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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Justicia social

Mario López
Mario López
viernes, 20 de agosto de 2010, 03:45 h (CET)
Un empresario debe su patrimonio a los beneficios obtenidos a través de su empresa. Una empresa está compuesta por una serie de asalariados y el capital. Una empresa puede doblar, cuadruplicar o centuplicar sus beneficios, haciendo que el empresario aumente su patrimonio en la misma proporción; sin embargo, los empleados siguen cobrando el mismo salario.

Por regla general, aquirir un modesto patrimonio es una árdua tarea para un asalariado y, en la mayoría de los casos, conlleva hipotecar el salario de toda su vida. En ningún caso la prosperidad de la empresa va a mejorar las espectativas del asalariado. Si, por el contrario, la empresa entra en pérdidas el asalariado pierde su trabajo y ha de enfrentarse a la dramática situación encontrarse con unos sueldos devengados pero no percibidos y la ineludible obligación de responder con su patrimonio en ciernes ante sus acreedores. El empresario presenta suspensión de pagos y aquí paz y después gloria. Así que la situación es esta: el empresario amasa una fortuna en tiempos de bonanza mientras los asalariados se hipotecan para acceder a un modesto patrimonio; a continuación, la empresa quiebra, el empresario se va a casa con su patrimonio incólume y el asalariado pierde el escaso patrimonio que estaba empezando a adquirir, poniendo el contador de su vida laboral a cero. ¿Quién ha hecho funcionar la empresa? Los asalariados. ¿Quién se beneficia de la buena marcha de la empresa? El empresario. ¿Quién pierde su patrimonio cuando la empresa quiebra? Los asalariados. Esto es exactamente lo que ha pasado con Díaz Ferrán y sus asalariados. Ahora parece que, por primera vez en toda esta rocambolesca historia, un juez ha tenido la feliz e insólita ocurrencia de embargar al empresario por las deudas de Aricomet. Increible. ¿Estaremos asistiendo al principio de una revolución bolchevique? Lo que no entiendo es cómo todavía queda algún imbécil que se deja emplear por un salario de hambre y sin la menor garantía de mantener su empleo más tiempo de lo que dura una chuche en la puerta del palacio de Esperanza Aguirre. Bueno, claro que lo entiendo (necesidad obliga), pero entendería más que se liara la manta a la cabeza y la emprendiera a… Bueno, pues eso.

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