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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Cuando la tortura y la muerte forman parte de la tradición

Yolanda Plaza Ruiz
Redacción
jueves, 19 de agosto de 2010, 05:25 h (CET)
Muchos de nosotros recibimos información de Amnistía Internacional,con peticiones de firmas, con el objeto de impedir alguna injusticia en diferentes países. Esta organización lleva tiempo luchando para terminar con las lapidaciones de ciudadanos condenados a pena capital en Irán. La lapidación es una tradición arraigada profundamente en la cultura de este país. El reo puede ser cualquier individuo —hombre o mujer, casado/a o viudo/a— condenado por cometer adulterio. En cualquier país, como en el nuestro, estos delitos son impensables. Una persona no es un delincuente por tener relaciones fuera del matrimonio o después de enviudar. Pero lo que para nosotros parece tan obvio, para el gobierno y la mayoría de los residentes en Irán no lo es.

Si ya es terrible condenar a un ciudadano amparándose en semejantes leyes, es aun más terrible el método de ejecución. Al condenado se le mantiene preso sin conocer el día de su ajusticiamiento, lo que aumenta considerablemente el sufrimiento de la víctima. Vivirá atormentado con la incógnita de saber cual será su último día de vida. Sabrá su final solo minutos antes de morir. Según la información publicada en la web de Amnistía Internacional, el Código Penal iraní especifica detalladamente cómo se debe llevar a cabo la ejecución, incluso dando datos de cómo deben ser las piedras utilizadas para matar al reo . El artículo 102 de dicho Código dispone que: “ los hombres tienen que ser enterrados hasta la cintura, y las mujeres, hasta el pecho”. En el artículo 104 expone cómo deben ser las piedras: "no tan grandes como para matar a la persona de uno o dos golpes, ni tan pequeñas como para no poder considerarlas piedras".

En estos momentos, según fuentes de Amnistía Internacional, al menos dos hombres y siete mujeres están condenados a la pena capital por lapidación. Pero no sólo se está luchando contra esta barbaridad fuera de sus fronteras, en Irán existen ciudadanos que trabajan por erradicar esta sangrienta tradición en contra de la opinión de muchos de sus conciudadanos, incluso en contra de sus familiares y amigos que apoyan la perpetuidad de sus constumbres y ritos.

Las tradiciones, como las leyes, no siempre son justas ni respetables. Para evolucionar hay que cambiar, de otro modo nos mantendríamos estancados, sin posibilidad de cambio. Nadie, con un mínimo de sensibilidad y humanidad, aprobaría la lapidación, la tortura para un convicto, aunque los ejecutores se amparen en su derecho a decidir libremente sobre sus costumbres. La compasión que sentimos hacia estos condenados no tiene fronteras, la empatía no entiende de idiomas ni banderas. En España, por suerte, ya no se ejecutan a los reos en las plazas públicas, pero es una señal de alarma el que ciertos grupos minoritarios defiendan su derecho a torturar y matar a un animal, con un sistema nervioso similar al nuestro, como parte de un celebración festiva, amparándose en su libertad. La conmiseración no entiende de razas, ni sexos, ni especies. La tortura es tortura independientemente de quien la sufra. El final de un reo lapidado es la muerte. El final de un toro martirizado durante veinte minutos, entre oles y pasodobles, para finalmente ser atravesado por una espada, es la muerte.

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