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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · David S. Broder
La protesta que se convirtió en sueño


David S. Broder


David S. Broder David S. Broder
miércoles, 1 de septiembre de 2010, 12:16
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WASHINGTON - No me quedé en la ciudad para ver el espectáculo de Glenn Beck en el Lincoln Memorial, no a modo de protesta, sino porque tenía trabajo en Filadelfia. Pero estaba más que satisfecho con mis recuerdos de la anterior concentración en el lugar que yo cubrí para el antiguo Washington Star, cuando el lema eran los derechos civiles y el discurso resultó ser el histórico "Tengo un sueño" de Martin Luther King Jr.

Es difícil de imaginar hoy, pero había mucha tensión entonces en el Star y el resto del estamento blanco por esa congregación de afroamericanos y sus simpatizantes. Había ido de vacaciones a principios de agosto a la cabaña familiar del norte de Michigan, y normalmente el Star no me molestaba estando de permiso.

Pero Newby Noyes, nuestro editor, quería a todo el mundo alerta - porque nadie sabía lo que pasaría si los cientos de miles de personas que se suponía llegarían en autocares y caravanas de todo el país se concentraban realmente en la capital.

Nadie estaba más nervioso que la administración Kennedy, como las memorias de los veteranos de la Casa Blanca y el Departamento de Justicia publicadas más tarde dejan claro. Lo que a veces se olvida entre la incandescencia de las edificantes palabras de King es que se trataba de una manifestación - y a veces las manifestaciones se descontrolan.

La frustración era enorme porque la retórica de campaña de Kennedy y su decisión de designar a su hermano Robert fiscal general habían dado muchas esperanzas al movimiento de los derechos civiles. Las altas esferas del Departamento de Justicia estaban copadas de activistas de los derechos civiles, pero en el Capitolio, los detractores tradicionales estaban aplazando el trámite de todos los anteproyectos para ver lo que pasaba, sin grandes quejas desde la Casa Blanca.

Así que nadie entre la prensa sabía exactamente lo que iba a pasar ese día ni el tipo de crónicas que íbamos a escribir al cierre. Me acuerdo de abrirme camino desde la sede del Star en el Southwest de Washington hasta el Capitolio y luego bajar al Mall, donde empezaba a encontrarse la gente.

A medida que su número crecía, quedaba más claro que la tónica del día iba a estar marcada por el comportamiento cívico y la sensación de hermandad. A dondequiera que mirara, y en todos los que entrevisté, se podía ver y escuchar a la gente celebrando las amistades que acababan de hacerse con sus colegas "manifestantes".

Llené mis notas de declaraciones de manifestantes que habían recorrido largas distancias, y anoté las razones que me daban para hacer el esfuerzo. Unos pocos tenían programas políticos concretos - expresar su rechazo a los bloqueos que se había encontrado el anteproyecto legislativo. Pero la mayoría dijo haber conocido el plan en la iglesia o la sinagoga y haber decidido que querían formar parte de ello simplemente. Venían para mostrar su solidaridad y, por así decirlo, por humanidad.

Lo que se hacía patente a medida que la masa avanzaba a lo largo de la orilla del estanque y se congregaba ante la escalinata del Monumento a Lincoln era que si bien se trataba de una multitud, era la multitud más benigna de la historia.

Antes incluso de pronunciarse una palabra - y no ya las elocuentes palabras que han pasado a la historia - había quedado absolutamente claro a través de la participación que implantar los derechos civiles iba a ser la forma de sanar, no herir, al país.

Volví a la sede del Star preguntándome qué era lo que me había dado miedo. Y he recordado muchas veces esto desde entonces, siempre que la gente intenta enseñarnos a temer determinadas cosas, como el matrimonio de otros o el lugar de culto.

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