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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La legalización de las drogas

Rafael del Barco Carreras
Redacción
lunes, 30 de agosto de 2010, 07:39 h (CET)
Barcelona 21-08-10. La Melilla de estos días incide en uno de los grandes problemas pendientes de la Humanidad. Quizá no sea el más importante, pero entre los primeros; las drogas y su narcotráfico.

No digo que Melilla sea una narcociudad, pero se halla en el epicentro formando parte principal de la geopolítica de la menor de las drogas, el hachís; sustento de la zona norte de Marruecos, y por su gran consumo en Europa e incidencia en dinero, práctico monocultivo. Primera productora mundial (dicen ahora sobrepasada por Afganistán), y que de no ser así se vería en la rotunda pobreza. Zona, en que a diferencia de los otros países productores en guerra continua, reina la paz. ¡La paz de una férrea Dictadura!, pero que se podría afirmar que una hipotética legalización acarrearía de inmediato el desbordamiento de la contenida presión marroquí sobre la Ciudad. ¿Una marcha verde al igual que en el Sahara Español?

La primera vez que tomé conciencia de la magnitud del desastre de las adicciones fue en La Modelo de 1980. No era cuestión de legalidad o ilegalidad, aquello por fuerza debía de ser ilegal. Tenía 40 años, había corrido el suficiente mundo pero jamás había visto tanta degeneración en tan reducidos y masificados espacios, y empeoraría con el SIDA.

Descubrí de inmediato, que si el consumo significaba degeneración, el tráfico hasta abastecer a cualquier consumidor con capacidad para comprar generaba más degeneración, y mucho peor, degeneraba también el sistema represor. Y si ya era malo que se corrompieran funcionarios, también lo era la obsesión de la lucha contra la droga que condicionaba a peor todavía la terrible existencia en aquella Modelo, peor que la turca del “Expreso de medianoche”.

La lucha contra la droga conduciría a cubrir los patios con tela metálica para que desde la calle no se lanzaran paquetes, la implantación de los rayos X, los intensivos y vejatorios cacheos hasta las flexiones encima de un espejo para la observación del ano, y más inventos de los que el hombre es capaz cuando se torna un lobo contra sus semejantes. Total para nada; en 1980, 1990 o 2000, el en teoría impermeable mercado interior carcelario siempre perfectamente abastecido, caro y con adulteraciones de muerte.

No he tenido nunca un criterio definido. Como siempre escribo, más allá de un interés intelectual el tema no me ha concernido, aunque ciertos compañeros de celda, yonquis y con SIDA, me hayan preocupado sobremanera e incluso inquietado. A la contestación del equipo médico sobre la mezcla de enfermos con sanos para que no se sintieran marginados (en un gueto decían) repliqué el cómo me debía sentir yo ante la posibilidad de un contagio. Aquella noche apareció en la celda contigua un recién ingresado terminal ahogado en su vómito. De milagro no murió a mi lado, donde en principio lo destinaron. No fue la única vez que catalogué a los médicos como profesionales altamente peligrosos. Leer más información en www.lagrancorrupcion.com

Para mi compañero de celda del 2003 el tema de la legalización era propio de una mente calenturienta como la mía. Él lo tenía claro, ni lo eran ni lo serían, y además a nadie le interesaba. Al argumento de que acarrearía su inmediata libertad, sonreía diciendo que de qué viviría. Para él la legalización solo favorecería a los yonquis, sus únicos defensores.
Mi curiosidad no le gustaba, tampoco que pasara demasiadas horas de celda pegado al ordenador. “Cuidado con lo que escribes Rafael, aquí lo leen todo”.

Me sorprendía que ni consumiera ni parecía haber tomado nunca a pesar de que su historial le situaba a buena altura en el narcotráfico. Prefería el hachís, menos años de cárcel, y en sus buenos tiempos se trataba con gente limpia, aunque ahora decía que todo andaba muy revuelto.

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