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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Agradecimiento

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 1 de septiembre de 2010, 10:19 h (CET)
Dar gracias parece ser uno de los trabajos más duros que hemos de hacer. No es tan duro como excavar una zanja a pico y pala, pero lo parece. A lo largo del día se presentan mil y una situaciones en que recibimos favores de otras personas. Se nos cede el paso al ir a entrar en un establecimiento. Se nos entrega un objeto que se nos ha caído. Son pequeños detalles que nos hacen la vida más agradable. En fin, la lista es larga y cada uno de nosotros sabemos perfectamente cual es nuestra respuesta a estos pequeños obsequios que recibimos. El dicho es bien elocuente: “ Dicen que de desagradecidos, el infierno está lleno”.

Al entrar en un pueblo diez leprosos fueron al encuentro de Jesús. Todavía estaban lejos, tal vez por la impureza que ellos acarreaban, que alzaron la voz y dijeron a Jesús: “¡Maestro, ten compasión de nosotros!” Dando por hecho que ya estaban curados les ordena que hagan lo que Dios por mediación de Moisés mandó que hiciesen los leprosos que se curaban de su odiosa enfermedad: presentarse ante el sacerdote para que certifique la curación y así pudiesen asistir a los cultos en el templo. “Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados”. De los diez, sólo uno de ellos “viendo que había sido curado volvió, glorificando a Dios a gran voz”. Uno entre diez da gracias a Jesús por su curación. ¡Qué pocos! Para ser todavía más impresionante el texto añade: “Y este era samaritano”.

Para entender lo que representaba un samaritano para un judío nos ayudará a ello, guardando las distancias, si lo comparamos con los sentimientos que nos despiertan los magrebíes, los negros, los gitanos, los extranjeros. Pues bien, una persona despreciada por los judíos por ser extranjero y practicante de una religión que despertaba animadversión a los judíos ortodoxos, a la que no se la podía tocar para no ser excluido del templo en tanto durase la impureza ceremonial contraída, es la que agradece a Jesús la curación recibida. Los otros nueve, que el texto da a entender eran judíos y que por lo tanto se consideraban ser pueblo de Dios, no manifiestan ni el más mínimo indicio de agradecimiento. Nos podemos imaginar que estos desagradecidos, si tuvieron la intención de presentarse ante el sacerdote para que certificase la desaparición de su lepra, entraron en la primera taberna que encontraron por el camino para celebrar la curación con unos vasos de vino. ¡Mas tarde, si tenemos tiempo ya iremos al sacerdote!

Santiago nos dice: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces en el cual no hay cambio ni sombra de variación” (1:17). Hoy, excepto casos muy puntuales, Dios cura mediante la intervención de los médicos a los que les otorga el don de curación. Quien lo posee lo desarrolla con el estudio y la práctica de la medicina. Sin el don, ni el título, ni el esfuerzo, hacen a alguien un buen médico. La pericia no es natural ni se adquiere exclusivamente por la práctica de la medicina. Es por ello que en nuestras dolencias hemos de ver más allá de la pericia y descubrir que entre bastidores el Señor otorga la ciencia necesaria al médico que nos cura. Sin duda hemos de agradecer al médico que nos ha devuelto la salud. Pero hemos de ir más allá y agradecer a Dios por la sabiduría que ha concedido a la persona que nos ha curado. Hipotéticamente los nueve leprosos celebraron su curación bebiendo unos vasos de vino y cantando canciones. ¿De qué manera lo celebramos nosotros? ¿Con una buena comida en familia y un maravilloso viaje por parajes de ensueño? ¿Nos acordamos de Jesús quien es el que realmente nos ha curado?

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