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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Planes E

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 1 de septiembre de 2010, 10:22 h (CET)
Con cejilla o sin ella, nadie en su sano juicio duda del desmadre y la dilapidación que han representado para el Erario ese despropósito de Planes E que fue el ponerle aceras al campo o construir canchas de vóley-playa en los desolados pueblos de La Mancha. Un derroche absoluto que, por otra parte, sólo ha puesto cataplasmas de enebro a quien se moría de disipela, no ha producido ni un solo puesto de trabajo estable y ni siquiera ha servido para que esos mismos ayuntamientos que deben el alma y el futuro a sus acreedores, se pongan al día, si bien no fue así durante los años precedentes para muchos de los ediles o alcaldes que los comandan, quienes han vivido su particular agosto durante la larga e infausta etapa del latrocinio generalizado.

Quienes me leen con regularidad, que no han de ser muchos, tal vez recuerden que allá por cuando dio comienzo esta crisis de los muy ricos que pagan con sangre y vida los muy pobres y los medios pobres, propuse aprovechar tan paradigmática crisis del sistema capitalista para desintoxicar las ciudades y revitalizar el campo. Parecía el delirio de alguien a quien le tira mucho la naturaleza y una vida más armónica que la urbanita, pero el tiempo me ha venido a dar la razón.

Quienes han aprovechado estos días estivales para asomarse a la España profunda, siquiera sea porque hayan hecho el Camino de Santiago o porque este año no hubo con qué para ir a playas o paraísos lejanos, sin duda han constatado por sí mismos que España, más allá de las grandes urbes donde todo es mentira, se muere sin remedio aquejada de una necrosis que está matando la periferia del corpus nacional. La España urbanita está hacinada, frecuentemente en muladares, entretanto la España rural está deshabitada o se muere de endogamia, porque apenas si quedan en muchos pueblos la décima parte de habitantes que casas. La crisis que hemos sufrido era una oportunidad que ni pintiparada para haber solucionado en muy buena medida ambos problemas, aportando esos mismos dineros tirados a la alcantarilla a un desarrollo rural del que más pronto que tarde nos lamentaremos de no haberlo realizado.

Con esos miles de millones de euros mal empleados en los delirantes planes de Zapatero se hubieran podido restañar muchos y grandes problemas de las ciudades y del campo, y son ahora algunos pueblos, en algo así como en planes improvisados de urgente supervivencia, los que están reclamando un oxígeno imprescindible para no morir, como es que nuevas sangres acudan a su rescate para alearse con los que allí habitan. Languidecen, sin embargo, con terribles anhélitos, y es más que probable que en muy poco tiempo tengamos la mayor parte de España deshabitada.

A un político se le debe exigir que tenga visión de futuro, y no que se empecine en gobernar sobre un día a día que parece discurrir únicamente en las encuestas que dimanan del mentidero oficial cosmopolita. El sistema económico, les guste a los neocon o les desagrade, ha muerto por extenuación de codicia: esta crisis ha sido uno de los últimos estertores de un cadáver al que ya no le importa qué células de su propio cuerpo mata para comprar unos segundos más de vida. Pronto, muy pronto, no podremos traer el trigo de EEUU, Argentina o Rusia, ni podremos traer la fruta de Latinoamérica, los jamones de Polonia o los pollos de Vietnam, y, como nuestra España rural la hemos dejado morir por incompetencia política, no tardaremos en ver los acebrados dientes del hambre. El primer paso lo hemos dado este mismo verano con los incendios de Rusia o las inundaciones de Paquistán; subirá el trigo y derivados y ya veremos cómo cubrimos nuestras necesidades de algodón, lino o aves de corral para consumo diario. Y, mientras, asomando desde la esquina de la España despoblada y tras los fértiles campos convertidos en ejidos, se puede ver ya la peripatética sombra del hambre. Algunos de nuestros ancianos saben de ella, y, a pesar de toda su edad y sabiduría, les faltan palabras para describir lo horripilantemente fea que es.

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