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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Maestro tirillas, dómine Cabra

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 4 de septiembre de 2010, 11:30 h (CET)
El día 1 de septiembre se han reunido ciertas autoridades del Ministerio de Educación y de las Comunidades Autonómicas, en la Comisión General de Educación, para ver qué hacen con los alumnos más sobresalientes. Parece ser que a éstos los quieren promocionar al modo y manera que en otros países se trata a los niños superdotados, si bien ser un alumno con excelentes calificaciones y un alumno superdotado, en España, no tiene por qué ser la misma cosa; es más, no suelen tener nada que ver. Aquí, que somos como somos y que tenemos autoridades especializadas en echar balones fuera y responsabilizar de su manifiesta incompetencia a los alumnos y en convertir en guardias de la porra a los maestros tirillas porque sí, un alumno superdotado es aquél a quien estos dómines Cabra marginan en el parvulario, hostigan en la primaria y fuerzan a abandonar los estudios secundaria. Rara vez o nunca, un niño superdotado llegará en España a terminar una carrera universitaria. Cuando se consultan las estadísticas, es, en el mejor de los casos, para echarse a temblar. Ser inteligente en España, sobra decirlo, es un inconveniente insalvable, nunca una ventaja, no conviene olvidarlo.

Un superdotado es un niño incómodo, molesto, preguntón y antipático que no suele aceptar porque sí los actos injustos del dómine, quien suele mostrar preferencia por otros niños más dóciles y siempre por causas ajenas a sus conocimientos. Los alumnos aventajados en España, ésos que tienen excelentes calificaciones y reciben permanente el aplauso de los dómines Cabra, suelen ser hijos de papás regalones, con influencias y halagones, y los mismos alumnos suelen ser dóciles como borreguitos, lindos como un dondiego y con una sonrisa profidén que da gusto verlos, ¡angelitos! Nada, absolutamente, tiene que ver en España un superdotado con un chico con buenas notas. La práctica totalidad de los superdotados, salvo excepciones, fracasa en el colegio porque los maestros son los que son, aquéllos que hicieron Magisterio porque la nota de corte no daba para más, y quienes entre vacaciones, estupendos salarios y horarios cortos -¡ya quisieran para sí chollo semejante incluso los controladores aéreos!- lo poco que saben lo olvidan, cuando no quien no sabe inglés imparte esa asignatura o da Conocimiento del Medio quien no está muy seguro de si el Everest es navegable. Para estos dómines un superdotado es un problema que no está incluso en el salario, es un engorro, un contestón que se atreve a cuestionar la arbitrariedad por la que regala espléndidas notas a quien no lo merece y se las recorta a quien sí se las ha ganado; alguien, en fin, de quien hay que librarse a como dé lugar.

Da igual lo que haga la Comisión ésa, porque nuestras autoridades –a la vista están los resultados- sólo saben hacer las cosas como no deben hacerse, y, lo mejor en lo que podrían emplear su tiempo es estarse quietas, llevarse la pasta a lo tonto y darse a la buena vida. Nos saldría muchísimo más barato y estaríamos muchísimo mejor. Lo digo por experiencia. Tuve el infortunio de ser un chaval superdotado, detectado por allá cuando la infancia daba en ese descampado que viene a ser la adolescencia, cuando corrían tiempos de dictadura, pero en los que las autoridades de entonces quisieron hacer algo por nosotros, los niños superdotados. Y lo hicieron. Como no pudo mi familia cofinanciar el oneroso gasto que suponía enviarme a aquel centro para niños espaciales que había en Valencia, creo, por lo pronto, donde sacaba nueves o dieces comencé a obtener cuatros… por mala conducta, me quitaron de todos los cuadros de honor... por revoltoso, y, como guinda que colma el pastel, por allá a los dieciséis años fui expulsado del colegio… por rojo. Fetén, vaya. Malos años, pensarán muchos; sin embargo, es lo mismo que sucede hoy, aunque con otras maneras... más pijo-progres. Mis tres hijas mayores, que tienen también un cociente intelectual que desborda a la media, tuvieron problemas, muchos problemas académicos. Incluso cuando hacían los trabajos de otros compañeros varones para que aprobaran la asignatura, éstos obtenían mejores notas, vaya usted a saber por qué, aunque seguro que ya se lo imaginarán.

Francamente, no creo ni una palabra que salga de los labios de esas autoridades de las Comisiones. Les niego cualquier credibilidad. Absolutamente. Los males de este país son endémicos, y no tienen viso alguno de resolverse. Ayer como hoy, lo único que en verdad sucede cuando las autoridades se ponen a hacer algo, es multiplicar los desastres. Las autoridades son el problema, no la solución, y ahí está para demostrarlo el espantoso balance de cada uno de sus planes de educación. Mejor que se estén quietos, ¡por Dios! Por lo pronto, se equivocan de medio a medio si creen que son equiparables la excelencia académica y el alto coeficiente intelectual, como se equivocan si deliran con que ser el título maestro en España tiene algo que ver con estar cualificado para enseñar. Un maestro, salvo excepciones, puntúa, ya digo, por simpatía o antipatía: con el hígado, como aquél que dice. Vamos que es todo un experto en acoso y derribo de cualquier alumno que tenga un mínimo de talento. Los habrá que no -pocos, seguro-, pero la mayoría sólo van a por la pasta y a crucificar a los que sirven, consagrándose a ser sañudos dómines Cabra de cualquier criatura avispada que caiga en su dominio, como el de El Buscón. Los niños superdotados son lo bastante listos como saber que son marginados por ser como son, que son excluidos por incómodos, acosados por ser más listos que sus maestros, y, por ello mismo, suelen ser colgados injustamente en los gólgotas del suspenso, no importa usando qué ardides por esas autoridades. Es un simple mecanismo de defensa: del alumno, porque pierde todo interés por los estudios, ya que su talento se convierte en su enemigo; del maestro tirillas, porque es la única manera que tiene de poner a salvo su ego.

No; ni creo ni puedo creer en esas Comisiones, hagan lo que hagan. Se lo niego. Tampoco creo en los maestros, que la Ciencia me lo perdone. Todavía me queda una hija en Primaria en Alcalá de Henares a la que sus maestros tirillas le están enseñando que esforzarse y estudiar no vale de nada, y que ser inteligente sólo le granjeará problemas. Sus compañeros menos cualificados, pero más simpáticos y con papás regalones, obtienen de sus dómines aplausos y sobresalientes, pero los de condición más humilde, los que no son pelotas y los que son capaces de comprender de qué va el juego y que no pueden enfrentarse a esas autoridades, se dicen que para qué luchar contra elementos a los que nunca podrán vencer, si va a dar lo mismo y el suspenso lo tienen asegurado, y prefieren no envenenarse la sangre y dedicarse al juego. Y repiten curso, claro, que es donde se forjan los rebeldes sociales y los revolucionarios. De tal palo, tal astilla, ya se sabe. Si quieren identificar a un superdotado no traten de buscarlo en las cumbres académicas, porque allí no están; si tienen a mano un autodidacta, ahí tienen a uno en carne y hueso: le expulsaron de la sociedad y le impidieron formarse los dómines Cabra y las autoridades de Educación. Ésta es la cruda verdad.

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