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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Convivencia con polémica

Ruth Marcus
Ruth Marcus
jueves, 2 de septiembre de 2010, 06:45 h (CET)
WASHINGTON -- Me fui de la concentración de Glenn Beck preocupada por no tener gran cosa para escribir una crónica.

Fue un encuentro evangélico por completo, sin fuegos artificiales políticos. Las crónicas de los informativos lo equiparaban con acierto con unas convivencias religiosas -- y no hay periodista que quiera escribir sobre unas convivencias.

Pero luego me di cuenta: la profusión de la religiosidad era la noticia. Beck está ofreciendo - y al margen de la participación exacta, un montón de gente parecía aceptar - una nueva forma de política fusión, maridando el fervor anti-administración, anti-gasto público, anti-fiscal del movimiento de protesta fiscal con la agenda basada en la fe de la derecha religiosa.

"América empieza a volver a Dios hoy", proclamaba Beck. Sobre el escenario, había reunido un "Black Robe Regiment" de líderes religiosos, calcado del grupo de pastores coloniales durante la Independencia.

Durante décadas, el movimiento conservador ha luchado por capear las tensiones entre los conservadores fiscales y los social conservadores. Existe una conjunción entre los dos terrenos, pero los instintos libertarios de los conservadores fiscales tienden también a provocar roces con las posturas antiabortistas y, más recientemente, con la postura contraria al matrimonio homosexual adoptada por los social conservadores. El político Republicano de éxito - Ronald Reagan, sobre todo - es el que logra minimizar esa fricción y consigue que las dos alas trabajen al unísono.

Los activistas fiscales no son sinónimo del Partido Republicano, pero han plasmado la corriente conservadora fiscal del Partido Republicano. No ha quedado claro si, o cómo, el movimiento fiscal pretende dar cabida a la faceta religiosa del movimiento conservador.

La concentración de Beck "Restoring Honor" ilustra una vía potencial. El suyo no es un conservadurismo religioso evangélico, con la oposición al aborto como prueba de fuego de las intenciones políticas. De hecho, hace unas semanas, Beck manifestaba la opinión hereje de que el matrimonio homosexual no es una amenaza para el país.

En lugar de retórica sobre el infierno, Beck ofrecía una religión más comedida, divorciada de puntos doctrinales concretos. Era una nueva espiritualidad holística como autoayuda, fortalecida con una fuerte dosis de patriotismo vestido de imágenes religiosas.

Hay muchas razones para pensar que se trata de un delgado disfraz de tolerancia: recién salido del acto, Beck volvía a rechazar las ideas religiosas del Presidente Obama. "La gente no reconoce su versión del cristianismo", decía Beck a Chris Wallace en Fox News. Esto resultaría insultante viniendo de cualquier líder, pero es particularmente comprometido viniendo de Beck, cuya propia religión -- es mormón -- es considerada un culto sospechoso por algunos líderes cristianos.

Pero entre los de la multitud del sábado, el vínculo entre fe y política de orientación libertaria parecía evidente.

"Hemos perdido nuestra moralidad. El país se precipita en la dirección quivocada sacando a Dios de todas partes", decía Bob Erdt, un ingeniero jubilado de la Ford procedente de Michigan, explicando su participación. A continuación, Erdt se ponía fiscal sin ningún problema. "Gastamos mucho más dinero del que tenemos", decía. "Cualquiera con cierto sentido común o sentido del honor o moralidad sabe que no podemos gastar de esta forma y no arruinar al país".

Preguntado por lo que le movió a volar hasta la capital desde Colorado, Andrea Carrasco empezaba por Dios y acababa por las bombillas.

Vino, decía Carrasco, a "pedir a Dios que restaure el país. Nuestra libertad se ha perdido. Mis libertades se han perdido. Poder predicar donde quiera, tener a Dios en la escuela, conducir el tipo de coche que queramos y si quiero conducir un coche de gran consumo puedo hacerlo, si quiero comer un montón de comida refinada y sal, y no debería estar obligada a contratar atención médica".

Carrasco hacía una pausa, pero sólo brevemente. "Poder poner la clase de bombilla que quiera", añadía. "La lista es larga".

Es demasiado pronto para saber si el puente de Beck entre social conservadurismo y conservadurismo fiscal es lo bastante sólido para soportar las tendencias enfrentadas. Ya hay nerviosismo entre los dirigentes tradicionales de la derecha religiosa con la buena fe de Beck.

Otra cuestión es si el vínculo entre las dos alas corre el riesgo de limitar el atractivo del movimiento fiscal para los votantes independientes preocupados por el déficit pero con el peligro de ser rechazado en concepto de religiosidad flagrante o social conservadurismo sin paliativos.

La variante de política mesiánica de Beck me parece escalofriante -- pero claramente les parece atractiva a miles de personas. Mejor cientos de miles. Fueron unas convivencias evangélicas dignas de crónica.

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