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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿La realeza o la “real befa”?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 1 de septiembre de 2010, 10:21 h (CET)
No creo que haya ciudadano europeo que, en una forma u otra, no haya notado el hecho incontrovertible de que, medio mundo, está sufriendo una convulsión económica y social que ha conseguido que, las raíces más sólidas que anclaban a los países más poderosos del mundo, –entre los que podríamos citar a los EE.UU, Alemania, Japón, China y. otros muchos que sería prolijo mencionar –, a un cómodo estado de bienestar (quizá algo artificial, a la vista de los últimos reveses económicos); se han resquebrajado, obligándoles a doblar la cerviz ante una situación para la que, es evidente, que ningún experto, ningún sabio en temas económicos y sociales ni ninguno de los, presuntamente, “grandes estadistas” que ocupan las jefaturas los gobiernos, fue capaz de tomar precauciones ni, tan siquiera, de atisbar lo que se nos avecinaba, con la famosa explosión de la burbuja de las “subprime”, que fue el leif motive o detonante de la primera quiebra sonada, la de Leheman Brothers que, a la vez, fue el preludio de una cadena de otros graves percances económicos de los que, después de dos años, todavía no nos hemos recuperado, ni sabemos si se pueden dar por superados o si, los tímidos signos de recuperación – en España ni ha esto hemos llegado – que se vienen percibiendo, no son más que espejismos, visiones oníricas que sólo puedan ser el preludio de una recaída, todavía peor que aquella por la que hemos pasado.

Tampoco creo que, en mayor o menor medida, no haya ciudadano que no haya notado, en su talego, los efectos de una recesión, que ha repercutido directamente, no sólo en las empresas, en la exportaciones, en el sector bancario, inmobiliario y mobiliario, sino que, especialmente y con mayor virulencia, en los propios ciudadanos de a pie, que se han visto privados de sus trabajos, de sus pequeños negocios, de sus ahorros, de sus perspectivas laborales y de su habitual nivel de vida, que ha tenido que ceder y encogerse ante la realidad de una España, que ya ha dejado de ser la nación maravillosa del progreso y la buena vida, para regresar, ante el pasmo e incredulidad de la ciudadanía, a otras épocas en las que la gente se tenía que apretar el cinturón, apretar los dientes con fuerza, y trabajar de firme para conseguir llevar adelante a su familia..

Sin embargo, aunque cueste creerlo, existen determinados bunkers en la sociedad, corpúsculos residuales de antiguos fastos y esplendores, castas privilegiadas que, a pesar de las revoluciones sociales, de las peripecias y las guerras, de los exilios y deportaciones; como si tuvieran el don de la inmutabilidad y la facultad de la supervivencia a los avatares del tiempo; han conseguido mantenerse por encima del resto de la raza humana, han conservado sus privilegios de superclase y protegido el raro y excepcional don de vivir a cuerpo de rey sin tener que dar golpe para ello; es más, normalmente, lo que se les exige es que permanezcan aletargados dentro de su riqueza y exclusivo entorno, alejados del mundanal ruido y obligados a mantenerse alejados de cualquier actividad política. En este gremio podemos situar a la mayoría de las ex monarquías de Europa, viejos resquicios de antiguas casas reales venidas a menos, alejadas de los cargos y responsabilidades de las jefaturas de estado que, en su día, disfrutaron o fueron ocupadas por sus antecesores. Convertidos en verdaderas “almas en pena”, a modo del Holandés Errante, condenadas a vagar por el mundo en lujosos yates, opulentas mansiones y despampanantes hoteles como “castigo” a su falta de democracia y a su absolutismo; aunque, hay que decir que, quienes les sucedieron en el cargo, a pesar de llamarse a si mismos “demócratas” poco o nada les pueden enseñar al respecto.

Resulta algo incomprensible y especialmente sangrante el que, como ha ocurrido recientemente, independientemente de la situación de sus respectivos países; sin darse por enterados de que la miseria se ha apoderado de sus antiguos súbditos; haciendo oídos sordos al clamor de millones de personas que se han quedado sin su trabajo y de las vicisitudes por las que están pasando todos aquellos que viven pendientes de un hilo, sin saber, a ciencia cierta, si sus empresas van a seguir funcionando o, al día siguiente, se van a encontrar en la calle, viviendo de la caridad; unos de estos privilegiados de la fortuna, que tienen el don de poder vivir sin dar golpe o si simulan que lo dan, lo hacen desde puestos meramente representativos, en las grandes corporaciones bancarias o multinacionales, sin horarios, jornadas laborales definidas o compromisos específicos, que les impidan seguir con sus vidas habituales, incluidos viajes de placer, asistencia a fiestas en cualquier parte del mundo y alojarse en los mejores hoteles, exclusivos para aquellos que pueden permitirse el lujo de costearlos; se han permitido celebrar la boda de su hijo – algo perfectamente normal en cualquier familia –, con una de estas fiestas por todo lo alto, rodeada de toda la parafernalia, el lujo, las joyas, los vestidos de los mejores modistos ( para delirio de las revistas como el Hola y semejantes) la repercusión mediática y la habitual intervención de todos estas hienas de la prensa rosa, a la caza de cualquier intriga, infidelidad, atisbo de divorcio o cotilleo, que les pueda servir para poner de chupa de domine a alguno de los asistentes a tales eventos nobiliarios, para así darle carnaza a su fiel audiencia, vulgo populacho.

El hecho de que, el ex monarca de Grecia, Constantino, en un momento tan delicado para su nación y, porqué no decirlo, de toda Europa; cuando todos los países han tenido que esquilmar sus propias economías para acudir al rescate de su patria; nos obsequie con una de estas clásicas ceremonias, a lo Sissí Emperatriz, donde se gastan los euros a raudales y se da la imagen más descarada de la opulencia de un señor, que fue desterrado de su país hace ya años y, no obstante, continúa manteniendo una riqueza que contrasta, de una manera ofensiva, con el nivel de vida de los que fueron sus súbditos; no puede menos que herir la sensibilidad de los ciudadanos que no nos dejamos llevar por el colorido, la ampulosidad, los vestidos o el morbo de todas estas demostraciones de riqueza y que pensamos que, estos mismos dineros, si se hubiera celebrado una boda sencilla, como correspondía a los tiempos que corremos, se hubieran podido destinar a ayudar a muchas personas que quizá los tendrían destinados a una mejor aplicación y una más racional utilidad, que la de cubrir el pago de las carísimas botellas de champaña francés que se les sirvieron, seguramente, a los asistentes al festejo.

Este anacronismo, que todavía perdura en el siglo XXI; este resabio de antiguos tiempos que ya pasaron al olvido; esta situación de privilegio, simplemente basada en una cuna y no en el valor de la persona, su inteligencia, su esfuerzo, sus conocimientos y su trabajo; hoy en día, en una sociedad moderna, civilizada y democrática, han dejado de tener sentido y deberían desaparecer. No puede ser que aquellos, cuyos hijos quieren disfrutar de los mismos privilegios, en cuanto a libertades, independencia, y goce de los placeres propios de la plebe, pretendan además, mantener sus estatus, su encumbramiento sobre los demás, sus miradas displicentes y su aversión a implicarse en un trabajo donde deban dar el callo, como hacen el resto de los mortales. Comer a dos carrillos está mal visto y, por eso, o dejan de actuar como si estuvieran gozando todavía del tradicional derecho de “pernada” y se integran, con todas las consecuencias, en la sociedad, o bien, que se enclaustren en sus castillos, como cenobitas, y se exhiban en ellos como si fueran una especie de dinosaurios en vías de desaparición. Su tiempo les ha pasado.

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