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Etiquetas:   Lencería fina   -   Sección:   Opinión

La crisis nos aprieta el talle de avispa

Teresa Berengueras
Teresa Berengueras
@berealsina
lunes, 30 de agosto de 2010, 06:35 h (CET)
El tiempo pasa volando, estamos a finales de agosto y este año hemos tenido un verano tan irregular como el de las bolsas, ha llovido donde no era habitual, el fuego y las altísimas temperaturas han asolado media Rusia, un país en donde el verano solía presentarse comedido. En el norte de España se han bañado con temperaturas más altas que en otros años y en el Mediterráneo durante el mes de agosto sólo ha lucido el sol, siendo generosa, durante ocho días de pleno verano. Escribo estas líneas en Barcelona donde el cielo aparece nublado y el viento procede del norte y no apetece ya ni tener todas las ventanas de la casa abiertas.

Pero esta introducción no es para escribir sobre el tiempo, no, hoy hablaré de la crisis, la crisis que está inmersa en nuestra vida cotidiana desde hace ya demasiado, nos ha llevado a través de los meses distintas maneras de entenderla, de sobrellevarla, primero con asombro, después con impotencia, todos sabemos que lo peor que una persona puede sentir en el vivir cotidiano es la impotencia, no hay en ella respuestas, muchas preguntas, eso sí, y el camino negro de no verle una salida.

Cada uno hemos tenido que reaccionar al ver que la situación es la que es, cada uno siente lo suyo pero lo cierto es que hay formas de conducta generalizadas que hemos visto cómo han cambiado. Las personas necesitamos hacer un breve descanso del trabajo habitual, de la gente con la que coincidimos socialmente, un cambio de aires siempre ayuda a nuestra mente que da tantas vueltas a situaciones diversas, necesitamos tomarnos unas vacaciones. Las personas que siguen teniendo un empleo, ya no dos o tres como algunos tenían antes, se han quedado con el cinturón bien apretado y ante la disyuntiva de no poder salir de la ciudad. Salir de casa siempre cuesta dinero y más cuando el sueldo sólo llega hasta el quince de mes y quedan recibos pendientes.

Las vacaciones, ante esta realidad, se han adecuado a quedarse en las localidades de residencia habitual, son muchas las personas que me han explicado que se han dedicado a hacer pequeños arreglillos en casa, arreglos, es obvio, realizados por los miembros de la familia, nada de contratar a gente de fuera. Arreglar un grifo, pintar las paredes, coser alguna cortina, lavarla y una vez puesta la casa en orden han cambiado los horarios para levantarse un poco más tarde de lo habitual, desayunar en familia, charlar un rato, salir a dar un paseo, ir a tomar un rato el sol a la piscina municipal, comer en casa, (siempre es más económico que hacerlo fuera) echarse un siestecita, salir a tomar un café con hielo a algún bar popular en donde el café y el hielo siempre es más económico y volver a casa.

Este tipo de vacaciones pueden convertirse para más de uno en realmente sosas y aburridas, pero es una solución para aquellos que teniendo una segunda residencia la tuvieron que vender o alquilar ya que no podían mantenerla. También ha habido los que aún conservando un sueldo algo decente en lugar de hacer un viaje de quince o diez días fuera de España se quedaron haciendo turismo por algún rincón cercano, eso sí reduciendo el número de días.

Las cenas habituales fuera de casa que en su tiempo podían haber sido de tres e incluso cuatro días por semana han quedado reducidas a una o dos semanales. Los aperitivos a un día a la semana, eso con éxito, algunos los han descartado de su habitual recorrido y han cambiado sus hábitos comprando en la tienda cercana unas latas y han hecho el vermouth en casa y disfrutándolo con toda la familia.

Muchas fiestas de cumpleaños cuya celebración central giraba entorno a la mesa de un restaurante se han cambiado por cócteles y luego cada cual a su casa o bien una cena casera comprando en las grandes superficies la cena para todos pagando a escote menos el pastel que paga el que invita y es el celebrante. Las fiestas caseras que estaban en claro retroceso pues es mucho más fácil, más agradable y mucho más divertido ir al restaurante se han vuelto a poner se moda, hoy es natural y habitual que se te invite a una cena a casa de uno u otro para celebrar alguna o sencillamente para encontrarse.

Las salidas al restaurante, al cine, al teatro o a algún concierto han ido a la baja, cuando los bolsillos están vacíos los humanos tenemos que recurrir a ahorrar en cultura y en diversión, una triste realidad. Y vivir así es maravilloso, la crisis, me pongo muy positiva, nos ha devuelto los encuentros de verdad porque a tu casa no invitas a ninguna persona que no tenga buena relación contigo, no vas tampoco a ir a una cena donde sabes que van a encontrarte a tus más grandes enemigos, las reuniones, también muy puntuales, suelen ser muy positivas pues te encuentras con las personas con las que fluye la comunicación.

En esta época hemos ajustado nuestro cinturón recurriendo a los medios de locomoción públicos, los taxis están más libres que nunca y los desplazamientos obligatorios por trabajo son mucho más austeros que en otros tiempos. Muchos hombres de negocios usaban la clase “Business” o preferente en el avión, en el tren, ya no, la clase turista les ha descubierto que te deja en el lugar de destino exactamente igual que la otra. Los negocios ya no se firman en mesas de manteles de cinco estrellas sino en los despachos y luego si acaso se celebra con un aperitivo en el bar de al lado.

Con todo esto que cuento, real como la vida misma, corremos el peligro de que un día la crisis nos pueda parecer maravillosa y que esta vida de ajuste sobre ajuste diario nos parezca normal, incluso que se llegue al extremo de que no poder pagar la luz, el gas, el teléfono sea la moneda de cambio y para no estresarnos ya se pagará cuando se pueda. Es este un riesgo grande, es más, es natural que te comenten que todo el mundo debe dinero: “¿Qué quieres que hagamos? no tenemos dinero, nos dejan de pagar, nos deben un saco de dinero, no nos abonan nuestra facturas, nosotros tampoco tenemos para hacer frente a nuestros pagos, estamos sin blanca, vamos a pagar, ¿cuándo?” frases como estas y otras de la misma índole abundan, son las respuestas más escuchadas en estos tiempos, las personas corremos el riesgo de creer que no pagar es normal, forma parte de la vida y eso no es así.

Si se contrae una responsabilidad hay que ser consciente de que hay que cumplir, hay que estar preparado o bien no correr ese riesgo. Estoy hablando de personas que no viven la crisis en su caso más extremo. Pero están los que se han quedado sin nada, que no tienen un techo, que no tienen para comer, ahí está la labor de los servicios sociales que han visto en este tiempo como sus comedores servían a muchas más personas, los hay que han perdido su casa, lo único que tenían después de cuarenta años de trabajo, de esfuerzo y de muchas limitaciones en su cotidiano vivir. Es lamentable, mucho, pero es una realidad.

Los grandes espacios, los colmados, los que venden comida saben que la crisis ha cambiado la bolsa de la comida diaria, ahora se compra más pescado congelado, la carne una vez a la semana y las verduras frescas y la fruta, que es lo que encarece la cesta de la compra, entran en los hogares muy de vez en cuando. Se recurre a las ofertas que se acaban a los pocos minutos de ponerse en la venta y cuando no hay nada en la nevera un poco de pan con un poco de aceite y sal saben a gloria. Lejano queda en estos tiempos el jamón de pata negra y exquisitas suelen ser las patatas hervidas o al horno.

Es cierto que la crisis ha demostrado que las personas no necesitamos, al menos la mayoría, tres motos en una casa, tres coches, una casa en la montaña, otra en la playa y además de la vivienda de todos los días. Tantas posesiones son para los ricos, esos a los que la crisis no les afectado en nada, ellos siguen siendo ricos, sus cuentas abultadas siguen ganando dividendos, pero yo no escribo de eso, escribo de los que sufrimos en cada momento los devaneos de esta crisis que aseguran los más eruditos en la materia que este próximo otoño viene fuerte otra vez, la verdad en mi cinturón y en el de la mayoría ya no nos quedan agujeros para ceñírnoslo todavía más.

Las personas que con mucho esfuerzo y gracias a trabajar toda la familia durante años habían conseguido tener la casa familiar y la de veraneo han visto como la estival se ha ido a tomar viento y si en una familia de 4 trabajaban la mayoría hoy es incluso posible que sólo el cabeza de familia tenga un sueldo, y no boyante, puede que una familia que tenía tanto sólo trabajando se han quedado con un sueldo mileurista. El bienestar se ha ido de vacaciones, ignoro adónde y lo que nos explican y los resultados son cada día más deprimentes.

Es cierto que con esta crisis nos hemos asentado todos en lo que somos y en lo que creemos, hemos devuelto a nuestra vida los pilares básicos en los que debe moverse, la austeridad es una buena tarjeta de visita, también es cierto que hemos descubierto que, por suerte, la solidaridad existe y no me refiero a la de los políticos que siempre van a a la suya, tampoco a la de los servicios sociales que se han visto desbocados y hacen lo que pueden, hago referencia a la solidaridad vecinal, a la gente con la que se convive socialmente y he visto casos de auténtica solidaridad, eso me reconforta con esa sociedad que a veces, en otras épocas más opulentas, dio muestras de falta de consideración.

En estos tiempos, que bien podrían ser como lo que nos contaron nuestras familias que vivieron en la posguerra española, hay gente solidaria, gente que se reparte lo poco que tiene, eso sucede, evidentemente, entre los pobres, entre los que han perdido parte de su vida en poco tiempo. Son las alegrías de la crisis, es obvio que a nadie le gusta tener que explicar todos estos devenires, pero me ciño a la realidad y quiero, como todos, ricos incluidos, que la solución provenga de donde provenga, sea una realidad, que nuestros ancianos no tengan que ver como los más jóvenes pasan privaciones incómodas tal y como ellos vivieron en su juventud que ya les queda lejana, no hagamos que nuestros ancianos, tan capaces, tan observadores, tengan ataques de angustia al ver que su trabajo ha devenido en no avanzar sino en retroceder en tiempos difíciles.

Y haciendo un guiño a la moda vienen otra vez, como tantas otras temporadas, los corsés, esas piezas que aprietan la cintura, hacen el cuerpo de la mujer esbelto, le dan el talle de avispa, un talle que sólo se obtiene naturalmente comiendo poco. La moda es también una visionaria o en este caso que nos ocupa realista, esperamos que por poco tiempo.

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