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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Obama y las virtudes del politiqueo

E. J. Dionne
E. J. Dionne
jueves, 2 de septiembre de 2010, 06:41 h (CET)
WASHINGTON - El discurso del Presidente Obama a la nación sobre Irak esta semana evidencia la zozobra de su presidencia, y su principal problema político.

Desde dentro, la administración es un éxito sorprendente. Obama ha cumplido sus promesas principales y puede llevarse el mérito de logros que fueron esquivos a sus antecesores Demócratas.

Prometió sacar todas las tropas regulares de Irak a finales de este mes y, como Obama nos recordará el martes, ha logrado exactamente eso. El Congreso promulgaba una reforma sanitaria integral y una reforma sustancial de la forma de regular el sistema financiero. Su rescate a la industria estadounidense del automóvil funcionó, desmintiendo las previsiones de que iba a dirigir Chrysler y GM igual que si fueran brazos de la maquinaria Demócrata de Chicago. Hay muchas otras medidas administrativas y legislativas que, en circunstancias normales, cobrarían mayor importancia si no corrieran tiempos tan excepcionales -- y difíciles.

Pero la naturaleza desafiante de los tiempos no explica por completo la tesitura en la que se encuentra el presidente. Es cierto que sus logros tendrán un importante impacto a largo plazo, incluso si no han resuelto la inquietud central del país: la decepcionante situación de la economía.

Pero Obama y su partido también están en el hoyo porque el Presidente ha elegido no involucrar a la nación en un diálogo ampliado acerca de lo que une todos sus logros, o el motivo de que su postura hacia la administración tenga más sentido que los ataques conservadores al azar contra todo lo que puede hacer Washington para mejorar la situación de la nación.

Se producía un momento revelador a principios de agosto cuando Obama dijo a una audiencia en un acto de recaudación de fondos en Texas: "Hemos pasado gobernando los últimos 20 meses. Ellos han pasado los últimos 20 meses de politiqueo". Aludiendo a las inminentes elecciones, añadía: "Bueno, podemos buscar réditos políticos durante tres meses. Ellos han olvidado que se me da bastante bien".

El error de Obama queda plasmado en esa referencia despreciativa al "politiqueo". En una democracia, separar la administración pública del "politiqueo" es imposible. El "politiqueo" no es sino el esfuerzo presente por persuadir a la ciudadanía de los méritos de un conjunto de ideas, políticas y decisiones. Los electores se sienten más cómodos con los políticos que sitúan lo que hacen en un contexto atractivo. La ciudadanía puede soportar reveses mientras crea que la dirección general en la que se orienta el enfoque del gobierno es la acertada.

Franklin D. Roosevelt era un genio a la hora de ofrecer tales garantías, lo cual es el motivo de que sus discursos presidenciales caracterizados por un tono de intimidad sean motivo de leyenda política. Ronald Reagan nunca dejó de hacer campaña por su visión conservadora porque estaba decidido a dejar un movimiento conservador vibrante como herencia. Tanto Roosevelt como Reagan alteraron las premisas filosóficas del país.

A pesar de las incursiones puntuales en este ámbito, Obama ha creado la impresión de que está tomando una decisión tras otra sin ningún orden, sin pasión por la forma que le gustaría que tuviera el país a largo plazo.

Su partido y él adoptan a menudo la posición defensiva al decir lo que creen realmente: que la administración pública, bien puesta en práctica, es una fuerza positiva; que demasiada desigualdad económica es tan disfuncional como injusta; que el capitalismo nunca funciona sin regulación y una fuerte dosis de protección social. Ya no se atreven a hablar de la iniciativa pública, una fórmula que mi amigo Chris Matthews me recordaba hace poco, visible en nuestras grandes universidades públicas, nuestros mejores centros públicos, nuestras infraestructuras y en la investigación y el desarrollo que financia el gobierno en terrenos en donde no hay rentabilidad inmediata.

La oficina de prensa de Obama, lo sé, sabe enviarme discursos en los que ha hablado de estas ideas. Pero los esfuerzos del Presidente por fijar una motivación, un argumento y una filosofía consistentes han sido esporádicos. Ha creado un vacío, ocupado por las acusaciones exageradas de Glenn Beck, la decepción de los progresistas que enfatizan lo que no ha hecho, y la cansada retórica de "el gobierno es el problema siempre" de sus principales detractores conservadores. Se ha reservado él y a sus aliados Demócratas defensas débiles contra una oleada de melancolía económica.

Es demasiado tarde para convertir estos comicios en un triunfo de la administración, pero no es demasiado tarde para salvar la mayoría de su partido en las Cámaras. Teniendo en cuenta las escasas expectativas Demócratas, eso se consideraría una victoria. Pero hacerlo exigirá a Obama pensar de cero en lo que significa realmente "politiqueo", abrir más enfrentamientos tácticos con sus adversarios y fijar, sin disculpa ni error, la dirección en la que conduce al país. Es desafortunado que no empezara antes.

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