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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Escrutinio en mi biblioteca

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 25 de agosto de 2010, 05:23 h (CET)
En la tarea de revisar los libros que abarrotan mis estanterías para ver los que puedo eliminar para dejar espacio a los nuevos, he topado con un amplio abanico de títulos relacionados con el marxismo, que en su momento leí con interés y desazón, pero que estimo anticuados y obsoletos, desde que el muro de Berlín cayó en 1989.

Hay de todo, desde la Revolución Teórica de Marx de Althusser a Cartas desde la cárcel de Gramsci, una Antología de Marx de Tierno Galván, otra de Blumenberg, un ejemplar de El Capital que recuerdo fui incapaz de leer, Los conceptos elementales del materialismo histórico de Marta Harnecker, las Distensiones Cristiano-marxistas de Josep Dalmau, una Introducción crítica al marxismo, El marxismo, verdad y mito, Socialismo es libertad y otro titulado Creer es comprometerse, que me sumió en una verdadera crisis.

Para el autor de este último libro la fe del cristiano tenía que llevar a un compromiso político, ¡naturalmente de izquierdas!. El cristiano tenía que estar siempre apoyando la violencia de los explotados frente a la violencia de los explotadores. Aquello me parecía lejano del evangelio, pero quizás estaba equivocado, ¡el que escribía era un teólogo! Muchos curas apoyaban, con entusiasmo, a grupos de izquierda que se reunían en las sacristías.

Se invocaba el Concilio Vaticano II como apertura al mundo actual, aunque no tanto para evangelizarlo como para aceptar compromisos políticos. Aquello no era predicar la conversión al Evangelio, sino más bien aceptar la fe de los otros. De los documentos del Concilio que tengo releídos y subrayados, no encontraba lo que me decían los “cristianos progresistas”, pero tampoco quería ser de los tachados de inmovilistas, tradicionalistas. Fueron tiempos tremendos.

Estoy seguro de que encontraré más libros de estos, pero también ocupan mis estanterías muchos números de de la desaparecida revista Triunfo o de Cuadernos para el Diálogo, en su primera etapa, que están llenos de artículos “progresistas” que consideraban que el marxismo era el futuro de la humanidad, por lo que había que aceptarlo, estudiarlo, asimilarlo y comprometerse en la lucha proletaria y los cristianos tendrían que dialogar con el marxismo, entenderse con él y llegar incluso a leer el Evangelio con las categorías del materialismo dialéctico.

Cuando llegó la transición y apareció aquella sopa de letras de los partidos estuve preocupado y confuso. Al final opté por la efímera UCD. La experiencia fue interesante, aunque me hice el firme propósito de no afiliarme a ningún otro. Por otro lado entendí que seguir a Jesús exigía tomar la propia cruz de cada día, amar al prójimo, que no es lo mismo que amar a una clase determinada, llevar una vida honesta y sobria, entender el trabajo como servicio, optar siempre por la justicia y superarla por el amor. Mi compromiso no podía ser seguir las consignas de un partido sino seguir a Jesús en la Iglesia.

Hoy, después de tanto tiempo, al ver sobre la mesa estos libros, he recordado el escrutinio que hicieron el cura y el barbero de la biblioteca de Don Quijote. Estos son también libros de caballerías que podían haberme trastornado el juicio y la conciencia. Quizás merezcan en lugar no en la hoguera en el corral, que no se lleva hoy, sino en el contenedor de papel a reciclar.

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