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Los toros indultados
Mario López
En el año 80 de nuestra era fue inaugurado el Coliseo Romano, o anfiteatro Flavio, bajo el gobierno de Tito. Durante 100 días más de cien mil espectadores pudieron “disfrutar” del sacrificio de 5000 animales salvajes y de 2500 gladiadores; el mayor espectáculo "artístico" de sangre y muerte jamás visto en teatro alguno (que fue capaz de provocar orgasmos a muchos patricios).
En número de víctimas no tiene nada que ver, sin duda, con una corrida de toros, pero hay algo en común entre los dos espectáculos que me llama poderosamente la atención. Al igual que los toros de hoy en día, los gladiadores podían ser indultados si habían mostrado una especial bravura, si se ganaban el favor del público y las autoridades accedían a ello; es lo que los taurinos llaman “la democracia de la lidia”. Pero, ¿qué ocurre con los toros indultados una vez que regresan a la dehesa? Su quebranto físico es tan extremo que sólo les queda sobrellevar los últimos días de sus vidas sufriendo una macabra agonía. Es una elocuente y aterradora metáfora del mundo en el que vivimos. Si nuestra democracia es eso, yo me doy de baja.
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