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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Aznar cabalga, el PSOE ladra

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 20 de agosto de 2010, 03:49 h (CET)
En ocasiones, más de las que sería deseable, a los políticos les pierde la lengua, el sectarismo y el afán de convencer a la ciudadanía que los ha votado, de que están en posesión de la verdad y que. todos los que actúan, dicen u opinan de distinta forma a la que ellos han decidido que es la correcta, no son más que personas desleales a España, a la democracia y, si nos apuran, a la propia Constitución. Lo que ocurre es que, cuando a una persona se la ocupa en un cargo importante de un partido político, en este caso del PSOE; antes de hacer unas manifestaciones públicas o permitir que la prensa se haga eco de sus palabras y, antes de presentarse ante la audiencia, como un embustero que no duda en tergiversar la realidad histórica para hacer astillas de la oposición; lo menos que se podría esperar de él, sería que tuviese la precaución de documentarse o, si es que le costase el esfuerzo de sumergirse en los libros para estudiar los hechos de los que piensa hablar, al menos, tener la prudencia de utilizar a esta caterva de cientos de asesores de la Moncloa, que tan ricamente viven a costa del Erario público (o sea, de los impuestos de los españoles), para que le proporcionasen la información fidedigna de aquello de lo que deseaba tratar. El señor Blanco, flamante ministro de Fomento y, por lo visto, catador oficial de la opinión pública, como podemos deducir de lo que, al final, ha resultado ser la “amenaza” de aumento de los impuestos que, a criterio de la señora Salgado, puede quedar reducida a unos “ajustes” puntuales en los próximos Presupuestos Generales del Estado; no parece dispuesto a dejar pasar la ocasión de poner en apuros a la oposición en cualquier ocasión en la que él crea que tienen la sartén por el mango.

Vean, no obstante, el peligro de que, el aprendiz a nigromante, sin la sabiduría del gran mago Merlín, se dedique a mezclar pócimas por su cuenta. Todos sabemos que el vicesecretario general de PSOE, aparte de su condición de “enterado” en política y de maestro en intrigas, triquiñuelas y mangoneos, para confundir a los ciudadanos; no es de los que pueda presumir de una preparación adecuada para ostentar un cargo público. Así pues, con estos antecedentes, a nadie puede llamar la atención que, en una de sus últimas declaraciones, haya cometido casi tantas torpezas como palabras ha pronunciado. Se trataba de cargar, como en su partido es habitual, contra el PP y, confiando en la mala memoria de algunos españoles, quiso poner de chupa de domine al señor Aznar por su visita a Melilla. Entre otras “lindezas”, Pepiño Blanco, acusó de ser “desleal” a España, al ex presidente, le reprochó que, durante su presidencia, no había visitado nunca Melilla y que su presencia en nuestra ciudad del norte de África constituía una clara deslealtad al actual gobierno de la nación. No debiera de haberlo hecho, sin haberlo pensado antes. Toda la prensa no vendida al PSOE se ha hecho eco de su ignorancia; pues es sabido de todos que, el señor Aznar, siendo Presidente, acudió dos veces a Melilla, en los años 2.000 y 2.004, como está recogido en las hemerotecas y grabaciones sonoras de los parlamentos que pronunció durante su visita a dicha ciudad.

Pero lo que pasó por alto, este personaje de aspecto de mustélido, es que, cuando ha acusado a Aznar de deslealtad al Gobierno, ha omitido que cualquier español, según nuestra Constitución, salvo que esté en la cárcel o arresto domiciliario, tiene derecho a circular libremente por España, acompañado de su DNI. Melilla, señor mío, es tan española como Santiago de Compostela o Barcelona, aunque los haya empeñados en negar tal hecho. Cuando usted le critica al señor Aznar el que, siendo ex presidente de la nación española –por mi cuenta añadiría, añorado ex presidente – le está negando sus derechos, los mismos que los suyos, de ejercer su libertad de desplazamiento por el simple hecho de haber sido el Presidente del Ejecutivo, como si ello constituyera un estigma en lugar de un honor. Si el señor Zapatero y Rubalcaba no han ido a Melilla a defender a nuestra policía o si la señora Aído se ha conformado con un breve comunicado, a los ocho días de producirse los incidentes fronterizos, quejándose de las vejaciones a las que han sido sometidas sus compatriotas de la policía; seguramente se ha debido a la cobardía de quienes nos gobiernan, aterrados de que pudiera surgir un incidente grave con Marruecos, que los pusiera en la tesitura de tener que dejar al descubierto su política de cesiones, su sumisión y su deslealtad, eso si que lo es señor Blanco, con la patria española, al comprar al gobierno marroquí con miles de millones que mejor provecho hubieran hecho en paliar el desempleo.

Lo que no ha mencionado, el vocero del PSOE, ha sido que en deslealtades quien se lleva la palma es su jefe, Rodríguez Zapatero, quien durante el gobierno del señor Aznar ya empezó a negociar subrepticiamente con enviados de la banda terrorista ETA, a espaldas del partido en el gobierno; para intentar apuntarse el tanto de haber conseguido la rendición de los abertzales sin necesidad del apoyo del PP. Fracasaron y siguieron en su empeño durante el primer mandato de ZP, olvidándose de los pactos como la ley de Partidos o el Pacto Antiterrorista a los que debían “lealtad”, pero que no tuvieron empacho en romper en su ambición sectarista de cavarle la tumba a su adversario político. La ausencia de Moratinos, en este penoso episodio, tiene visos de misteriosa e incomprensible, como lo es el que, a pesar del tiempo transcurrido desde la marcha del embajador marroquí de Madrid, si nos creemos lo de la amistad y colaboración existente entre ambos ejecutivos, todavía no tengamos idea de cuando va a regresar.

Pero, si el señor Blanco quiere encontrar deslealtades en su mismo partido y en su propio Presidente, no tiene más que volver la vista atrás y trasladarse en la imaginación a los meses previos al incidente de la isla de Perejil, cuando la tensión entre Marruecos y España estaba en su punto álgido, y el señor Zapatero, ni corto ni perezoso, se trasladó a Rabat, sin haberlo comentado con el Ejecutivo del señor Aznar, a la sazón presidente del gobierno español, en un acto de una vileza inconfesable; para entrevistarse, personalmente, con Mohamed VI después de que éste hubiera retirado, sólo unas semanas antes, a su embajador en Madrid. ¿Qué le fue a ofrecer el secretario general del PSOE al monarca alauita? No tenía autorización para llegar a ningún pacto, no estaba apoderado para ello por el gobierno español, luego, ¿qué estaban tramando?, ¿alguna componenda para limitar la soberanía de España sobre Ceuta, Melilla o las islas Canarias? No lo sabemos y, probablemente, no lo sabremos jamás, pero es fácil adivinarlo. Si a esto no se le llama una deslealtad o una acción criminal de traición a España, no sabemos a qué delito se lo podrá tipificar como tal.

Lo que sí es cierto es que, el comportamiento del gobierno de Aznar, en el caso, si se quiere anecdótico y meramente simbólico, de la defensa de la isla de Perejil, fue de gran trascendencia política y señaló una línea roja al ambicioso Mohamed VI; con lo que quedó claro que cruzarla significaba que nuestro Ejército se haría cargo de la situación. La actuación de este Gobierno de ZP opta por la sumisión del vencido, la de perdedor de la batalla que ofrece el cuello al adversario, confiando que se le perdonará la vida. Verdad es que el Ejército del que disponemos en la actualidad y su moral de sacrificio, distan mucho de aquel del tiempo de Aznar y, esta, misma comparación se puede extender a todas las instituciones del Estado, incluyendo la Justicia y la Cámara legislativa que, debido a la fagocitación a la que han sido sometidos por un Ejecutivo de tendencias totalitarias, han perdido su independencia de actuación y han quedado sometidas al sectarismo del PSOE. ¡Esa es la verdad de esta España en la que vivimos!

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