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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Cada cuatro segundos muere una persona de hambre en el mundo

Clemente Ferrer (Madrid)
Redacción
jueves, 19 de agosto de 2010, 05:26 h (CET)
Sabemos que los países de miseria e indigencia que existen en la tierra, se hubieran podido enriquecer, en breve tiempo, si las voluminosas inversiones en artefactos bélicos, que sirven para la guerra y para la devastación, hubieran sido trocadas en alimentos que aprovechan para la vida.

Todos los años, el hambre mata a más de seis millones de chiquillos víctimas de malnutrición, de las dolencias contagiosas, fácilmente curables, pero que los diminutos cuerpos de los críos, no son capaces de abordar al estar decaídos por la hambruna. La FAO, cuyo propósito consiste en acabar con el hambre en la tierra, ha aseverado que “cada cuatro segundos fallece una persona de hambre en todo el orbe”.

En el mundo coexisten casi 1.000 millones de mortales hambrientos, según afirma el director general de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, Jacques Diouf. También ha subrayado que la seguridad alimenticia es una “condición primordial para la paz y la seguridad en el mundo”.

Lo que sobra a los opulentos es patrimonio de los indigentes. Por lo tanto, las inversiones en labranza, las infraestructuras campesinas, la indagación agropecuaria y un adiestramiento de calidad para los mocitos en las áreas agrícolas, son requisitos fundamentales para aumentar la explotación del campo y mitigar la gazuza.

El hambre y la mala subsistencia se perciben entre los más arduos escándalos que siguen perturbando la existencia de la familia humana. La inanición es impulsada por el mismo hombre y por su codicia, que se trueca en vacíos de organización social.

“La desnudez del mundo indigente podría ser vestida con los adornos sobrantes de los vanidosos”, afirmó Goldsmith. Por otra parte, Sócrates decía que, únicamente llamaba acaudalados a los que sabían hacer buen uso de sus riquezas; los demás ricos, aunque disfrutaran de bienes incalculables, quedaban proscritos entre el número de los indigentes, afirmando que su desventura es gravísima, porque son pobres del alma.

“La violencia contra la vida de millones de niños, forzados a la miseria, a la desnutrición y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos, son amenazas contra la vida humana” afirma Juan Pablo II.

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