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Darwinismo en estado puro

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 17 de agosto de 2010, 03:40 h (CET)
La guerra es el más potente motor de empuje del progreso, y los militares son, en consecuencia, los adalides de los avances técnicos que caracterizan a nuestras sociedades. Puede que sean científicos civiles los que hagan ciertos descubrimientos aparentemente inocuos, pero son los militares los que los llenan el contenido, los aplican a la vida real en el campo de batalla y se los devuelven a la sociedad para fines pacíficos cuando ya los han extraído el jugo que conviene a sus intereses. Desde el Loctite a la técnicas de cirugía de emergencia y desde los antibióticos a la energía nuclear, todo tuvo primero un interés militar –o lo tiene- y después una aplicación civil. Así funciona el mundo con todo, de manera que no ha sido la paz, sino la guerra, lo que nos ha traído hasta el punto exacto de la Historia en el que estamos, y por más que los pacifistas seamos ilusos que soñamos con un orden idílico en el que las discrepancias puedan resolverse sin conflictos militares y los pueblos convivir sin tener que pagar cuotas de sangre.

Nada hay en nuestra vida ordinaria que haya sido desarrollado exclusivamente para la paz, ni siquiera en el campo de la filosofía. Si no es aplicado al campo de batalla en forma de armas, lo es conceptualmente en la filosofía estratégica, convirtiéndose así lo inmaterial en una potente herramienta al servicio de la muerte. Y tal que esto mismo sucede con el darwinismo, una teoría que produce profundas discrepancias entre la comunidad científica civil, pero que en la militar goza de un criterio unánime: somos la especie dominante, y como tal nos servimos de las demás especies no sólo para sobrevivir, sino simplemente para existir con mayor comodidad. Atroz, pero rigurosamente cierto.

A nadie le pasa desapercibido lo escasamente importantes que son las víctimas del Tercer Mundo –incluso las del Segundo-, y que sus números astronómicos apenas pasan por los diarios sino como una masa de fantasmas que no ocupa más espacio que una noticia folclórica o una curiosidad festiva. Los muertos del Segundo y el Tercer Mundo, en fin, son curiosidades anecdóticas, entretanto las del Primer Mundo, por escasas que sean, son enormes tragedias. La muerte no pesa lo mismo según la latitud y longitud de donde se ubica en los mapas, y son causa justa de guerra mundial un par de miles de muertos en New York mientras varios millones de vidas cercenadas por salvajes campañas militares en Iraq, Afganistán y próximamente en Irán, pertenecen al orden del anecdotario. Ahí tienen a los miles de chinos o paquistaníes que han muerto estos días por fenómenos naturales, o los millones de vidas que se han perdido en conflictos más que cuestionables en los últimos años en todas las esquinas del mundo, y nada de ello nos importa más allá de los miles de occidentales que han perdido su vida en esas degollinas. Lo demás, es irrelevante, darwinismo en estado puro.

La evolución y supervivencia de las especies, vista desde el darwinismo, justifica la supremacía del más fuerte, explica y argumenta que el macho dominante para alimentarse mate a los demás de hambre o que para estar más cómodo cree infiernos para todas las demás especies en los ámbitos que domina o quiere dominar, siendo éstas para él poco más que aliento. El grupo dominante, así, se sirve de los demás, y, en nuestro caso, lo único que nos diferencia de los grupos animales es que tenemos que justificar ante nuestros compañeros de manada que nos vamos a comer entre pan el petróleo de éstos, hacerles comprar las armas que producimos a los otros o que les vamos a obligar a vacunarse con lo que sea a los de más allá. Y, si no, los matamos, y listo. Es, al fin, la inteligencia convertida en animalidad excelsa, en brutalidad filosófica, pero como estamos en inferioridad numérica y nuestra vida es más importante que las demás, mientras que carecen de nuestro interés las abundantes vidas de los otros seres, todo vale: nos sirven como objetos de placer... o como mano de obra esclava. Nada más.

La mayoría de los más sangrientos conflictos de la Historia pretérita y reciente estaban definidos por los estrategas mucho antes de que comenzaran. Desde la crueldad de Israel con sus vecinos en los tiempos bíblicos a las conquistas de los demás imperios del pasado o del presente o las guerras del último siglo, todo ha sido una cuestión de dominio militar, egoísmo comercial o delirio personal. Así de cruel, así de simple, y así de llanamente se emprenderán las nuevas aventuras como la de Irán, prevista en principio para 2008 pero retrasada por la cuestión de Iraq o de Afganistán, que tenían ocupadas a las fuerzas intervencionistas. Un retraso, nada más, y en ningún caso una renuncia. Queremos el petróleo porque ya hay poco y no queremos que caiga en otras manos, y nos vamos a quedar con él por las buenas o por las malas, aunque cada vez se usarán técnicas más destructivas y menos participativas, usando tecnologías punta robotizadas, armas climáticas o geológicas o incluso bacteriológicas o nucleares que hagan innecesario que las infanterías ocupen con riesgo vital el suelo conquistado. Las vidas que se pierdan en el otro lado, lejos de tener importancia, carecen de ella: cuantos más mueran, mejor, porque eliminaremos enemigos y superpoblación. Doble ventaja porque tocaremos a más y tendremos menos enemigos.

Aparentemente hemos avanzado de forma muy significativa, así porque hemos llegado a las estrellas como porque vivimos en Occidente como en paraísos artificiales. La misma prensa se encarga de ocultarnos con un festivo tul el sufrimiento atroz del Segundo o el Tercer Mundo, del mismo modo que las nubes de luz que desprenden nuestras ciudades nos ocultan las estrellas para que no seamos conscientes de nuestra pequeñez respecto del universo. Pero, en realidad, nuestros móviles de conquista son los mismos que los de los egipcios, acadios, romanos o macedonios: queremos tributos, riquezas y esclavos, motivos más que sobrados para considerar sus países algo conquistable. Avanzar, lo que se dice avanzar, no lo hemos hecho en absoluto. Antes se hacía porque sí, porque se tenía la fuerza y el deseo, y hoy se hace invocando amañadas resoluciones de la ONU y mentiras científicas; pero el resultado es el mismo. Darwin se equivocó en una cosa fundamental: las especies no evolucionan, ni siquiera involucionan. Hemos sido creados como animalitos, y como animalitos nos conducimos. Nada ha cambiado, todo permanece. Da la impresión de que somos el resultado de un diseño inteligente, y que por eso precisamente no podemos escapar del laberinto en el que el Gran Deminiurgo nos puso para repetir nuestra conducta predadora eternamente, como si el tiempo no pasara. Dios, después de todo, no cambia de opinión por modas.

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