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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Los mineros atrapados en el yacimiento de San José (Chile)

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
jueves, 26 de agosto de 2010, 09:33 h (CET)
Todos lo llevamos impreso en el alma. En los momentos más duros siempre nos salva la esperanza, el coraje con el que actuamos. Sabemos que grande es el valor de los mineros, siempre lo ha sido, porque adentrarse en las entrañas de la tierra es como ahondar en uno mismo, en el espíritu de lo que somos. El orbe constantemente ha reconocido la heroicidad de estos incansables obreros de universos interiores, acompañándoles en ese descubrir lo que el planeta tiene dentro. Ahora lo está, si cabe aún más, con los treinta y tres mineros atrapados en el yacimiento de San José, en Chile, porque sus miradas y sus nombres nos han removido el corazón. Llevan la marca de la dureza de la mina consigo, nos consta que van bien de ánimo, algo necesario para resistir, todo lo pueden con esta energía, también conmover al mundo y fraternizarlo como está sucediendo. En su semblante, el que se percibe a través de las fotografías publicadas en todos los medios de comunicación, se dejan traslucir las señales de buena gente, su perseverante lucha de enseñar los dientes al cansancio, al sufrimiento y a la adversidad. Es cuestión de ganar tiempo al tiempo y lo vamos a conseguir, ellos desde dentro alargando su mano y el mundo desde fuera reduciendo distancias.

Yo también provengo de una zona minera, la del Valle de Laciana, en León, y sé de vuestro entusiasmo por la vida, injertada por la sabiduría característica de quien está en contacto con las habitaciones interiores de la naturaleza. Sé, igualmente, de vuestra capacidad de ser agradecidos y de compartir con los demás, la sencillez de tan hondas costumbres y la fecunda generosidad que os caracteriza. Con vuestro esfuerzo tenaz y constante, no exento de riesgos como el que atravesáis en estos momentos, contribuís de modo relevante al progreso económico y social de vuestra patria, que es parte considerable del bien común del mundo, globalizado como nunca. Por todo ello, me gustaría llegar a vosotros con el aliento preciso, que hay puertas que se abren y se cierran con la mente, sabéis que la vida es lucha y que aquel que tiene un motivo para vivir se puede enfrentar a todas las dificultades. Pensad que uno puede ser feliz de muchas maneras. Servidor lo era cuando llevaba los pantalones remendados y los zapatos rotos, pero el corazón entero, por las montañas de carbón de mi tierra. Que la entereza no os abandone. Los grandes poderes del mundo no deben fallar en este rescate. Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber humano, sino también de lealtad por la vida y el hombre.

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