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Los mercados
Mario López
Yo los mercados me los imagino como un Corte Inglés gigantesco. Cada planta está destinada a un mercado en particular. Por ejemplo, en la planta baja, el mercado de bienes y servicios. Bueno, el ambiente ahí es muy relajado, la gente pasea como si estuviera de paso y casi nadie hace cola en las numerosas cajas que se esparcen por la planta.
En la planta primera, el mercado de divisas; es un lugar muy silencioso, la gente va muy bien vestida y es atendida muy discretamente por empleados que ocupan unos escritorios muy funcionales. La planta segunda es la del mercado de futuros financieros; sólo puedes entrar ahí si llevas gafas negras y unos cuantos guardaespaldas abriéndote camino. En la planta tercera se encuentra el mercado de valores; está abarrotada, y reina la confusión más absoluta. Y, finalmente, en la planta cuarta se encuentra el mercado de trabajo; unas volutas de polvo ruedan por el suelo como en un pueblo abandonado del lejano oeste; alguna calavera humana aquí o allá, y el silbido del viento se mezcla con el de Kurt Savoy entonando la melodia de “La muerte tenía un precio”. Le pregunto a un grajo que está encaramado en la cercha de la cubierta, tomando un gin tónic. "Los inversores ya no invierten en economía productiva; no hay demanda. Prefieren especular, es más divertido, se puede hacer dinero más rápidamente, no tienes que contratar a nadie y, si te equivocas, siempre tienes al Estado ahí, puntual, dispuesto a rescatarte", me dice. "¿Y qué va a pasar con los trabajadores?", le pregunté. "Pregúntaselo al Golem", me contestó.
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