la oligarquía y el Vaticano. Y con esos mimbres no podemos esperar hacer ningún cesto donde quepa la solidaridad, la fraternidad. En lugar de salir al rescate de los más débiles, las grandes fortunas están aprovechando la situación para aumentar sus patrimonios, para hacerse con los escasos bienes que han podido adquirir los más humildes en tiempos de bonanza y que ahora se tienen que desprender de ellos para subsistir, vendiéndolos a precios de saldo. En mi vida había visto a tanta gente haciendo cola en la puerta del Monte de Piedad.
Los cátaros, afincados en el Mediodía francés y protegidos por la corona de Aragón, formaron un pueblo solidario, igualitario y extraordinariamente hospitalario. Poseían castillos inexpugnables pero, también y para su desgracia, la candidez suficiente como para ser engañados con las ardides más burdas por los vasallos del sanguinario Papa Inocencio III, quien puso todo su afán en acabar con los que él consideraba peligrosos herejes occitanos. En 1229 la Inquisición exterminó definitivamente a los cátaros, desposeyendo a Europa del único referente cultural que había conocido basado en la solidaridad y la fraternidad. Quién pudiera volver a Languedoc.
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