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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

El orgullo y la montaña

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
sábado, 28 de agosto de 2010, 10:21 h (CET)
Por presentarse como una actitud prolífica, baste con algún ejemplo indicador, el orgullo es una de los venturosos habitantes del planeta:

ORGULLOSOS con despacho, pantallas interconectadas, fax y aislamiento defensivo.

ORGULLOSOS en las grandes urbanizaciones.

ORGULLOSOS en sus pisos de > de 30 metros cuadrados.

ORGULLOSOS con sus coches y prenendas institucionales.

Esta retahíla de orgullos no finaliza, se proyecta de tal forma que no se aprecia su fin.

Los viejos mitos nos conducían a regiones misteriosas, zonas del universo o grandes dioses, aplicables a los aconteceres humanos; como para sentirse desconcertados, pero a lo grande, lindando casi con lo eterno. Ese desconcierto grandioso, devino poco a poco hacia los prodigios científicos, menos eternos, pero prodigios al fin y a la postre. La causa de los desconciertos va descendiendo a lo terrenal. Hasta el punto en que ahora dominan los entuertos como origen de las perplejidades actuales. Del misterio profundo a desarreglos mundanos. En los patrimonios de los políticos, cobro de porcentajes o la representación fidedigna de los ciudadanos.

DESCONCIERTO en cuanto uno se acerca a las elecciones de turno; las posibles opciones y candidatos, desconciertan.

DESCONCIERTO al obervar como se avasalla el campo, con carreteras o construcciones.

DESCONCIERTO ecológico.
DESCONCIERTO por el contraste cotidiano entre los mejores y más abundantes medios de comunicación y la escasez de contactos significativos.

DESCONCIERTO picajoso, cuando uno esperaba acompañantes compasivos y colaboradores.

También en esto hay clases; en sí, hasta pueden ser recomendables. Estamos:

SÓLO DESCONCERTADOS

Si recuento con tino los escritos,
Mar abierto, con olas y remansos,
El aliento trasiega viejos mitos.

Si despierto, contemplo los sucesos,
Me caliento ante los despropósitos,

Quedo absorto ante los nuevos retos.

Hundimiento y riesgo, sólo en un trasluz.

Desconcierto no más, abierto a la luz

Así las cosas, nos conviene observar las cosas desde otras PERSPECTIVAS. Que, al menos, se amplien los dos palmos cuadrados en los que deambulamos a diario. De no ser así, resultará muy limitado el horizonte para las vivencias diarias, para esos proyectos que almacenamos como potencia de reserva. Que sea una ampliación difícil no alcanza para cerrarnos el camino.

Subimos las lomas próximas, las que cierran los contornos de la ciudad. Al llegar arriba, donde creíamos disponer de una cúspide, de un minarete de observación, nos sorprende la continuación de la pendiente, la CIMA está mucho más arriba, no se distinguía desde la las calles urbanas. Ya metidos en faena, la curiosidad nos impulsa a seguir, continuando de esa manera la ascensión. La parada o el estacionamiento, en estas circunstancias, sólo empeoraría las cosas. El retroceso es muy poco halagüeño, además de una negación de la propia vida. Una rebobinación que no es factible; apenas imaginable. La parada nos deja estancados. Uno siempre se pregunta si no habrá otros HORIZONTES mejores. Casi a la fuerza, nos lanzamos en un optimismo menesteroso. ¿Cuál será la colaboración que aportemos? ¡Menudo impulso vital!, no nos permite una quietud beatífica.

La altitud comienza a ser considerable, llegando a ZONAS NEBLINOSAS, distinguiendo la cercanía de las nubes. De momento hemos perdido nitidez. Eso nos diluye los orgullos y desconciertos, abocándonos también a futuros horizontes. Diríamos que se trata de una nebulosa clarificadora, nos libera de no pocas ponzoñas y tergiversaciones. Es su parte más entrañable, su ofrecimiento más digno de tener en el magín, para futuros eventos.

El esfuerzo y la tenacidad nos hacen continuar el ascenso. Esas penurias van eliminando acompañantes, configurando una nueva perspectiva, son enormes los valles, se sobrepasaron las nubes, las pendientes pronunciadas se observan como increíbles. Con todo ello, se atomiza la perspectiva de uno mismo, uno se torna MINÚSCULO y SOLITARIO. Es decir, átomo cósmico, pero átomo vivo y perceptivo.

Disyuntiva feroz y por lo tanto con una constante de crueldad añadida, REGRESO frente a la PEQUEÑEZ, escasa presencia en la inmensidad de las alturas o retorno a un acompañamiento aparente, entre muchos congéneres, diluídos, y por tanto no se notan tanto las deficiencias. O acaso será al revés, PEQUEÑO abajo, aunque estemos engañados, creyéndonos algo entre una multitud que nos avasalla. Y con un MAYOR VOLUMEN EXISTENCIAL arriba, más auténticos y más ensamblados a los verdaderos orígenes humanos.

El desenfoque entre unos orgullos y lo que uno olvida de si mismo, sus esencias, sus cualidades, propicia unas personalidades destartaladas. Pero afrontamos un CONTRASTE dramático, cuando más necesitarían apuntalarse estas personalidades; dado que, con lo puesto, han de enfrentarse a la vida con todas sus vicisitudes. En palabras de Julián Marías: "Se está en peligro de ser un desalmado, si las circunstancias lo facilitan o lo impulsan a ello".

El mismo Marías reivindicó la expresión "orgullosos de su alma" de Ramón Gómez de la Serna. Refleja ese sentimiento muy particular que no se vende ni se compra entre concejales o tramas financieras. Cuando uno se siente como persona, como uno mismo. Es un concepto exigente, puesto que, como persona debe ejercer la DIGNIDAD de adaptarse a sus cualidades. Es decir, con su sentido de la responsabilidad, aportaciones, solidarios con el entorno físico y humano, esfuerzo propio. Para que pudiéramos estar orgullosos de lo que somos.

No se trata de grandes riquezas, ni de fama, ni tan siquiera de levantar la voz. Dígamos que es una mera REVERBERACIÓN, que emerge en torno a las personas portadoras de esa serenidad. Como fruto de esa trama de bonhomía insertada en sus fibras musculares, en su sangre y en sus neuronas. El orgullo llevado a la motaña. Radicalmente auténticos. Es la manera de enfrentarse a los desconciertos.

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