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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Nacimientos vs abortos

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 3 de septiembre de 2010, 09:31 h (CET)
La población decrece, según manifiestan crudamente los índices de natalidad españoles, pero no porque se haya perdido afición al sexo heterosexual, sino porque dos de cada tres embarazos son interrumpidos, que es un eufemismo que sustituye de forma políticamente correcta al “se fumigaron cruentamente al nasciturus”. El número de abortos se ha multiplicado por muchos enteros desde que se convirtió por el artículo 33 en un recurso legal (sin consulta popular, of course, que para eso somos demócratas), y con ello han caído los índices de natalidad año a año hasta verificarse este alarmante crecimiento negativo de la población, apenas atenuado en virtud de la irrupción masiva de la inmigración. Vamos, que si descontamos los nacimientos de esas mujeres de otros lares que todavía tienen reparos éticos a la modernidad occidental de abortar al alimón, España estaría ya tan despoblada en las áreas urbanas como lo está en la rurales. Todo un signo de los tiempos.

El Estado feminoide se ha consagrado a la tarea de sanforizar las conciencias, en algo parecido a un pacto de sangre como el que se celebró en Argentina entre los miembros del Ejercito: si todos tienen las manos manchadas de sangre, el silencio y la anuencia colectiva están asegurados y la cosa puede ser considerada como normal o legal. Algo que, por otra parte, no es un invento argentino, sino que ya lo utilizaron desde antiguo casi todas las dictaduras, como, por ejemplo, sucediera en la Alemania hitleriana, en la cosa jmeriana de Kampuchea o en tantos y tantos otros poco recomendables episodios de esta especie que es tan poco respetuosa consigo misma. Si todos lo hacen, lo normal es esto y lo anormal tener el nene, que luego jode lo suyo.

Los motivos para acabar con la vida de quien ya ha sido concebido, en fin, son como el culo, que al menos cada ciudadano tiene uno. Los hay que tiene dos, y uno de ellos lo usan no para sentarse, precisamente. A lo mejor todo esto es a causa de que el Estado quiere reducir el desempleo del futuro (siempre podrán llamar nuevamente a más inmigrantes para que vengan a cotizar y luego acosarlos para que salgan por piernas), quizás sea por atenuar las pensiones que el pacto de Toledo ya no puede asegurar, o quién sabe si porque están aplicando ese principio de la elite que gobierna el mundo desde las tinieblas, el cual impone que hay que reducir la población mundial a un máximo manejable de dos mil millones de esclavos, y mejor que sea por muerte natural que por afeitar ayatolás, rusos o chinos, que contamina mucho.

Lo cierto es que la cosa está como está, y el ser concebido ya no es garantía de tener una oportunidad de vivir, sino que los nasciturus tienen más papeletas para justamente lo contrario: tener una muerte, por de más, poco, muy poco agradable. Sin embargo, como esto dicho así suena un poco mengueliano, va el gobierno e inaugura en unos de esos absurdos viajes de nuestro insigne Presidente un muñeco-bebé de no sé cuántos metros de altura (cuesta imaginar el tamaño de la plástica mamá), en una de esas exposiciones internacionales que nadie en sus cabales sabe para qué demonches sirven que no sea tirar el dinero. Hay que dar el queo al electorado de que son tiernos y les gusta la infancia, ya para despistar o desorientar al personal, y mejor hacerlo en la Conchinchina que aquí, que lo mismo va la ministra ésa y lo aborta por decreto ley. A ver qué haríamos en tal caso con tamaño cadáver, que seguramente sería excesivo incluso para las farmacéuticas ésas de la cosmética que lo mismo usan fetos abortados que grasa de asesinados en Perú o en donde sea.

El negocio es el negocio, en fin, y con este pasito se cierra el círculo del aborto: primero se frustra el nacimiento y, luego, tras el debido aséptico procesamiento, se lo puede untar la misma señora en la cara para luchar contra la vejez y tener algo más de vida de ésa misma que ha privado a otro. Cuestión de células madre, en fin, hijas de otra madre que renunció a serlo. De lujo, como aquél que dice.

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